Su Heredero Oculto (Crowned in Sin 2) Elena #2
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Elena #2

Avanzan hacia el interior de la habitación, murmurando entre ellos con voces bajas.

Luca permanece completamente inmóvil, el miedo ha terminado por aplastar su impulso de llorar.

Su cuerpo tiembla silencioso contra el mío, sus manos agarran mis muñecas mientras sus uñas se clavan dolorosamente en mi piel.

No aparto la vista de los hombres.

No distingo sus armas con claridad, pero después de lo oído ahí fuera, sé de sobra que no están desarmados.

El más alto de los dos se acerca al pie de la cama y, con un movimiento seco, agarra la ropa de cama.

La arranca violentamente, haciendo que sábanas y mantas salgan volando hacia el suelo.

El libro de Luca cruza el aire y aterriza boca abajo a pocos metros, la portada de colores brillantes destaca sobre el suelo de piedra.

La linterna barre el colchón, ahora vacío.

—¿Dónde está? —murmura el hombre más alto, dejando que la irritación se cuele en su voz.

El segundo hombre se vuelve hacia él, ladeando un poco la cabeza como si escuchase algo a través de un auricular—. Información dice que esta es la habitación de la niña. Deberían estar los dos aquí.

—Pues no están jodidamente aquí —espeta el primero, señalando la cama.

El segundo hombre se lleva una mano al oído, presionándolo mientras vuelve a hablar, la voz seca—. La habitación está vacía. —Hace una pausa. Luego, con más firmeza—. Sí. Estamos en la habitación correcta.

El pulso me retumba en los oídos.

¿Por qué nos buscan? ¿Por mí?

Las preguntas se atropellan unas a otras sin descanso.

¿Han venido a llevarme para usarme como baza contra Dante?

¿Una moneda de cambio para forzar su mano y hacerle salir a campo abierto, donde puedan matarle?

¿Para debilitarle de algún modo? Así es como funciona este mundo—rehenes y deudas pagadas con cuerpos.

Pero ni siquiera eso tiene sentido. No valgo nada para nadie fuera de estos muros.

Ya no. Desde que mi padre desapareció de la faz de la tierra y su nombre se pudrió ante todas las demás familias de Sicilia, me han despojado de cualquier posición o protección, salvo la de ser la esposa involuntaria de Dante Cosenza.

Nuestro matrimonio... Dios, apenas lleva unos días. No habría podido correrse la voz tan rápido, ¿verdad?

Esta villa está más segura que una fortaleza.

La información aquí vale oro, y la protegen tan celosamente como sus armas.

Ni siquiera el servicio hablaría así de abiertamente.

Siempre tienen cuidado con quién podría estar escuchando sus chismes.

Es imposible que la noticia de nuestro matrimonio—o de Luca, puestos a ello—haya salido más allá de estos muros.

Salvo que alguien de dentro lo haya contado a propósito.

Solo pensarlo me revuelve el estómago.

Un traidor, una filtración... alguien pasando información al enemigo, sabiendo que se atrevería a morder el anzuelo y asaltar la villa de Dante sin pensárselo dos veces.

Quien les vendió la información también les proporcionó los planos de la casa.

¿De qué otro modo habrían sabido que esta es la habitación de Luca?

Agarro a Luca aún más fuerte, por instinto.

El hombre más alto exhala fuerte, lanzando una mirada hacia la ventana abierta—. Nos quedan menos de treinta segundos. Tenemos que irnos ya.

Su linterna recorre la habitación otra vez.

El haz se desliza por la cómoda y las sábanas caídas hasta donde los fragmentos de porcelana rota cubren el suelo como dientes desparramados.

La luz se detiene medio segundo de más en la cama vacía, volviendo sobre sí hasta pararse justo ante las puertas del armario.

Cada músculo de mi cuerpo se tensa al instante.

No. No, no, no.

El polvo flota entre las rendijas de la puerta, deslizándose perezosamente mientras el terror se desarrolla a escasos centímetros de mí, como si se burlase.

—Revísalo —ordena el otro hombre, en voz baja.

La luz se vuelve más intensa a medida que las botas se acercan, filtrándose por las rendijas en haces cegadores.

Cierro los ojos con fuerza apenas un instante, apretando la frente contra el pelo de Luca.

Mi mente se dispara en vano, sabiendo que ya no queda ningún otro lugar donde ir.

No tengo forma de escapar. Si abren las puertas, se acabó.

No hay forma de escondernos. No puedo protegerle.

Luca emite un gemido roto contra mi mano, un sollozo que no consigue ahogar. El pánico me invade de tal forma que siento el ardor de la bilis subiéndome por la garganta. La puerta del armario se abre de un tirón brutal.

La luz nos envuelve, agresiva y deslumbrante, y unas manos me sujetan sin previo aviso.

Unos dedos se clavan en mis brazos, arrastrándome hacia delante con una fuerza despiadada.

Apenas tengo tiempo de gritar antes de que Luca sea arrancado de mi pecho, mis manos extendiéndose inútiles en el aire mientras intento alcanzarle.

—¡Mamá! —chilla él, su cuerpo pequeño retorciéndose entre los brazos del más bajo de los dos, que lo sujeta en un abrazo de oso.

—¡No! ¡Por favor! —grito, arañando al hombre que me sujeta. Mis uñas raspan sin efecto el chaleco táctico mientras lucho con todo lo que tengo, pataleando y retorciéndome, intentando una y otra vez alcanzar a mi hijo.

El hombre que está encima de mí maldice por lo bajo, y entonces me lanza con violencia al suelo.

El golpe me deja sin aliento; me obligan a quedar boca abajo, la mejilla aplastada contra la piedra.

Un arma se me clava en la sien, el cañón mordiendo mi piel.

Me quedo paralizada al instante, el terror vuelve a congelarme los músculos.

—No te muevas —gruñe él desde arriba—. O él muere.

Luca ya está llorando a gritos, completamente inconsolable. Sus alaridos rompen el silencio mientras el otro hombre lo arrastra lejos de donde estoy yo.

—¡Mamá! ¡Mamá! —llora él.

Algo en mi interior se rompe por completo.

—Por favor —suplico, la voz temblorosa y los ojos llenos de lágrimas—. Por favor... Llévame a mí. Llévame en su lugar y déjale. Es solo un niño. No entiende. Por favor⁠⁠—

El cañón se me clava aún más fuerte en la sien—. Cállate.

El hombre más bajo se lleva la mano al oído y habla por su comunicador con una calma desapasionada—. Los tenemos.

Se produce una pausa. Luego, la confirmación cruje al otro lado.

Unas manos ásperas me levantan de nuevo. Las piernas me fallan, me tiemblan tanto que casi me desplomo otra vez mientras me arrastran hacia adelante. Tropiezo, arrastrando los pies torpemente sobre el suelo, mientras todo mi instinto me grita que me resista aunque ya sé que de nada servirá.

La ventana abierta se alza ante mí. La brisa me echa el pelo hacia atrás, apartándolo de la cara y enfriando las lágrimas que me surcan las mejillas con una dulzura cruel.

Más allá del alféizar, la caída resulta vertiginosa.

Es oscura e interminable, el suelo muy abajo, devorado por la noche.

Un solo movimiento en falso y no quedaría nada de nosotros más que cuerpos destrozados esparcidos sobre la roca afilada.

En algún lugar a lo lejos, un sonido nuevo corta el caos.

Palas de helicóptero.

El golpeo rítmico va creciendo de volumen segundo a segundo, vibrando en el aire y calando hasta los huesos.

El estómago se me revuelve con una certeza nauseabunda cuando la verdad encaja en mi mente.

Esto no es una extracción precipitada ni un arranque de impulsividad.

Todo estaba minuciosamente planeado. Debe serlo, con lo organizados que parecen estos hombres y su retirada.

Sé con absoluta seguridad que, en cuanto nos empujen por esa ventana y nos metan a la fuerza en ese helicóptero, no saldremos vivos. Lo que espera a Luca y a mí más allá de estos muros no es ni cautiverio ni un rescate para conseguir de Dante lo que quieran.

Es la muerte.

La certeza de ello me envuelve, robándome las pocas fuerzas que me quedan. Mi resistencia flaquea, el dolor me embiste con tal intensidad que casi me hace caer de rodillas. Un sollozo desgarrado y roto me estalla en el pecho.

Mi hijo debería haber tenido una vida plena.

Debería haber conocido lo que es vivir sin miedo, reír sin mirar por encima del hombro cada pocas manzanas.

Merecía una infancia que no estuviese marcada por nombres falsos y una vigilancia constante.

Apenas ha tenido oportunidad de vivir y, sin embargo, ha conocido más terror que la mayoría de la gente en toda su vida.

Lo único que ha conocido es correr y esconderse.

La noche en que nació, cuando le sostuve por primera vez en mis brazos, sola en aquella habitación de hospital, me juré que nadie de su mundo volvería a tocarle jamás. Y sin embargo, aquí estamos, arrastrados hacia nuestros últimos momentos mientras yo soy incapaz de evitarlo.

No es justo.

Nada de esto lo es⁠—

De pronto, dos disparos secos resuenan en la habitación.

El estruendo es ensordecedor a esta distancia, tan fuerte que parece atravesarme el cráneo de lado a lado. Por un instante, mi mente simplemente... se apaga. Tropiezo hacia delante, casi pierdo el equilibrio porque las manos que me sujetaban de repente me sueltan.

Al girarme, veo la sangre salpicando hacia fuera.

Se extiende como una mancha en el pecho del hombre que acababa de sujetarme.

Retrocede tambaleándose, con los ojos muy abiertos, más por la sorpresa que por el dolor, como si su cuerpo aún no hubiese asimilado lo que ha ocurrido.

Jadea mientras presiona la herida con la mano enguantada, los dedos resbalando al instante al intentar detener la hemorragia en vano.

Otro disparo retumba. Esta vez le da de lleno en la sien, haciéndole girar la cabeza antes de desplomarse en el suelo. No hay ni un espasmo, solo su peso muerto acomodándose en el suelo mientras los últimos vestigios de vida lo abandonan.

No me permito procesar la escena. No hay tiempo para el shock ni para dejar que el miedo vuelva a paralizarme.

El instinto se impone, me obliga a girar sobre mi propio eje y lanzarme hacia el segundo hombre que sujeta a mi bebé.

Me abalanzo contra él de lado con todas mis fuerzas.

El impacto lo desequilibra, haciéndole apartarse de la ventana a trompicones.

Él maldice, llevándose instintivamente la mano a su arma y, en ese breve instante, sujeta a Luca con menos fuerza.

El sonido del pequeño cuerpo de mi hijo golpeando el suelo es una pesadilla que me perseguirá el resto de mi vida.

Un golpe sordo y espantoso que arranca de mi garganta un grito.

Pero él no se queda ahí. Ya sea por instinto o por una desesperada voluntad de sobrevivir, Luca aprovecha el impulso para rodar y alejarse justo cuando el hombre intenta recomponerse.

Me dejo caer al suelo y curvo mi cuerpo sobre él, lo aplasto contra el suelo para protegerle con cada centímetro de mí. Le entierro la cara en el pelo, los brazos firmemente aferrados en torno a su pequeño cuerpo mientras espero lo inevitable.

Los disparos revientan de nuevo en dos ocasiones más. El gorgoteo que sigue es nauseabundo y me revuelve el estómago. Poco después, el cuerpo cae al suelo con un golpe brutal antes de quedar inmóvil.

El silencio cae como un peso a nuestro alrededor.

Inspiro una bocanada de aire temblorosa y levanto la cabeza poco a poco. La vista se me nubla al intentar enfocar la silueta que se recorta en el umbral, mi cerebro rezagado, incapaz de procesar lo que veo.

Dante sostiene su pistola fuertemente empuñada, el pecho subiendo y bajando al escanear la habitación con intensidad.

Su arma sigue levantada, lista y apuntando al frente, su postura tensa y preparada para lo que pueda venir.

Parece un espectro—el pelo revuelto, mechones cayéndole sobre la cara, la ropa manchada de sangre que, de manera instintiva, sé que no es suya.

Por la forma en que se mueve, sé que no le han alcanzado.

Cuando al fin baja el arma, cruza la habitación en segundos.

Ni siquiera me da tiempo a ponerme en pie antes de que ya esté de rodillas delante de nosotros, sus manos firmes y decididas cerrándose en torno a Luca y a mí, levantándonos con sumo cuidado del suelo y apretándonos a los dos contra su pecho.

Luca rompe a llorar al instante, su pequeño cuerpo temblando mientras se aferra a la camisa destrozada de Dante.

—Estáis a salvo —murmura en mi oído justo cuando mi cuerpo se desploma sobre el suyo, notando cómo me abandona la lucha—. Os tengo.