Elena
Durante semanas, existo en una tregua extrañamente frágil y tácita con Dante.
Orbitamos el uno alrededor del otro como fantasmas que rondan la misma casa, sin llegar nunca a toparnos en el mismo espacio temporal, pero siempre sabiendo que el otro está cerca.
No hay amabilidad entre nosotros, ni ternura alguna que suavice las duras marcas que nos hemos dejado.
Pero tampoco hay crueldad. Ahora sólo hay distancia y un silencio cuidadoso que ninguno de los dos se ha atrevido a romper todavía.
Me esquiva cuando puede, y cuando no le queda más remedio y las circunstancias o la necesidad nos obligan a compartir espacio, su mirada nunca llega a encontrarse con la mía. Pasa de largo por mi rostro, como si detenerse supusiera romper las emociones que apenas logra reprimir.
Yo hago lo mismo.
O... al menos, lo intento.
Mantengo la vista baja y me ocupo de Luca, recordándome a cada momento que buscar a Dante sólo despierta cosas que no me puedo permitir sentir. Es más fácil reprimirlo hasta que el dolor se vaya congelando poco a poco hasta convertirse en un entumecimiento helado.
Cuando estamos obligados a hablarnos, es sólo porque no queda más remedio, y nunca mencionamos la noche en que me agarró del brazo y amenazó con quitarme a mi hijo porque me negué a darle lo que quería.
A veces, sin embargo... le sorprendo observando a Luca cuando cree que nadie le ve.
Su expresión es siempre inescrutable, una extraña pesadumbre se asoma brevemente en sus ojos antes de que endurezca de nuevo el rostro.
No sé si esta tregua está destinada a durar para siempre o si es sólo la calma antes de la próxima tormenta inevitable. No sé si Dante espera la excusa perfecta para hacer lo que sea que planee hacerle a Luca y a mí.
Lo único que sé es que estoy suspendida en este limbo hasta que llegue ese momento.
Cuando Dante se marcha de Sicilia para asistir a una reunión en la península, el cambio en la villa es inmediato.
El aire se vuelve más ligero, y aunque los guardias siguen tan vigilantes como siempre, la tensión que los rodea se disipa lo suficiente como para que pueda pensar con claridad.
Para planear.
No tardo en dar con alguna idea y, enseguida, me descubro convenciendo a uno de los mayordomos de la casa—un hombre mayor llamado Milo, de ojos cansados y con un cariño especial por Luca—para que me lleve en coche al pueblo.
Le digo que quiero rescatar un par de reliquias familiares de la villa abandonada de mi padre y algunas cosas de mi madre, objetos sentimentales que no quiero que se pierdan con el tiempo o por culpa de saqueadores, cuando el ayuntamiento decida finalmente subastar la propiedad.
Solo duda un instante antes de acceder a darme una hora.
Dejo a Luca con una de las criadas y salgo con él.
El camino transcurre en silencio mientras Sicilia desfila tras la ventanilla: colinas de piedra blanqueadas por el sol y carreteras serpenteantes, todo dolorosamente familiar y a la vez imposible de alcanzar.
Cuando por fin nos detenemos frente a la villa de mi familia, se me encoge el pecho hasta el punto de dolerme al respirar.
Dejo a Milo esperando en el coche y subo el sendero familiar hasta la puerta principal. Para mi sorpresa, se abre sin necesidad de llave.
Dentro, la casa es un completo desastre.
En apenas cuatro años desde que me fui, el polvo cubre cada superficie en una capa fina y asfixiante.
Las cortinas cuelgan medio rotas de las ventanas mugrientas, la tela que una vez fue lujosa ahora cortada y desplomada tras aquella noche en que mi padre y yo huimos de Italia.
El aire huele a humedad y abandono, pero bajo eso se percibe un aroma tenue que me parte el corazón al instante.
El rastro del perfume de mi madre, un olor que antes significaba seguridad.
El eco de mis pasos resuena demasiado alto en los pasillos vacíos, recordándome de forma extraña que ya no pertenezco a este lugar.
Sea lo que fuese este sitio, hace mucho que dejó de ser un hogar.
Camino despacio, pasando la mano por el papel pintado desvaído, aferrándome a la realidad física antes de que los recuerdos de mi pasado me devoren por completo.
Cada rincón guarda uno.
Las risas de mi infancia, alegres y despreocupadas, rebotando por las paredes mientras corría con los pies descalzos y las rodillas peladas.
La voz de mi padre llamándome a cenar, fingiendo autoridad, aunque nunca lograba ocultar el calor real de sus palabras.
Mi madre sentada al borde de la cama, cepillándome el pelo con movimientos lentos y pacientes mientras tarareaba suave una vieja nana siciliana que no he vuelto a escuchar desde entonces.
El vacío que le sigue duele físicamente. No solo porque echo de menos lo que fue, sino porque Luca nunca conocerá este lugar como yo lo hice.
Él nunca correrá por estos pasillos ni se esconderá tras estas puertas jugando al escondite con el servicio.
Nunca se sentará a esa mesa larga a discutir por el postre ni se quedará dormido arrullado por el canto de mi madre.
Nunca conocerá la mitad de la historia de su familia, jamás sentirá que pertenece a algo que existía antes de que la violencia, el miedo y las deudas de sangre lo destruyeran todo.
Todo por culpa de circunstancias completamente ajenas a su voluntad.
Mi padre nunca quiso que nada de esto ocurriera.
Lo sé con una certeza que se instala en lo más hondo de mis huesos.
Él nunca fue un hombre imprudente. Siempre actuó con cautela, leal hasta el extremo.
Nuestra familia ha estado junto a los Cosenza durante generaciones, alianzas forjadas mucho antes de mi nacimiento y que se remontan a casi dos siglos atrás, una lealtad y unos negocios tan entrelazados que resultaban inseparables.
Cuando era más joven y años antes de que mi madre falleciera, a veces me escapaba de la cama y deambulaba por los pasillos solo para encontrar a mis padres refugiados en el despacho de mi padre a altas horas de la noche.
Papeles esparcidos por el escritorio, mapas clavados en la pared tras él, documentos que en aquel entonces no podía ni empezar a comprender extendidos ante ellos.
Siempre hablaban en voz baja, desgranando detalles para mantener en marcha los negocios de nuestras familias sin contratiempos.
Jamás se me permitió conocer los entresijos de los tratos de mi padre ni fui invitada a las estancias donde se tomaban las decisiones, pero siempre supe, sin la menor sombra de duda, que mi padre jamás pondría en peligro una alianza así.
Mi padre y el tío de Dante habían sido amigos íntimos durante años, hermanos en todo salvo en la sangre.
Ese lazo no empezó a deteriorarse hasta que el hermano mediano de los Cosenza, el padre de Dante, ascendió a la cabeza de la familia.
Su mandato fue más duro. Más despiadado.
Donde sus predecesores valoraban la lealtad, él valoraba el dominio y la sumisión, incluso de los suyos.
Aun así, incluso en aquellos años de máxima tensión, la mala relación nunca dio paso al engaño.
Discrepar no era traicionar. La imagen política jamás debía convertirse en algo personal.
Esa distinción siempre le importó a mi padre, incluso cuando eso le costaba influencia y lo obligaba a tragar su orgullo más veces de las que quisiera en esas reuniones.
Él creía en la estrategia a largo plazo, en la lealtad que perdura más allá de los hombres individuales y de las estructuras de poder que cambian cada pocos años. Nuestra familia había sobrevivido siglos precisamente por esa contención.
Mi padre jamás habría elegido la avaricia por encima del poder, ni el poder por encima de la familia.
Él comprendía mejor que la mayoría que el poder obtenido mediante la traición es frágil y se derrumba con facilidad, condenado a pudrirse desde dentro.
Por mucho que estuviera en desacuerdo con el padre de Dante o criticara a menudo sus métodos brutales y su disposición a gobernar a través del miedo, nunca le habría deseado la muerte.
Mucho menos a Matteo.
Matteo era todo lo que el padre de Dante no fue.
Era dulce y sincero, de corazón abierto hasta el extremo.
Consideraba la alianza una cuestión sagrada, no algo meramente transaccional.
Mi padre admiraba eso en él. Lo respetaba.
Matteo siempre fue amable conmigo, incluso cuando nuestro compromiso no era más que una unión política sin apenas romanticismo.
Jamás elevó la voz ni me trató como una pieza en el tablero.
No merecía en absoluto lo que le ocurrió.
Y de igual modo, mi padre jamás habría permitido que Matteo quedase atrapado en mitad del fuego cruzado de lo que fuera que hizo pedazos a ambas familias, y mucho menos de la forma horriblemente brutal en que le arrebataron la vida y la usaron como advertencia contra los Cosenza.
El pensamiento se retuerce dolorosamente en mi pecho mientras avanzo por la villa.
Motas de polvo giran en las columnas de luz que atraviesan las cortinas torcidas.
Fuera lo que fuese lo que sucedió entre todos ellos—entre mi padre, el padre de Dante, Matteo y la familia Cosenza al completo—no era tan simple como Dante cree.
No puede serlo.
La versión que Dante pinta de mi padre como un traidor, un ladrón, un hombre dispuesto a arrasarlo todo por su propio beneficio, no existe en mis recuerdos. Me niego a creer que de repente se convirtiera en alguien irreconocible sin razón alguna.
Faltan piezas. Mentiras superpuestas a la verdad. Motivos enterrados bajo el engaño. Si tengo razón, si hay algo más aquí que meras luchas de poder y codicia, descubrirlo puede ser lo único que salve a Luca de heredar un día un legado construido sobre una mentira.
En el antiguo despacho de mi padre, el tiempo parece haberse detenido en pleno colapso.