Su Heredero Oculto (Crowned in Sin 2) Dante #2
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Dante #2

Entonces, no quería saber nada de sus opiniones. Ya sabía lo que se diría en cuanto cualquiera de ellos, especialmente Enzo, supiera que Elena había vuelto a mi vida.

Desde entonces, hemos hablado en conversaciones breves durante las últimas semanas. Comunicaciones rutinarias, actualizaciones sobre negociaciones y algún contacto intentando renegociar contratos. Ninguna de esas conversaciones fue motivo de alarma para mí.

Nada que debería haberlo sido, al menos.

Pero ahora lo estoy replanteando todo.

Exhalo despacio, el aire sale de mis pulmones hasta que una punzada sorda me tensa el pecho. Lo agradezco. El dolor me ancla. Me impide hacer algo irreflexivo antes de tener todas las piezas delante.

—Supongo que ya habéis intentado poneros en contacto con él por los cauces habituales —pregunto.

—Sí —responde Bianchi sin vacilar—. Según su asistenta, lleva desaparecido casi dos semanas. Nadie lo ha visto ni ha sabido nada de él desde entonces.

Dos semanas.

Eso me carcome mucho más de lo que quisiera.

Ignorarme es una cosa. Peligroso, sí, pero se puede sobrevivir, siempre que sea capaz de hablar y resolver este embrollo. Es muy distinto desaparecer de tal forma que ni siquiera quienes forman parte de tu día a día pueden dar una sola pista de tu paradero.

Enzo no es de los que se esfuman sin más.

Que yo sepa, no está liado sentimentalmente con nadie.

No tiene un amante a quien acudir ni hijos detrás de los que esconderse.

No hay ningún motivo para desarraigar su vida en silencio salvo que esté aterrado por las consecuencias de sus actos o que haya planeado esto con mucho esmero.

Ninguna de las dos opciones resulta tranquilizadora.

—Sé que no es lo que quieres oír —dice Bianchi tras otro largo silencio por mi parte.

Tiene razón. No lo es. Pero también sé que la sinceridad no debe confundirse con la incompetencia. Bianchi, Romano y Sarto no dejan escapar detalles a la ligera. Si todavía no han encontrado ningún rastro, es porque alguien se ha esforzado mucho en borrarlo o porque el propio Enzo lleva ventaja.

Sea como sea, estamos actuando a ciegas.

Detesto los puntos ciegos.

—¿Estáis los tres en casa? —pregunto.

—Romano sí. Sarto y yo seguimos sobre el terreno.

Asiento, más para mí mismo que para nadie, recorriendo el pasillo con la mirada como si las respuestas pudieran materializarse en las sombras. —Cuando estéis los tres aquí, reuníos conmigo en mi despacho. Hablaremos de los próximos pasos y veremos cómo seguimos desde aquí.

—De acuerdo.

Cuelgo la llamada sin decir nada más y bajo el teléfono lentamente, dejando caer el brazo a mi lado mientras el silencio vuelve a envolverme. Por un instante, me quedo ahí quieto, mirando la nada mientras los pensamientos se arremolinan en mi cabeza.

El rostro de Luca irrumpe en mi mente sin avisar.

El recuerdo de él es instantáneo y nada bienvenido: su cuerpo pequeño aplastado contra uno de los sicarios de los Bellanti, mientras el viento que entraba por la ventana abierta le agitaba el pelo.

El sonido de su voz, cuando llamaba a Elena suplicándole que no dejara que se lo llevaran y sus manitas demasiado pequeñas se estiraban hacia ella, me duele físicamente.

Después, cuando ambos sicarios de los Bellanti yacían muertos a nuestros pies, recuerdo lo bien que encajaba él contra mi pecho. Cómo se aferraba a mí, cómo su respiración iba recuperando el ritmo poco a poco a medida que comprendía que estaba a salvo. Que seguía aquí. Que ella seguía aquí…

Me destroza.

La idea de que alguien fuera de esta finca sepa que es mío me retuerce el estómago de forma brutal.

Es un problema. Uno peligroso.

En este mundo, los nombres tienen poder. Las líneas de sangre, mucho más. En el momento en que Luca dejó de ser un anónimo, dejó de ser solo el hijo de Elena y se convirtió en mío, pasó a ser un objetivo legítimo para que mis enemigos pudieran ir a por él sin reparos.

Vuelvo la vista hacia la puerta del dormitorio justo cuando se abre lentamente.

Elena está ahí, medio oculta tras el marco, parpadeando para deshacerse del sueño mientras sus ojos se encuentran con los míos. Durante un segundo parece desorientada, atrapada entre dos mundos, antes de que la conciencia afile su mirada. Abre la puerta del todo.

Lleva el mismo camisón de siempre, ese que apenas veo por la distancia que he impuesto entre nosotros desde que las cosas se complicaron. Su pelo es un desastre, ondas oscuras que le caen por los hombros mientras el sueño aún le pesa en las pestañas. Incluso así, resulta terriblemente hermosa.

Eso hace que lo que estoy a punto de decir me pese aún más.

—¿Qué ha pasado? —pregunta.

Aprieto el móvil con fuerza.

Por un momento, me planteo mentirle.

El instinto es inmediato, casi un reflejo. Podría decirle que es asunto de trabajo, nada de lo que deba preocuparse. Podría cargar yo con esto, como siempre, procurando contener el peligro en lugar de ponerlo sobre sus hombros, donde no corresponde.

Pero esto no es como antes. Esta vez no se trata de apartarla a propósito para castigarla. Se trata de protegerla del miedo que la perseguirá en cuanto abra la boca. De la verdad: que la vida de nuestro hijo está en peligro.

Aun así… ella merece saberlo.

Sobre todo si se trata de Luca.

Pensar en otra noche como la del ataque de los Bellanti me revuelve las tripas. No me perdonaría jamás dejarla a oscuras si algo sucediera otra vez. Paso la lengua por detrás de los dientes mientras escojo las palabras.

—Ha habido… —empiezo, pero me detengo, intentándolo de nuevo—. Ha habido cierta información preocupante que acaba de llegar.

Ella aprieta el pomo de la puerta de forma visible.

—¿Sobre qué? —pregunta.

Dios, cuánto odio esto.

—Sobre Luca.

Sus ojos se agrandan al instante, el pánico parpadea, brillante e indisimulado.

Y entonces se mueve.

Antes de que pueda detenerla, ella pasa corriendo junto a mí, los pies descalzos resonando suavemente contra el suelo mientras avanza por el pasillo hacia la habitación de Luca, el terror maternal anulando cualquier sentido de la razón e impidiéndome terminar.

—Mierda —murmuro, siguiéndola al instante.

La alcanzo justo antes de que llegue a la puerta, le rodeo la cintura con un brazo y la atraigo hacia mí antes de que pueda abrir y despertarlo.—Elena, espera.

—Suéltame —espeta ella entre dientes.

Lanza un codazo hacia atrás, buscando mi pecho.

Por poco no me alcanza el esternón; se lo impido torciéndome en el último segundo y desviando su impulso.

Lucha por liberarse, desesperada, tratando de zafarse.

Aprovecho el ángulo incómodo para hacerla girar y la inmovilizo suavemente, pero con firmeza, de espaldas contra la pared.

No le hago daño.

Jamás podría.

Pero tampoco la suelto.

—Está bien —me apresuro a decir—. Está a salvo.

Ahora respira con dificultad; sus ojos, vidriosos y desorbitados, recorren mi rostro en busca de respuestas.

—¿Qué información? —exige.

Vacilo. Aprieto los labios en una fina línea al notar el peso de las palabras instalándoseme en la garganta.

—¿Qué información, Dante? —espeta con brusquedad.

Ya no hay espacio para edulcorar lo que está a punto de salir. No hay forma de disfrazarlo de otra cosa que no sea la cruda realidad a la que quizá estemos a punto de enfrentarnos.

Abro despacio los labios. —Han puesto una recompensa por su cabeza…

Sus piernas ceden bajo su cuerpo antes de que termine la frase, de pronto, como si algo esencial se hubiera roto dentro de ella.

Se escurre entre mis manos y se desploma en el suelo, doblándose sobre sí misma, mientras sollozos desgarrados le estallan en el pecho.

Sacuden su cuerpo, crudos y desbordados.

Me dejo caer de inmediato junto a ella, acuclillado enfrente. Mis manos vacilan en el aire durante medio segundo, atrapadas entre la urgencia de abrazarla y el temor de que tocarla lo empeore todo.

Al final, las poso sobre sus hombros. —Elena, escúchame.

No lo hace. Se repliega aún más, cubriéndose la cara con las manos como si pudiera apartar el mundo entero si lo intenta lo suficiente. Sus hombros tiemblan con fiereza, suspirando a trompicones, entrecortada.

—No. No, no, no. No. Lo sabía. Sabía que esto pasaría si nos encontrabas.

Las palabras duelen más que cualquier acusación anterior. El corazón me da un vuelco violento, un reflejo tan doloroso como incontrolable. —Elena…

—Sabía que acabaría metido en esto —prosigue, ignorándome por completo—.

¿Por qué crees que lo alejé de ti? ¿Por qué crees que nunca te hablé de él?

—Separa los dedos lo justo para que alcance a ver su rostro empapado antes de volver a cubrirlo—.

Sabía que no podrías protegerle. Y mira ahora lo que ha ocurrido.

Cada palabra se clava en mí como una cuchilla directa al corazón. No porque sea especialmente cruel, sino porque es verdad. Porque este, precisamente este momento, es la única pesadilla de la que lleva toda la vida huyendo.

—Dios, debería haberlo sabido. Me dejé engañar, pensé que… —Se atraganta, negando con fuerza.

Aferro sus hombros con más firmeza, lo justo para cortar su retahíla. —Elena, basta. Mírame.

No lo hace.

No puede.

Su respiración está al borde de la hiperventilación; el miedo devora cualquier lógica. Su pánico retumba contra las paredes y me despierta un instinto feroz de protegerla.

Me acerco aún más, bajando por completo hasta estar a su altura, hasta que no le queda más remedio que mirarme cuando se asome entre los dedos. Trato de ser una presencia sólida, anclada, un punto fijo en medio del caos.

—No permitiré que le pase nada malo. Luca no está desprotegido —le digo, prometiéndoselo.

Ella deja escapar un gemido roto, tan entrelazado de dolor y pánico que es imposible separar uno de otro. —Debería haberme quedado lejos… Tenía que haber huido de ti cuando tuve la oportunidad. De todo esto.

Sus palabras me atraviesan, pero no me retiro. Me inclino aún más hasta que mi frente queda a punto de tocar la suya.

—¿Y entonces qué? —pregunto en voz baja—. ¿Vas a pasarte la vida huyendo? ¿Mirando siempre por encima del hombro? ¿Enseñándole a esconderse de su propio nombre para siempre?

Le tiembla la respiración.

—Al final te habría encontrado. Sabes que sí —añado, igual de suave.

No me responde ni replica.

—No voy a fingir que mi mundo es seguro —continúo. Ya no tiene sentido mentir—. Nunca lo ha sido. Pero no aceptaré que no puedo proteger a mi propio hijo. No de ellos. No de nadie. Los dos sois míos.

Por fin aparta las manos de la cara. Los dedos le tiemblan al caer sobre el regazo. Traga saliva, la garganta trabaja con esfuerzo mientras sus ojos enrojecidos buscan los míos. Alzo las manos y le enmarco el rostro con suavidad. Con ambos pulgares recojo el rastro de sus lágrimas bajo los ojos.

—Te lo juro, a Luca no le pasará nada. Mientras yo respire.

Me sostiene la mirada mucho tiempo. Lo suficiente para que una chispa de esperanza prenda en mi pecho y se apague igual de rápido cuando, por fin, vuelve a hablar.

Su voz es tenue, devastadora. —Ojalá pudiera creerte.

Sus palabras me rompen algo por dentro, una fractura limpia y brutal que no me permite fingir que no me destroza escucharla. Sé que quiere confiar en mí. Lo veo en sus ojos.

Pero querer no es lo mismo que creer.

En ese instante, comprendo con una claridad que asusta que proteger a Luca no será solo trazar la estrategia perfecta para conseguirlo todo. Será recuperar la fe de la mujer que sabe exactamente cuánto cuesta mi mundo y ya no está segura de que pueda permitírselo.