Su Heredero Oculto (Crowned in Sin 2) Dante
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Dante

El libro de cuentas se niega a dejarme en paz.

Después de una hora—o quizá varias, el tiempo ha perdido todo sentido a estas alturas—por fin consigo levantarme del suelo.

Me muevo sólo por puro instinto, agachándome para recoger una a una las páginas esparcidas.

No las releo. En su lugar, mantengo la mirada fija en otro punto y empujo las hojas a la fuerza dentro del encuadernado destrozado, guardándolo todo en uno de los cajones de mi escritorio.

Ojos que no ven, corazón que no siente. Siempre ha sido mi método.

Y, sin embargo, nada cambia.

Durante los días siguientes, el cajón permanece cerrado, pero el conocimiento que guarda no deja de rondar incansablemente en mis pensamientos.

Intento acallarlo de la única forma que conozco.

Trabajando. Enterrándome en reuniones durante los días siguientes que se prolongan hasta bien entrada la noche, mediando disputas territoriales e imponiendo castigos con fría precisión.

Me repito una y otra vez quién soy, lo que esta familia espera de mí.

Lo que Sicilia exige de alguien en mi posición.

Un Don no puede permitirse dudar de sí mismo.

Me digo que he enterrado cosas peores que esta. Que he compartimentado verdades mucho más oscuras. Esto no debería ser distinto. Sea lo que sea que Elena puso en mis manos y sea cual sea el veneno de duda que contenía, puede quedar sellado como todo lo demás.

Pero por la noche, cuando la villa queda en silencio, ese cajón se vuelve imposible de ignorar.

Me encuentro solo en mi despacho, mirando el lugar donde está escondido. A veces, mis ojos siguen el veteado de la madera, mis pensamientos giran peligrosamente cerca de alargar la mano, abrirlo y hojear las páginas hasta que todo esto vuelva a tener sentido.

Sin embargo, cada vez que me acerco, es entonces cuando le oigo.

Matteo.

No como era al final—roto, sangrando, luchando por encontrar las palabras para aquello que tanto necesitaba decir en esos momentos finales antes de exhalar su último aliento en mis brazos—, sino como solía ser.

Su voz se desliza en mi mente con una claridad cruel, ligera y contagiosa, impregnada de ese calor tan familiar.

Pero, igual de rápido, se desvanece en decepción.

¿Nunca lo cuestionaste? ¿Por qué no?

Aprieto la mandíbula.

Me digo que es culpa, duelo. Sé que lo es. Sé cómo funciona la mente cuando ha recibido una herida tan profunda y cómo inventa nuevas formas de torturarte, día tras día, año tras año. Vivo con esa verdad desde la noche en que mi mundo se rompió en dos.

Pero aún así, el eco de su voz persiste. No perdona en su dulzura, igual que él nunca lo hacía.

Confiaste en ellos, Dante. No hay vergüenza en eso. Todos lo hicimos.

Una pausa.

¿Pero nunca te preguntaste por qué siguieron adelante tan rápido?

No tengo respuesta para eso. Y lo que es peor, no tengo respuestas para las preguntas que han empezado a surgir desde que Elena me estampó ese maldito libro en la cara.

¿Por qué no me mataron a mí también? ¿Por qué sólo Matteo?

¿Fue culpa por la muerte de mi padre? ¿Miedo a agitar demasiado las aguas llevándonos a todos por delante a la vez?

¿Un error de cálculo? Si los hombres de mayor confianza de mi padre eran quienes realmente lo orquestaron todo, y si la teoría de Elena es cierta, entonces ¿por qué demonios me permitieron seguir con vida?

¿Por qué ponerme en el trono, aunque fuera por circunstancias, en vez de eliminar al único heredero que quedaba?

Las preguntas se amontonan unas sobre otras hasta que el peso de todas ellas se vuelve insoportable.

Y entonces, como si mi desasosiego las invocara, el mundo a mi alrededor empieza también a desmoronarse.

Todo comienza de forma silenciosa, con un envío retrasado, un registro no cumplimentado que se alarga unas horas más de la cuenta antes de que la franja de entrega llegue y pase.

Lo achaco a factores externos, ese tipo de incidentes que suceden con frecuencia en esta vida, ya sea por la incompetencia de la tripulación de otro puerto o simplemente por mala suerte.

A estas alturas, debería saber que con el sindicato Bellanti las cosas nunca son tan simples. Jamás han sido discretos cuando quieren algo. Cuando se mueven, lo hacen con el objetivo de dejar secos a sus enemigos y provocar una respuesta, sin importarles el resultado.

No creo que jamás les haya importado si sus acciones pudieran desatar una guerra de territorios o destruirlos antes siquiera de conseguir lo que pretendían. Cualquier desenlace les resulta útil siempre que sirva para alterar el statu quo.

El primer informe serio llega justo antes del amanecer, tres días después de aquella primera alteración.

Ya estoy despierto cuando suena el teléfono, sentado en mi despacho con una taza de café intacta enfriándose sobre la mesa.

Sé que algo va mal en cuanto percibo la tensión en la voz de mi capitán tras descolgar.

Dos de nuestros camiones de mercancías han sido emboscados en la carretera costera a las afueras de Palermo, en el territorio de Carlo Toselli.

Los conductores no tuvieron ninguna oportunidad.

Barricadas con pinchos bloqueaban la carretera en una curva angosta junto a la costa, obligando al convoy a reducir la marcha hasta casi detenerse, sin posibilidad de girar ni retroceder.

Los disparos comenzaron en cuanto los motores bajaron de revoluciones, destrozando las lunas de las cabinas antes siquiera de que los conductores pudieran echar mano a sus propias armas.

Cuando mis hombres llegaron para investigar la demora, el daño ya estaba hecho.

Los camiones eran ya solo carcasas humeantes, desviados a medias hacia el estrecho arcén, el humo ondulando hacia el aire de la mañana como si fuese una señal de fuego.

Las cajas habían sido abiertas de un tajo y vaciadas con una precisión casi quirúrgica, pero sin que se llevasen nada.

No fue un robo movido por la avaricia. Fue una declaración de intenciones.

Alguien quería dejarme claro lo expuesto que estoy y lo demostró con este pequeño numerito.

Otro secuestro ocurre tan solo un día después, y este ni siquiera llega al puerto.

He entrenado con la mayoría de ellos, los he visto crecer de niños a soldados a mi lado.

Conozco sus nombres, a sus familias. Verlos tendidos en posiciones retorcidas y empapadas de sangre me impacta más de lo que creía cuando llego al lugar, y una furia fría se instala hondo en mi pecho.

Pero es lo que han grabado en su carne lo que me hiela la sangre.

El blasón de la familia Bellanti.

Los cortes son profundos, grabados en la piel como si fueran una marca. Ninguno parece hecho con prisa o de forma descuidada; pretenden ser un mensaje nítido, escrito con absoluta confianza y sin ningún atisbo de remordimiento.

Es una señal inequívoca de que los Bellanti creen que el imperio de los Cosenza es vulnerable.

Perciben debilidad. En mí, en mi sindicato, y aunque no he llegado a saber aún si todo empezó por los rumores sobre la vuelta de Elena con nuestro hijo o por otra cosa, lo cierto es que no importa.

En este mundo, la percepción es la realidad.

Si parezco inestable, si se vislumbra que mi autoridad flaquea siquiera por un instante, cualquier rival con dos cojones y una cuenta pendiente saldrá de las sombras para intentar arrancar una parte de mi imperio para sí mismo.

Ya he reconstruido este sindicato de las cenizas una vez.

He sangrado por él, he enterrado a mi padre y a mi hermano por él.

Me abrí paso hacia la silla del Don con los dientes apretados alrededor de mi propio duelo.

Ahora creen que lo dejaré caer por una mujer.

Por un niño que, curiosamente, se parece a mí.

La ironía resultaría casi divertida si las consecuencias no fuesen tan mortales.

Tal vez hayan confundido mi silencio con vacilación y mi contención con debilidad, pero pronto descubrirán que ese es el mayor error que podrían haber cometido jamás.