Dante
No miro por la ventana mientras el convoy se dirige a la finca de Carlo. No necesito verla para saber lo que nos aguarda. Mirar solo invitaría a la distracción.
El coche se tambalea al tomar otra curva demasiado rápido.
La suspensión se queja y los neumáticos chirrían brevemente antes de volver a agarrarse al asfalto.
Acojo ese sobresalto a pesar de su imprevisibilidad.
El movimiento mantiene mi mente alejada de desenlaces y contingencias que aún no importan.
Ya habrá tiempo para el caos.
Pero ahora no.
Saco el cargador vacío y lo dejo reposar en la palma de mi mano.
Lo hago rodar entre los dedos, anclándome en su peso—o en la ausencia de él—antes de empezar a cargar las balas en la recámara una a una.
La resistencia me resulta familiar, incluso reconfortante; cada movimiento es preciso, ensayado tantas veces que roza el instinto.
Este ritual no tiene que ver con el arma.
La pistola funcionará, la trate con delicadeza o no.
Se trata de reducir el mundo a algo manejable.
Con cada bala que añado, el ruido dentro de mi cabeza se desvanece.
Las preguntas interminables sobre lo que vendrá después, los temores de caminar hacia una tumba, todo se diluye hasta volverse lejano y casi teórico.
Cuando el cargador está lleno, mis pensamientos se han quedado en silencio.
Lo deslizo de nuevo en su lugar y compruebo la recámara.
Nadie en el coche dice una palabra.
Saben que es lo mejor.
Llegamos a la finca del sindicato de Palermo poco después de medianoche.
El complejo se agazapa contra las colinas como un animal de hormigón, todo ángulos severos y líneas fortificadas que sobresalen en la noche oscura.
Los focos barren el perímetro en arcos irregulares, sus movimientos ligeramente desincronizados: uno barre medio segundo tarde, mientras otro titubea antes de corregirse.
Alguien dentro sabe que algo está mal.
Pero aún no sabe qué.
Es curioso cómo la ansiedad siempre se delata. Los hombres pueden entrenar su rostro, su voz, incluso su ritmo cardíaco, pero las reacciones instintivas nunca mienten. El miedo siempre deja su huella, quieras o no.
El convoy reduce la velocidad mucho antes de llegar a las puertas, los motores bajan hasta casi susurrar. Hace ya kilómetros que llevamos los faros apagados, la oscuridad nos engulle por completo mientras avanzamos guiados solo por el GPS.
En el asiento delantero, Bianchi apaga el motor del todo. El silencio repentino resulta más absoluto que el clic al volver a colocar el cargador en mi arma. Se lleva la radio a la boca, moviéndose con cautela mientras sintoniza el canal en directo.
—Primeros equipos, adelante —murmura por la radio.
Me inclino hacia delante en mi asiento mientras mis hombres se deslizan fuera de los vehículos.
Se mueven como sombras que se desprenden de la oscuridad.
No necesito visión nocturna para saber exactamente dónde están.
He entrenado con ellos. Puedo imaginar la coreografía de sus movimientos sin verla.
Los dos guardias apostados en la puerta apenas tienen tiempo de registrar las siluetas que se les acercan.
Uno de ellos se gira, abriendo la boca como para hablar, y entonces su cuerpo se sacude cuando una bala le atraviesa justo entre los ojos.
Se desploma hacia delante, su peso golpeando la caja de control con suficiente fuerza para hacer vibrar la estructura metálica.
El sonido es breve, absorbido de inmediato por la noche.
El segundo cae en el sitio justo mientras se está girando. La sangre brota sobre su cabeza, los ojos se le abren desmesurados de pura sorpresa, la expresión congelada de forma permanente antes siquiera de que su cuerpo toque el suelo.
Uno de mis hombres ya está pasando por encima de los cuerpos, apartando con la bota al primer guardia para alcanzar mejor el panel de control.
Su figura apenas se distingue dentro de la garita de seguridad, envuelta en sombras y la luz intermitente del monitor.
Segundos después, el zumbido mecánico de la puerta resuena al cobrar vida.
Los barrotes de hierro tiemblan, dudando una fracción de segundo antes de empezar a abrirse. Cuando por fin se separan lo suficiente para dejarnos pasar, lo hacen con un repiqueteo casi reticente. Bianchi gira la llave de inmediato.
El motor vuelve a arrancar bajo nosotros y Bianchi avanza el coche por la abertura.
El trayecto por la larga y tortuosa carretera en forma de ese parece interminable.
La mansión se recorta cada vez más grande en cada curva, sus luces dibujando siluetas irregulares entre los árboles que flanquean el camino.
La carretera se retuerce sobre sí misma una y otra vez, obligándonos a reducir la velocidad en cada giro.
Mis dedos se flexionan una vez alrededor de mi arma.
Cuando por fin se abre el límite del bosque, la fachada de la mansión se alza ante nosotros.
Es un palacio construido para intimidar e impresionar, sin tener en cuenta ni por un momento lo fácilmente que esa grandeza puede convertirse en su perdición.
Luces brillan por el patio, iluminando una gran fuente y los amplios escalones de piedra que conducen hasta las puertas principales.
El coche reduce la velocidad, apenas llegando a detenerse por completo antes de que los que vienen detrás se coloquen en formación.
Las puertas se abren de golpe y mis hombres se dispersan en un caos disciplinado, ya con las armas en alto.
El convoy se despliega, ocupando posiciones en cuestión de segundos.
Un grupo de ellos embiste las puertas principales con una carga explosiva; la detonación destroza el panel de cristal junto a ellas y las puertas se pliegan hacia dentro. Mis hombres avanzan de golpe, desapareciendo en la mansión como una marea imposible de contener.
Salgo el último, junto a Bianchi.
—¿Listo? —murmura.
Mis ojos se desvían hacia el convoy, fijando la atención en la furgoneta de vigilancia que ha venido con nosotros.
Aunque no vea su interior, ya sé que Leo y Romano están inclinados sobre sus equipos, trabajando rápido para entrar en el sistema de seguridad de los Palermo y acceder a las cámaras del interior.
El aire nocturno es fresco contra mi piel. Ajusto el agarre de mi arma y echo a andar, asintiendo de vuelta a Bianchi.
—Vamos allá.
En el interior de la mansión, el suelo de mármol reluce bajo nuestras botas, inmaculado apenas medio segundo más antes de que el primer cuerpo caiga sobre la superficie dura y la sangre se derrame en un arco oscuro y resbaladizo.
El estruendo de los disparos estalla al fondo del pasillo donde estamos, en ráfagas cortas y controladas que retumban con fuerza en las paredes y los techos abovedados.
El sonido resulta ensordecedor en un espacio cerrado como éste, rebotando hasta que es imposible determinar de dónde vienen exactamente los disparos, a menos que se tenga el oído entrenado para distinguirlos.
Avanzo sin aminorar el paso, saltando sobre los primeros agentes caídos mientras mi mano afianza aún más el arma.
La elevo justo cuando un agente de los Bellanti dobla la esquina, sin pensarlo aprieto el gatillo y le doy de lleno en el pecho.
Se desploma antes de poder disparar él mismo, y su sangre salpica una columna de mármol tras él que reconozco vagamente como importada de Carrara.
Tanto dinero gastado en estética.
Qué pena.
Bianchi se aparta de mi lado exactamente según lo planeado, desviándose por otro pasillo para seguir al primer grupo de nuestros hombres. La voz de Romano crepita una sola vez en el pinganillo de mi oído, confirmando que él y Leo han accedido con éxito al sistema de cámaras.
—Los tienen en la sala de estar del ala este. Seguid el pasillo de la izquierda y tomad el siguiente giro a la derecha. Es la última puerta al fondo.
Obedezco las indicaciones sin dudar.
Los cuerpos caen en oleadas a medida que se acercan.
Los guardias se dispersan, algunos intentando huir antes de que mi bala los alcance, mientras otros son lo bastante insensatos como para cargar hacia adelante.
El aire se llena del fuerte olor metálico de la sangre y la pólvora, un aroma que se me queda pegado al fondo de la garganta.
Tomo con brusquedad la siguiente esquina, disparando dos veces sin perder el ritmo. Otro de los hombres de Bellanti se desploma a mis pies, su arma se desliza inútil por el suelo. Justo delante hay un juego de puertas dobles.
Me encamino hacia ellas.
Un grito atraviesa el pasillo, agudo y empapado de terror, con una cadencia demasiado familiar.
Luca.
Ese sonido me atraviesa el pecho de golpe.
Tomo el ala este a la carrera, con las botas resbalando sobre el mármol empapado de sangre, mi hombro golpeando la pared lo bastante fuerte como para dejarme un moratón, pero apenas lo noto.
El pasillo se alarga hasta lo imposible y mi vista se estrecha en esa puerta, mientras mi pulso retumba tan fuerte en mis oídos que lo ahoga todo, salvo ese grito repitiéndose una y otra vez en mi cabeza.
Demasiado tarde. Demasiado lento.
Luca vuelve a gritar; esta vez, sólo es una palabra.
—¡Mamá!
Algo se rompe en mi interior.
Me lanzo contra la puerta con tanta fuerza que los dientes me castañean. Se abre de golpe, casi sin ofrecer resistencia, y tengo que frenarme en seco para no caer de bruces al suelo.
Carlo Toselli está junto a las puertas de la terraza al otro lado de la sala, de espaldas a mí, una mano agarrada al marco.
Las cortinas a su lado se agitan violentamente mientras el aire nocturno entra a raudales.
La luz de la luna se derrama por el suelo en una mancha pálida y despiadada, iluminando la escena ante mí como un foco macabro destinado únicamente a castigarme.
Enzo está a su lado.