Su Heredero Oculto (Crowned in Sin 2) Dante
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Dante

Los días se confunden unos con otros después de la noche de la boda.

Me arrastro a través de ellos por pura inercia. Reuniones, informes dictados por teléfono a los que apenas presto atención, mientras mi mente permanece anclada a aquella noche. Al rostro de Elena después de que me pegara y a la mirada en sus ojos cuando le dije lo que ocurriría si desobedecía.

Me repito que fue una táctica de control, algo necesario para mantenerla a raya, no por crueldad. Pero… ni siquiera esa media verdad me deja tranquilo por dentro.

Mis hombres llevan peinando Nueva York desde el primer minuto en que regresamos, persiguiendo cualquier susurro del nombre de Giovanni Vitale como si fueran sabuesos tras un rastro.

He ordenado que lo hagan en silencio pero a fondo, sin errores ni cadáveres innecesarios por el camino, porque no puedo permitirme una guerra de territorios a medio mundo de distancia.

Elena siempre ha estado muy unida a su padre, leal hasta el extremo de la necedad en ocasiones.

Eso precisamente es lo que me ha convencido de que él se quedó cerca de ella, ocultándose a plena vista, confiando en que la cercanía con su hija y su nieto le protegería tras huir todos a Estados Unidos.

Es el tipo de arrogancia que ya le he visto antes, pero, curiosamente, todos los informes que me llegan terminan igual. Con absolutamente nada.

Ninguna pista, ni movimientos bancarios, ni siquiera una empresa fantasma para ocultar sus bienes y sostenerse junto a su hija en los años que llevan lejos de Sicilia. He hecho registrar pisos, vaciar trasteros, incluso antiguos contactos han sido interrogados y descartados uno a uno.

Es como si Giovanni Vitale se hubiese desvanecido por completo, dejando a su paso solo pistas frías y tiempo perdido.

Cada fracaso aviva la rabia en mi pecho con más fiereza.

La frustración me desgarra con cada callejón sin salida.

No es solo la incertidumbre de no encontrarle lo que me inquieta.

También es saber que Elena está bajo mi techo, odiándome con cada bocanada de aire, mientras yo regreso una y otra vez con las manos vacías, sin nada que justifique haberla traído de vuelta.

No encuentro alivio en el sueño.

Cada vez que cierro los ojos, lo único que veo es el rostro de su hijo y esos ojos gris verdoso mirándome durante la boda, con miedo y una inquietante chispa de reconocimiento reflejada en su mirada. Y Elena… siempre Elena… me atormenta igual.

Repaso una y otra vez el instante en que me abofeteó, el sonido aún resonando en mis oídos días después.

Repaso cómo se estremeció cuando amenacé con arrebatarle lo que más quería, cómo suplicó desesperada que me lo pensara mejor, y cómo el portazo que di al marcharme sonó cruel incluso para mí mismo.

Me digo que ella me obligó. Que me vi forzado por su huida, sus mentiras y por haberme ocultado a nuestro hijo. Pero la verdad es mucho más fea que eso. No la castigué solo por imponerme. La castigué porque estaba herido.

Profundamente.

Una parte de mí aún recuerda lo que era tocarla sin rabia en el pecho. Desearla sin culpa ni resentimiento ahogando el corazón. Imaginar un futuro que no terminara en tumbas y venganzas.

Pero ese hombre murió hace tiempo. Lo maté la noche en que Matteo murió y encontré a mi padre colgado del pasamanos de nuestra finca familiar.

Sin embargo, por más que lo intente, sus fantasmas se resisten a desaparecer.

Vivir en aquella casa después casi me llevó a la locura, terminando por retirarme a nuestra villa de verano, donde acabé quedándome de forma permanente.

Con cada informe fallido sobre Giovanni Vitale, siento que se suma un insulto más a la herida. Otro recordatorio de que voy perdiendo terreno en la batalla contra mi propia mente. Necesito respuestas. Algún tipo de cierre, algo tangible que justifique todo lo que he hecho.

Porque si no encuentro pronto al padre de Elena, todo lo que habré hecho será retener a una mujer a la que amé y a su hijo… nuestro hijo… aquí, para nada.

Esa es una derrota con la que no sé cómo convivir.

Ni siquiera con este odio aún ardiendo en mi pecho.

Esa noche, cuando otra pista se desvanece, por fin me quiebro.

Mis pies me arrastran por la villa sin que apenas me dé cuenta, recorriendo pasillos familiares en los que he caminado mil veces, hasta que la cálida luz de la biblioteca se derrama desde la entrada.

Cuando empujo las puertas un poco más y asomo la cabeza al interior, la veo allí.

Elena está acurrucada en uno de los sillones de cuero junto a la ventana, inclinada sobre un libro apoyado en su regazo.

Luca duerme encogido contra su pecho, su pequeño cuerpo relajado, la cabeza encajada bajo la barbilla de ella.

Uno de sus brazos lo arropa automáticamente mientras el otro descansa sobre el lomo del libro mientras le lee en voz baja.

Su pelo se ha soltado del clip que lo sujetaba, deslizándose por su hombro y capturando la luz de la lámpara, hasta parecer casi castaño dorado.

Por un momento, no puedo respirar.

Esa imagen, esta exacta, ha perseguido mis sueños durante años. No en fragmentos ni con impresiones vagas, sino con un detalle doloroso y preciso. Elena bañada por la luz cálida de una lámpara con un niño dormido en su regazo, ambos acurrucados junto a una chimenea mientras leen juntos.

Es una fantasía que siempre supe que nunca podría tener, retazos de una vida demasiado suave para mi mundo, demasiado delicada incluso para alguien como yo.

Una quietud doméstica que no pertenece a hombres criados en la violencia.

Y, sin embargo, la parte más profunda de mí siempre lo ha anhelado—una familia no construida por obligación o miedo, sino por algo mucho más tierno.

Me quedo allí más tiempo del que pretendía, inmóvil en el umbral.

Todavía no se ha dado cuenta de mi presencia. Sus dedos acarician distraídamente el pelo de Luca como sólo lo hace una madre. Su boca se curva levemente ante algo que lee, suavizando sus facciones de una manera que no le veía desde hacía años.

Entonces alza la mirada y el momento se rompe de inmediato.

Las palabras salen antes de poder detenerlas, planas y frías. —Es tarde. Deberíais estar en la cama.

Ni siquiera lo pienso, mucho menos lo quiero decir.

Su expresión vacila de inmediato, la suavidad desapareciendo de su rostro. Su mano se cierra de forma protectora alrededor de la cabeza de Luca, acercándolo instintivamente aún más a su cuerpo, como si temiera que se lo pudiera arrebatar y llevármelo lejos.

—Quería terminar de leerle este cuento antes de dormir —dice en un susurro.

Algo en mi pecho se encoge ante esas palabras. Mi mano se cierra alrededor del marco de la puerta, los dedos clavándose en la madera. —¿No podías hacerlo arriba?

Incluso para mis propios oídos, la pregunta suena más a acusación que otra cosa. En sus ojos brilla un destello de enfado, el dolor agudizado por el resentimiento. Es el patrón en el que hemos caído estos últimos días, casi sin darnos cuenta.

—No cuando siempre exiges que duerma en tu cama mientras mi hijo duerme en otra habitación —replica, su voz baja para no despertarle.

Nuestro hijo, estoy a punto de decir.

Las palabras me suben de golpe, presionando con fuerza tras mis dientes.

Me cuesta más tragarlas y obligarme a callar antes de romper el poco control que me queda que responderle como debería.

Obligarla a admitir la mentira lo cambiaría todo.

Convertiría la sospecha en una acusación, y eso es algo que no podría evitar afrontar si sigo empujándola hacia la verdad.

Diga lo que diga, una simple prueba de ADN lo confirmará todo.

La biología no entiende de culpas, de pena ni de lo que ‘debería haber sido’.

No perdona sentimientos y desde luego no se dedica a crear coincidencias como ésta.

Los niños no nacen con el eco exacto del rostro de otro hombre para terminar siendo hijos de otro.

Eso simplemente no es posible. Por mucho que Elena se aferre desesperadamente a su mentira o se la repita una y otra vez como un rezo, no cambia la verdad que está delante de los dos.

Luca es mío.

Aprieto los dientes, mi mano resbala del marco de la puerta y se cierra en un puño a mi costado. La contención a la que me he aferrado estos días por fin empieza a resquebrajarse. El cambio se produce tan deprisa que apenas soy consciente de ello.

—¿Dónde está tu padre? —pregunto con dureza.

Parpadea, auténtica confusión cruzando su rostro ante la repentina agresividad de mi tono, antes de endurecerse en una expresión reservada. —No lo sé.

—Sigues mintiendo —digo con frialdad—. Él no habría desaparecido sin ayuda, Elena. Ambos lo sabemos. No es tan ingenioso.

Toda la ternura que mostraba por Luca segundos antes desaparece, reemplazada por la misma obstinación desafiante que siempre me ha sacado de quicio. —Ya te he dicho todo lo que sé. No sé cuántas veces más tengo que repetírtelo para que lo entiendas de una vez.

—No me has dicho nada —le espeto.

—Porque no sé nada —responde de inmediato.

La discusión me arrebata el control casi al instante.

No es solo este instante, es todo lo demás apilándose encima.

El agotamiento me devora después de tantas noches sin dormir, vaciándome por dentro mientras aviva la frustración que llevo días notando bajo la piel.

Cada pista muerta, cada hora desperdiciada, cada recuerdo de que me dejó atrás cuando más la necesitaba, se va acumulando hasta que algo dentro de mí comienza a tambalearse peligrosamente.

Ni siquiera me doy cuenta de que he cruzado el umbral de la biblioteca hasta que me encuentro justo delante de ella y sus ojos se abren desmesuradamente.