Su Heredero Oculto (Crowned in Sin 2) Dante
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Dante

Me despierto con el sonido de la lluvia golpeando los cristales del exterior de mi despacho.

Al principio, es solo eso—el tenue, insistente repiqueteo contra las puertas de la terraza.

Normalmente, me tranquiliza. Ruido blanco para una mente que nunca se apaga del todo.

Ese tipo de sonido que dejo filtrarse en mis pensamientos cuando la frustración se me enreda demasiado fuerte y empieza a robarme poco a poco la cordura.

Pero esta noche, curiosamente, no sucede.

Me giro en el sofá y me obligo a incorporarme, lamentándolo al instante.

Un punzante dolor atraviesa mi hombro, extendiéndose por el brazo con un latido lento y castigador.

Dejo escapar un siseo suave entre los dientes, el aliento se me queda atrapado por un instante antes de que me obligue a reconstruirlo en la misma máscara tras la que siempre me escondo.

Es un recordatorio incómodo del castigo autoimpuesto que he decidido soportar.

Una penitencia, en cierto modo, de la que no he intentado zafarme.

Haciendo un círculo con el hombro, aprieto los dientes hasta que el dolor se mitiga en algo un poco más soportable. No desaparece del todo, pero se queda como un eco físico de las decisiones que he tomado. Es una consecuencia que acepto.

Dormir en mi despacho no es precisamente nuevo.

Lo que cambia es el por qué.

Después de mi conversación con Elena, tomé la decisión de darle espacio.

No porque quisiera. Simplemente sentí que era necesario.

Acababa de sacudirle el mundo entero con una noticia que ninguna madre debería escuchar nunca.

No existía una versión de mí capaz de suavizar ese golpe, ni ninguna cantidad de consuelo que no sonase vacío ante la realidad de una recompensa puesta sobre la vida de nuestro hijo, por mucho que quisiera creer lo contrario.

En ese momento, pensé que prometer proteger a nuestro hijo la tranquilizaría. Ahora veo que fue un pensamiento arrogante. Cualquier cosa que dijera en esos instantes habría sido para mí, no para ella.

Así que me aparté.

Mientras yo he pasado los últimos días destrozando pistas, persiguiendo a Enzo a través de continentes, sociedades pantalla y callejones sin salida, Elena ha pasado cada minuto del día con Luca.

Que es exactamente donde debe estar. Por mucho que odiase estar alejado de ella y sintiese su ausencia como un miembro fantasma, lo comprendía.

Esto no iba sobre mi comodidad. Ni siquiera sobre mi culpa.

Se trataba de Luca.

Apenas me conoce. No tengo derecho a interponerme entre una madre y su hijo simplemente porque la echo de menos, porque el silencio en mi lado de la casa ha empezado a parecerme insoportable.

Así que no lo hice.

En cambio, hice lo que siempre hago cuando no puedo arreglar algo. Me enterré en el trabajo.

He trabajado hasta que el amanecer se ha confundido con la noche y otra vez de vuelta.

Hasta que el café se ha enfriado y quedado intacto y los informes se han acumulado en mi escritorio más que nunca.

He seguido rastros de papel y balances financieros, he arrancado confesiones a hombres que creían que el silencio les salvaría y he perseguido la sombra de Enzo hasta que se ha desvanecido y luego he vuelto a empezar desde el principio.

En algún lugar ahí fuera está el hombre que ordenó la ejecución de mi hermano. El hombre que pensó que podía esconderse tras la lealtad prestada de mi padre y creyó que jamás llegaría a descubrir la verdad porque mi dolor me impediría buscar más allá de lo evidente.

Hasta que le encuentre, el sueño seguirá siendo opcional, el dolor seguirá siendo merecido y la comodidad seguirá siendo algo que no me permito disfrutar.

Miro de reojo el reloj en la pared del fondo.

3:17 a. m.

Suelto un suspiro.

Un relámpago cruza el exterior. Las sombras danzan por la estancia y por el vaso de whisky a medio terminar que no me molesté en recoger anoche. El reflejo en el cristal atrapa mi atención—mi propio rostro duro y hundido, con los ojos casi vaciados por el escaso descanso que he logrado conseguir.

Me incorporo despacio, las articulaciones protestando mientras me enderezo.

La lluvia se desliza por los ventanales en líneas caprichosas que distorsionan el mundo más allá.

Las luces de la terraza resplandecen débilmente, difuminadas por el agua, y enseguida se ven absorbidas completamente por la oscuridad.

Me acerco a las ventanas, arrastrado hasta allí sin comprender del todo el motivo.

Las tormentas siempre me han provocado esto, reconociendo algo inquieto en mis huesos y respondiendo en la misma medida.

Noches en las que me quedaba así, con la frente pegada al cristal helado, contemplando cómo los relámpagos surcaban el cielo y preguntándome si la violencia de fuera era menos peligrosa que la que estaba atrapada tras los ventanales.

Mi hermano solía encontrarme allí mucho después de mi hora de acostarme. Nunca me reñía, nunca preguntaba el porqué. Simplemente se apoyaba en la pared a mi lado, con los brazos cruzados, sus ojos siguiendo la tormenta como si fuese algo que pudiéramos resistir juntos.

—¿No puedes dormir? —preguntaba, aunque ya sabía la respuesta.

A veces se quedaba. Otras, me despeinaba y me decía que volviera a la cama enseguida antes de dejarme a solas con mis pensamientos. Pero siempre se aseguraba de que supiera que no estaba solo.

El recuerdo me oprime el pecho.

Ahora apoyo la mano contra el cristal, los dedos extendidos, sintiendo cómo el frío se me cuela en la piel. Entonces lo percibo: la ausencia de algo que todavía no sé nombrar. Tengo la extraña sensación de que algo va mal. No de forma inminente, simplemente... mal.

Se me tensa la mandíbula.

Vuelvo a mirar la hora y me dirijo a la puerta, moviéndome ya mientras el desasosiego se enrosca cada vez más en mi estómago con cada paso.

No me detengo hasta estar frente a la habitación de Luca.

Tampoco llamo. Por alguna razón, toda la lógica me abandona al girar el pomo y empujar la puerta para abrirla.

La habitación está en penumbra, iluminada solo por el tenue resplandor de la luz nocturna en la cómoda. La tormenta zumba a lo lejos tras los muros, aquí más suavizada. Por un instante fugaz, mi mente espera ver dos bultos durmiendo bajo las mantas.

Pero lo que encuentro es las sábanas echadas atrás como si alguien hubiera salido con prisas y el armario al otro lado abierto de par en par.

El osito de peluche de Luca, que uno de mis empleados le regaló hace unos días, yace en el suelo, cerca de los pies de la cama, con sus ojos de cristal mirando fijamente hacia la nada.

Todo en mí se queda quieto.

En dos zancadas cruzo la habitación. —¿Elena?

Algo afilado me retuerce por dentro el pecho cuando lo único que me recibe es el silencio.

Durante unos segundos, no puedo moverme. Los pensamientos se me dispersan, incapaces de asentarse. Mi mente intenta—necia, desesperada—darle sentido a esto. Quizá Elena se lo ha llevado a dar un paseo. Quizá él se sentía inquieto por la tormenta y necesitaba gastar algo de esa energía nerviosa.

El temor de que Elena huya, llevándose a Luca y desapareciendo en la noche como hizo hace tantos años, ha vivido siempre en un rincón de mi cabeza. Una posibilidad en la que nunca me he permitido pensar demasiado, porque sabía que me volvería loco si tuviera que perseguirlos otra vez.

Mis ojos van directos a la ventana.

Ella no se iría así. No, no en medio de una tormenta.

Mientras vuelvo a examinar la habitación, mi mano se cierra con fuerza en torno al oso hasta que las costuras amenazan con ceder entre mis dedos.

—Joder —suelto, casi sin aire.

Me giro sobre mis talones y salgo de nuevo hacia la puerta; la furia y el miedo se entremezclan en un arma letal y única. Esta parálisis, este instante de duda, es peligroso. Si sé algo de Elena, es que jamás hay que subestimarla.

No es impulsiva. Cada decisión suya está medida entre capas de previsión y cariño, incluso cuando finge lo contrario.

Especialmente cuando finge lo contrario.

Puede que todo sea un simple malentendido.

Podría estar en otra ala de la casa, acurrucada con Luca en una de las habitaciones que le gustan cuando no consigue descansar, esperando a que pase la tormenta mientras Luca duerme plácidamente en sus brazos.

Ese pensamiento me tienta porque ofrece alivio. Querría decir que me equivoco y me he dejado llevar sin motivo.

Si es así y mi imaginación me ha jugado una mala pasada, aceptaré la humillación. Aguantaré la mirada que me echará cuando la encuentre y la frustración contenida cuando me pida que la deje en paz. Preferiría parecer un necio.

Pero esa posibilidad ya se deshilacha bajo el peso de todo lo que sé de ella.

—¡Levantaos! ¡Despertad a todos ahora! —rujo por el pasillo en cuanto salgo de la habitación de Luca.

Mi voz retumba por la villa como un disparo.

La reacción es inmediata.

Las puertas se abren de golpe, las botas resuenan contra los suelos de piedra, el golpe sordo de su carrera hace eco por los pasillos mientras los hombres salen, a medio vestir y a medio armar, la adrenalina despertándolos más rápido que cualquier alarma.

En cuestión de minutos, la habitación de Luca se llena de hombres.

—¿Qué demonios está pasando? —una voz rompe el bullicio, ronca por el sueño y el fastidio.

Me giro y veo a Leo abriéndose paso a empujones por la puerta, usando esos hombros anchos para meterse en la habitación. Lleva el pelo revuelto, el cordón del pantalón colgando suelto, la camiseta metida a medias en la cintura por haberla puesto a toda prisa.

Su mirada recorre la estancia, captándolo todo con eficacia antes de volver de golpe hacia mí.

No pierdo el tiempo.

—Quiero que localicéis a Elena y Luca. Deberían estar durmiendo aquí. Cuando he venido a comprobar cómo estaban, ya no estaban. Hay cosas cambiadas de sitio, parece que se han ido con prisas.

Las cejas de Leo se disparan hacia arriba.

No me lo pregunta en voz alta, no delante de todos porque sabe bien que ese no es el momento, pero lo veo igualmente. Ese destello familiar en sus ojos mientras las preguntas se amontonan sin descanso y baraja posibilidades más rápido de lo que otros son capaces de parpadear.

¿Desaparecidos? ¿Secuestrados? ¿Huyendo? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Quién?

—Asegurad el perímetro —prosigo, volviéndome hacia el resto—. Comprobad cada punto de entrada, cada cámara de la última hora. Quiero los vehículos listos y los equipos peinando la zona exterior.

Se dispersan al instante.

Leo se acerca mientras los demás salen tras nosotros, bajando la voz justo lo suficiente para que no se le oiga entre el ruido. —¿Crees que se ha ido por su cuenta?

—No lo sé. —Eso es lo único que puedo decirle.

Rezo porque, joder, esta vez esté equivocado.