Dante #2
Todo el mundo en Sicilia sabe quién mató a mi hermano.
Las calles lo susurraban antes de que siquiera se secara la sangre de mis manos.
No hay ningún hombre tirando de los hilos desde la sombra, ningún arquitecto escondido que manipule la historia.
No existe una revelación conveniente esperando años para absolver culpas y reescribir lo ocurrido.
Sé quién puso fin a la vida de mi hermano porque fue mi propio padre quien me lo dijo.
No tenía ningún motivo para mentir, ninguna justificación para señalar al culpable equivocado antes de quitarse la vida, destrozado por el dolor de haber perdido a su hijo favorito.
Cesare Cosenza no murió como un cobarde, como muchos decían después de que lo bajé del entresuelo. Murió siendo un hombre roto.
Mis ojos me traicionan al bajar hacia la página, y todo en lo que alguna vez he creído se resquebraja en cuestión de segundos.
Los nombres saltan de inmediato ante mí, inconfundibles incluso en la letra apresurada y desesperada. Los reconozco sin esfuerzo. El consigliere de mi padre y dos de sus capitanes.
Hombres que estuvieron junto a mí, hombro con hombro, en el funeral de Matteo, aferrando mis manos para anclarme mientras todo mi mundo se venía abajo.
Hombres que murmuraron votos de lealtad mientras yo intentaba, sin conseguirlo, evitar que las lágrimas que ardían detrás de mis ojos se derrumbaran.
Hombres que me juraron fidelidad cuando la corona de mi padre me fue impuesta, pesada de expectativas y el peso de la herencia caída de nuestra familia, que jamás debí heredar.
Siento que el estómago se me revuelve con violencia.
Cierro la mano en torno al libro de cuentas sin pensarlo, arrancándoselo por completo a Elena.
Paso la página, y luego otra. Mis ojos recorren rápidamente las palabras, el Don que hay en mí diseccionando patrones incluso mientras el hermano que habita en mí grita una negación tan fuerte que siento que el cráneo se me va a partir en dos.
Esto no es locura ni el delirio de culpa de un hombre intentando justificar su propia traición y remordimiento. Las notas son meticulosas, casi obsesivas. Los hilos ya están unidos, expuestos claramente para quien quiera verlos. Y lo peor de todo es que cobra sentido cuanto más leo.
Siento cómo algo dentro de mí se resquebraja, una falla recorriendo en línea recta años de certezas y rabia que me han convertido en una versión irreconocible de mí mismo.
La voz de Elena es suave cuando responde. —Es todo cierto, Dante... Todo encaja. Mi padre jamás habría traicionado a tu familia. Os quería a todos.
Quería.
Estoy a punto de reírme, con la histeria ardiendo en mi pecho.
Si esto es verdad... entonces todo lo que he hecho, cada hombre al que he matado, cada alianza que he destruido, cada parte de mí que me he arrancado en nombre de la venganza ha sido en servicio del enemigo equivocado.
El pensamiento es veneno, se desliza en mi mente sin ser invitado, y me aparto de él instintivamente. Sacudo la cabeza con fuerza, como si el movimiento pudiera arrancarlo antes de que eche raíces.
—No. —La palabra sale áspera, pero rotunda.
Entonces ella me toca, sus dedos rozando mi brazo, titubeantes y desesperados al mismo tiempo.—Dante—
—No. —Mi voz se alza, aguda.
No quiero su caricia ni la dulzura de su voz adormeciéndome otra vez con una falsa sensación de realidad. No quiero nada de esto.
Con un movimiento brusco y violento, lanzo el libro de cuentas al otro extremo de la habitación. Se estrella contra la pared opuesta con un ruido sordo, el lomo desgastado se rompe al impacto. Las páginas se arrancan y caen al suelo como pájaros heridos.
Elena ahoga un grito al instante.—¡No lo hagas!
Se mueve para rodearme e intentar recuperarlo y salvar las pruebas antes de que consiga destruirlas por completo, pero no la dejo. Lanzo la mano y le sujeto el brazo, arrastrándola hacia la puerta con más fuerza de la que pretendía.
La cólera que recorre mis venas es ahora salvaje, sin control, alimentada por el miedo disfrazado de rabia.
—Vete —ordeno—. Ahora.
Ella forcejea para liberarse, el pánico y la furia ardiendo en sus ojos.—¡Dante, basta!
No le replico. No puedo. Si abro la boca otra vez, algo crudo y vulnerable saldrá a borbotones—sentimientos que hace tiempo que enterré y abandoné.
Abro la puerta de un tirón y la empujo hacia el pasillo, soltándola apenas lo necesario para dar un portazo en sus narices. El golpe resuena en el despacho, el pestillo encajando con un clic final y condenatorio.
Ella no se rinde.
Sus puños golpean la puerta casi en seguida, frenéticos e implacables. Repite mi nombre una y otra vez, la voz amortiguada por la madera gruesa, pero no por ello menos lacerante. Cada golpe me duele como si golpeara mi propio cuerpo.
No me muevo. No vuelvo a mi escritorio ni me sirvo otra copa para intentar ahogar esta herida cruda y brutal que se me abre en el pecho.
En su lugar, apoyo la espalda contra la puerta y solo cuando los golpes al fin cesan, cuando su voz se disuelve en el silencio, mis piernas por fin ceden.
Me deslizo despacio, dejando que la espalda resbale por la madera hasta sentarme en el suelo, con la cabeza inclinada hacia atrás y los ojos fuertemente cerrados.
Si los últimos cuatro años se han construido sobre una mentira, entonces todo lo que creía saber sobre mi vida se hunde con ella.
Cada decisión que he tomado en nombre de Matteo, cada orden dictada, cada alianza rota, cada hombre condenado a morir porque creía que la justicia lo exigía, me ha permitido levantar un imperio sobre el dolor y la certeza.
Sobre la convicción de que estaba vengando a mi hermano y honrando la última verdad de mi padre.
Si estos cuatro años han sido mentira, también lo es el hombre en el que me he convertido.
Y, lo peor de todo, si todo fue una mentira, entonces Elena nunca fue realmente mi enemiga desde el principio.
Solo fue el daño colateral que provoqué a mi paso.