Su Heredero Oculto (Crowned in Sin 2) Elena
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Elena

Las horas pasan en la oscuridad.

El tiempo pierde todo sentido entre el sonido de los neumáticos empapados deslizando por la carretera y el silencio asfixiante del coche.

No puedo ver nada. Solo el avance implacable y la vibración del motor bajo mí me indican que seguimos en marcha.

En cada curva cerrada mi cuerpo se vuelca contra la puerta a mi lado, haciendo que las ataduras se claven aún más en mis muñecas.

No sé adónde me llevan.

Ni siquiera sé quiénes son.

Todo lo que sé es que Luca ya no está en mis brazos y que me aterra la idea de que le estén haciendo daño.

Esa verdad lo eclipsa todo. Se traga hasta el miedo por mi propia seguridad y solo deja tras de sí la ausencia hueca y desgarradora de su ausencia, como si me hubieran arrancado un miembro. Me han dejado desangrándome tras la pérdida, sin nadie que me ayude a vendar la herida.

—Por favor —susurro ronca por lo que me parece la centésima vez. La garganta me arde, abrasada de tanto gritar desde que me han empujado al asiento trasero—. Por favor. Solo… dime que está bien.

El conductor no responde.

No ha pronunciado una sola palabra desde que me obligó a subir al coche. Ni cuando grité, ni cuando lloré. Ese silencio es peor que cualquier amenaza. Me retuerzo cuanto me permiten las ataduras, inclinándome hacia delante sobre el asiento.

—Es solo un niño. Me necesita. Por favor, detén el coche. No intentaré nada, lo juro.

Nada.

Ni siquiera una mirada al retrovisor para mirarme.

La realidad me invade poco a poco, como un horror que se va adueñando de mí. Quizá Luca ya está muerto.

Empiezo a respirar cada vez más rápido, con el pánico subiendo por la garganta y ahogándome casi por completo. Me obligo a contar las inspiraciones antes de marearme, como hacía cuando Luca se despertaba de una pesadilla y lloraba hasta enfermar.

Inspira durante cuatro. Aguanta. Espira durante cuatro.

No puedo derrumbarme. Todavía no. Si lo hago, no quedará nada de mí capaz de luchar.

Es muy probable que mantener con vida a Luca sea el objetivo.

Muerto, no les sirve para nada. Un cadáver no obliga a hacer concesiones.

Un cuerpo no doblega a hombres como Dante Cosenza.

Si quisieran venganza y espectáculo, habrían matado a Luca en el mismo instante en que lo arrancaron de mis brazos.

Para usarlo contra Dante, tendrán que mantenerlo con vida.

Con todos sus defectos, Dante no es un hombre que actúe a ciegas cuando se juega tanto. Incluso bajo presión, incluso con la vida de su hijo pendiendo de un hilo, mantiene una lógica devastadora. Le conozco lo bastante bien como para estar segura de ello.

Exigirá una prueba de vida. Jamás negociaría solo por fe ciega. No con hombres que son capaces de poner precio a la vida de un niño, para empezar. Querrá confirmación o alguna evidencia tangible que demuestre que Luca sigue vivo antes de darles nada.

Ese conocimiento me da algo de serenidad. Aprieto los labios, respiro ahora con cuidado, obligando al terror a volver a la jaula donde pertenece.

El coche avanza durante lo que parece una eternidad.

Me duele el cuerpo en sitios que ni sabía que podían dolerme, los músculos tensos de puro miedo y agotamiento, las muñecas en carne viva cada vez que las ataduras se clavan al dar un salto el coche.

En algún momento, el terror que me sacudía el pecho se va apagando, convirtiéndose en un peso sordo y dolorido que late con cada pensamiento sobre Luca.

Al final, la carretera cambia bajo nosotros.

Me doy cuenta de forma difusa al principio, por cómo varían las vibraciones, por el sonido de los neumáticos deslizándose sin ese siseo sobre el asfalto mojado e irregular.

Me obligo a enderezarme y me inclino hacia la ventanilla.

Formas oscuras desfilan deprisa por fuera, desconocidas e indistintas.

Dondequiera que estemos, está muy lejos de donde empecé.

La grava cruje bajo los neumáticos con un sonido estridente después de tanto tramo de asfalto resbaladizo. El corazón me da un vuelco cuando el todoterreno avanza un poco y vuelve a frenar. De golpe, una luz blanca y cegadora inunda el interior, tan fuerte que me obliga a cerrar los ojos.

Focos.

Entorno los ojos, intentando ver a través del parabrisas mientras una imponente verja de hierro emerge de la oscuridad delante de nosotros. Es gigantesca, un enrejado negro que se alza hacia la noche, flanqueado por pilares de piedra que se pierden en las sombras sobre ellos.

El conductor baja la ventanilla lo justo para intercambiar una mirada con el hombre apostado en la garita, y entonces las verjas empiezan a moverse.

Se abren lentamente con un chirrido profundo y ominoso.

El todoterreno avanza de nuevo, cruzando mientras las verjas se cierran tras nosotros con un último y estruendoso golpe que resuena en el silencio del interior del coche.

El camino asciende bruscamente en una curva en forma de S, cada giro va apretando más el nudo en mi pecho.

Apenas puedo ver más de un metro delante con solo los faros del coche.

Los árboles nos rodean a ambos lados, sus ramas arqueadas por encima parecen dedos que intentan agarrarnos, tapando el poco cielo que hay.

La carretera se siente deliberadamente claustrofóbica, pensada sin duda para desorientar, para recordarte lo lejos que estás de cualquier escapatoria.

Entonces, de repente, la línea de árboles se rompe.

Los faros barren un espacio abierto mientras una enorme finca se perfila ante nosotros.

Muros de piedra emergen de la oscuridad, altos e imponentes.

Sus bordes solo se suavizan un poco gracias a unas luces estratégicamente colocadas que brillan cálidas sobre la lluvia.

Más allá, los terrenos se extienden sin fin, con céspedes perfectamente arreglados, setos recortados y un sendero de piedra que reluce debido a la tormenta.

La casa principal se yergue en el centro como una fortaleza. Sus ventanas brillan cálidas en contraposición a la noche, la luz amarilla contrasta vivamente con el frío temor que se me retuerce aún más en las entrañas. Parece acogedora... casi civilizada.

Lo que, de alguna manera, lo hace aún peor.

El coche reduce la velocidad al acercarse, rodeando con suavidad la curva frontal del pórtico. La grava cruje de nuevo bajo los neumáticos mientras el vehículo se detiene bajo la marquesina. Antes de que pueda prepararme, la puerta a mi lado es arrancada de golpe.

El aire frío se cuela de inmediato, mordiéndome la ropa y la piel húmedas.

Suelto un jadeo cuando unas manos me sujetan los brazos, los dedos se clavan con fuerza, con una violencia destinada a sacarme a rastras del coche.

Mis pies resbalan inútiles sobre la grava al ser levantada, las ataduras en mis muñecas obligan a mis hombros a ir hacia atrás en un ángulo doloroso.

Tropiezo, apenas logrando mantenerme en pie antes de caer. Luego me conducen, aunque sería más preciso decir que me arrastran, hacia la entrada principal, donde unas enormes puertas dobles se abren ante nosotros.

Una ráfaga de aire caliente me sacude de golpe. El brusco cambio de temperatura provoca un escalofrío intenso e incontrolable por todo mi cuerpo. Los dientes me castañetean al cruzar el umbral, el agua de lluvia goteando de mi ropa sobre suelos de piedra pulida.

Media docena de guardias esperan justo tras la puerta. Ninguno me resulta familiar, aunque tampoco parecen muy sorprendidos de verme. Sus ojos me siguen con un interés distante. Un hombre da un paso al frente, más alto que los demás, su presencia acapara la atención de todos al instante.

—¿Es ella? —pregunta. Su mirada me recorre despacio, con ojo crítico, con un desprecio que me hiela aún más que la lluvia. Una cicatriz gruesa surca el lado izquierdo de su rostro, arrugando la piel alrededor de su boca y retorciéndola en una mueca cruel y permanente.

—¿Dónde está mi hijo? —exijo.

Nadie me responde.

Uno de los hombres que me sujetan los brazos dice con tranquilidad, casi aburrido—. Sí. El chico debería venir justo detrás de nosotros.

El corazón me da un vuelco brutal, esperanza y terror chocando tan fuerte que casi me hacen caer de rodillas. Tiro de las ataduras, una oleada de desesperación inundándome.

—Dejadme verle, por favor —suplico—. Quiero ver que está bien.

Por fin, el hombre de la cicatriz vuelve a mirarme. —Verás a tu hijo cuando nuestro jefe diga que puedes. Hasta entonces, te sugiero que cierres la puta boca y hagas lo que se te diga.

Las palabras me golpean como una bofetada.

Me arrastran más adentro de la finca sin decir nada más. Me llevan por un pasillo que parece infinito, cada paso resuena en los suelos de mármol. Al final del corredor se alzan dos enormes puertas de madera oscura, reforzadas con un diseño de filigrana de hierro que recorre sus bordes.

El hombre de la cicatriz llega el primero.

Una mano enguantada se eleva, los dedos se cierran alrededor del tirador de la izquierda. Da un fuerte tirón antes de separarla del marco. La luz se derrama en una oleada cálida y dorada que resulta obscena tras la violencia de haber sido traída hasta aquí.

Dentro, lámparas doradas centellean sobre nuestras cabezas, las aristas de cristal capturan la luz y la dispersan por unas paredes ricamente paneladas.

Alfombras persas amortiguan el suelo bajo mis pies al entrar.

Sillas de cuero y mesas pulidas se sitúan de forma escasa por toda la estancia.

Todo parece cuidadosamente dispuesto para mostrar riqueza.

El aire está cargado de humo de puro. Me recubre la lengua al instante, haciendo que el estómago se me revuelva. Esperándome, acomodados como si esto fuese simplemente otra velada y no un intercambio de rehenes, hay tres hombres.

Mi mirada va directamente al de la izquierda.

Carlo Toselli.