Su Heredero Oculto (Crowned in Sin 2) Dante #2
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Dante #2

Una comisura de mis labios se alza, no en gesto de humor, sino de sombría aceptación.—Qué le vamos a hacer.

Con el tiempo lo comprenderá. Es la única persona que siempre entenderá lo que está en juego. Si casarse conmigo es el precio por mantener a su hijo con vida, no dudará en pagarlo de rodillas.

La hago traer a mi despacho a la mañana siguiente.

Sé que, si ahora titubeo, perderé la escasa determinación que he conseguido reunir durante la noche. Así que me siento tras mi escritorio, con los papeles ya dispuestos en perfecto orden, y la mandíbula tan tensa que me duele.

Entra con los hombros tensos y el rostro pálido. A pesar de ello, sus ojos siguen ardiendo de furia. Lo primero que hace al detenerse frente a mi escritorio es apretar las manos hasta convertirlas en puños.

—¿Hay algún motivo por el que me has separado de mi hijo otra vez? —espeta.

Nuestro hijo, me recuerda una voz en mi interior, oscura.

Entonces lo siento, ese brote instintivo de ira abriéndose paso por mi garganta. La urgencia de replicar y recordarle que aquí la perjudicada no es ella, que ella fue quien desapareció todos esos años y me lo apartó, y que es una transgresión que ni olvido ni perdono fácilmente.

Si es que alguna vez llego a hacerlo.

—Está seguro con el personal. No le pasará nada mientras tú y yo hablamos —respondo con voz neutra.

Ella replica de inmediato.—Es un niño, Dante. Esta mañana se despertó llorando cuando tus guardaespaldas entraron con el desayuno. ¿Sabes lo asustado que está ahora mismo? Se encuentra en un lugar desconocido, rodeado de personas a las que no reconoce —me lanza.

¿Y de quién es la culpa? Estoy a punto de dejar salir las palabras. Me las trago con tal fuerza que los dientes me chirrían. Perder el control ahora no serviría de nada. Solo demostraría lo fácil que le resulta alterarme. Que su influencia sobre mí jamás se ha ido del todo.

Me niego a entregarle más poder del que ya tiene, aunque ni siquiera sea consciente de ello.

—Siéntate. —La orden es suave, pero incontestable.

Al principio no lo hace. Durante un largo y tenso instante, nos miramos desde lados opuestos de la sala. Dejo que el silencio actúe por mí. Pasa un minuto, luego otro. No aparto la vista. Simplemente espero.

Por fin, cede.

Con un suspiro sonoro, coge la silla colocada junto a mi escritorio y la arrastra hacia adelante.

Las patas raspan con fuerza sobre la tarima, un sonido que me crispa aún más los nervios.

Retumba demasiado alto en el silencio del despacho.

Se deja caer en el asiento con rigidez, las manos apretadas en su regazo.

No le doy tiempo a acomodarse. Deslizo la pila de documentos hacia ella por la mesa.—Firma esto.

Ni siquiera se molesta en mirar los papeles.—¿Crees que soy tonta? No voy a firmar nada.

—Elena.

—Que no voy.

—¿Quieres volver a ver a tu hijo?

Se queda helada, la rebeldía tambaleándosele.

Sus ojos vuelven, solo por un instante, hacia la puerta.

Es apenas un latido, pero suficiente para saber que he logrado atravesar ese muro tozudo tras el que se ha refugiado.

Odia sentirse acorralada así. Odia que le haya dejado claro que lo que tengo y lo que puede perder son exactamente lo mismo, que este no es momento para desafiarme.

Por fin baja la mirada. Observo sus ojos recorrer la hoja mientras lee. No tarda en comprender; lo veo florecer en su expresión antes de que levante la cabeza bruscamente y me mire de nuevo.

—Una licencia de matrimonio —pronuncia, la incredulidad mutando en indignación—. No puedes estar hablando en serio.

Me recuesto en la silla, entrelazo los dedos y dejo que el Don en mí salga completamente a la superficie.

Es la única manera de sobrevivir a esta conversación.

Cualquier culpa que me corroe o la vergüenza que susurra que estoy actuando mal, la aplasto antes de dejar que arraigue y me convenza de retirar los papeles y romperlos.

—¿Quieres proteger tu futuro? ¿El de tu hijo? —pregunto con calma.

Sus labios se convierten en una fina línea.

Prosigo.—Entonces lo harás como mi esposa.

Públicamente. Si se corre la voz de tu regreso y de que has traído un hijo contigo, el escándalo destruirá todo lo que he conseguido reconstruir desde que tu cobarde padre decidió huir.

Te convertirás en una carga que no puedo permitirme si no estás bajo mi protección.

—¿Qué estás intentando insinuar exactamente? —logra articular, ahogada.

—Tú y el niño viviréis bajo mi techo y bajo el apellido de mi familia. Mientras seas mi esposa, nadie en su sano juicio te tocará. Salvo que estén dispuestos a empezar una guerra que no pueden ganar.

El color va abandonando su piel poco a poco mientras mis palabras la envuelven. Sus ojos se vuelven vidriosos y ausentes, como si mirara algo mucho más allá de las paredes de mi despacho.

Entonces lo veo claro. Para ella, esto no es un matrimonio.

Es una condena perpetua dictada sin derecho a apelación.

Un futuro despojado de toda elección y disfrazado de decencia.

Una cárcel envuelta en seda, promesas y el apellido de mi familia, donde los barrotes son invisibles pero tan reales como el aire.

No se imagina una boda. Se imagina puertas cerradas, guardias y una jaula dorada donde cada paso queda vigilado. Ve ante sí años atrapada bajo un apellido del que una vez quiso escapar, encadenada al hombre al que amó y temió a partes iguales.

Sus dedos se tensan, los nudillos palidecen. Ya no queda furia en ella, solo la rotunda y aplastante certeza de que la he acorralado hasta un lugar del que no puede escapar luchando.

Me repito que esto es necesario. Es la única manera realista de proteger a nuestro hijo y a ella de quienes no se detendrán ante nada para acabar con nosotros y así salvaguardar todo cuanto he reconstruido de entre las ruinas que su padre casi deja de mi familia.

Pero la culpa sigue pesando en mi pecho, indeseada e innegable.

No le ofrezco una elección, pero lo que sí le ofrezco es sobrevivir.

Debe de darse cuenta también porque, al cabo de solo un minuto, finalmente levanta la cabeza y vuelve a mirarme a los ojos.

—Vale. Lo haré.