Su Heredero Oculto (Crowned in Sin 2) Dante
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Dante

Leo es el primero en acorralarme en mi habitación.

Lo hace como siempre—sin hacer ruido y sin avisar. Un momento, estoy a solas con mis pensamientos y una botella de whisky medio vacía en el regazo, y al siguiente, la puerta se cierra detrás de mí con un suave clic que apenas perturba el aire.

No se anuncia. Nunca lo ha hecho. Leo siempre ha preferido la presencia al ruido, la amenaza al espectáculo.

Solo cuando noto que permanece justo detrás de mi hombro, lo bastante cerca como para percibir el leve aroma de su gel de baño, me doy cuenta de que ya no estoy solo.

El licor abrasa mi garganta mientras doy otro largo trago, dejando que el calor se asiente en mi pecho. En apenas una hora, ya llevo consumida la mitad. Los bordes de la habitación se vuelven borrosos lo justo para amortiguar los pensamientos más intrusivos, pero no para acallarlos del todo.

Cuando finalmente la cabeza se me va hacia atrás apoyada en el sofá, entorno los ojos para mirarle.

Ahora se inclina un poco hacia mí, los brazos cruzados, una ceja levantada en una desaprobación muy familiar.

Un gesto de desdén le asoma en la boca, el mismo que lleva puesto desde que éramos críos y decidió que era su trabajo impedir mi autodestrucción.

Un puesto horrendo y autoimpuesto, en mi opinión.

—¿Vas a echar a perder un buen licor por algo así? —pregunta con calma.

Me burlo y respondo con otro trago.

Leo se endereza, su mirada pasa fugazmente de la botella a mi cara.

Capta la tensión en mi mandíbula, cómo aprieto la mano alrededor del cuello de la botella al dejarla caer de nuevo sobre mi regazo, el hecho de que ni me he molestado en encender más de una luz antes de instalarme en el sofá de forma indefinida.

Siempre se le ha dado bien descifrar lo que no digo. Por más que me haya molestado esa habilidad a lo largo de los años, en momentos como este resulta muy útil.

—Así que —continúa—, crees que el niño es tuyo.

Cierro los ojos.

No me molesto en confirmarlo. Decirlo en voz alta sería como hacer que existiera.

Guardar silencio me permite negarlo un poco más.

Años llevo preguntándome—obsesionándome—por Elena.

Por dónde se fue y si siquiera seguía viva.

Todo ese pánico, toda esa obsesión… solo para encontrarla escondida en un mísero piso de Nueva York sobreviviendo con la despensa vacía y mi maldito hijo en brazos.

—¿Y bien? —insiste cuando no respondo.

Me río una vez, seco y sin humor.—¿Y qué?

—¿Estás siquiera seguro de que es tuyo?

Un niño con mis ojos. Con mi estructura ósea. Con esa misma expresión demasiado seria que he llevado toda mi vida. Nada de eso es casualidad, por mucho que Elena quiera que lo sea. Puede mentirme, pero no en esto, no cuando la conozco mejor que nadie.

No se habría acostado con Matteo. No habiéndome tenido a mí.

Jamás le quiso, no como me quiso a mí. Su compromiso era una necesidad política, una obligación nacida de una unión concertada por nuestras familias, que creían que las alianzas contaban más que el deseo verdadero.

Irónicamente, todo se fue al traste en cuanto su padre decidió que mi familia valía más para él muerta que aliada.

—Dante —repite Leo.

Suelto un suspiro.

—Sí. Pero no tengo una prueba oficial —admito. La palabra deja un regusto amargo en mi boca—. Ese es el problema.

Él exhala despacio, descruza los brazos y se pasa una mano por la nuca.—Entonces, emborracharte no te va a ayudar a encontrar la manera de conseguirla.

Giro la cabeza para mirarle.—Quizá tenga un motivo para estar postergando esto. ¿Alguna vez lo has pensado?

Si el niño es mío, mi furia estará más que justificada. Ella me ha arrebatado algo que jamás podré recuperar. Sus primeros pasos, sus primeras palabras, el inicio de una infancia que nunca tuve permiso de ver.

¿Y si no lo es? Entonces mi rabia solo puede volverse contra mí mismo o directamente hacia ella, porque si no es mío, significa que llevó a mi hermano a su cama, traicionando lo nuestro. O peor aún, algún otro hombre sin nombre ni rostro al que preferiría matar antes que permitir que se reunieran.

De cualquier modo, algo irreparable está a punto de salir a la luz y no sé si seré capaz de soportarlo.

Leo me observa largo rato, con el rostro inescrutable. Después, sin pedir permiso, me quita la botella de la mano, rodea el sofá y la deja en la mesa, fuera de mi alcance.

—Para bien o para mal, ya has cruzado ese punto —dice.

No discuto. No tendría sentido.

—¿Entonces qué propones? —pregunto, con la voz despojada de su habitual arrogancia.

Leo se encoge de hombros y, enderezándose, se gira para encararme de nuevo. El gesto es casual, pero su mirada dista mucho de serlo. —Adelántate antes de que alguien más se entere.

Frunzo el ceño, pero él prosigue.

—Tarde o temprano, la noticia correrá. Ahora puedes frenar los cotilleos entre estos muros, pero no permanecerán encerrados.

Alguien notará que ha vuelto a Sicilia y que trae consigo a un niño.

Cuando eso ocurra, harán todo lo posible por usarlo en tu contra.

¿Y cuando se confirme que el niño es tuyo?

Nuestros enemigos harán lo que sea por arrebatárnoslo.

Aprieto los puños sobre mi regazo.

No lo había pensado. O, al menos, no de verdad. Tal vez la idea había rozado los bordes de mis pensamientos, enterrada bajo la ira, el alcohol y el shock de verla de nuevo, pero no había seguido el hilo hasta su final inevitable.

Leo tiene razón. Siempre la tiene.

El regreso de Elena no permanecerá en secreto.

Primero, se difundirá discretamente, en susurros entre el personal, preguntas entre los de menor rango.

Después, se colará en las conversaciones con nuestros contactos, nuestros aliados.

Y de ahí, acabará en las manos de nuestros enemigos, ofrecida como un arma cargada en bandeja de plata.

Exprimirán hasta el último detalle. Por qué se fue, por qué ha regresado, por qué tiene un hijo que se parece sospechosamente a mí.

Y cuando unan los puntos y comprendan lo personal que es todo esto para mí, lo usarán para desestabilizarme, hacer añicos mi sindicato, ya tambaleante, y rematar lo que empezó hace cuatro años.

No puedo permitir que eso suceda. No después de los tres años que he dedicado a rescatar el nombre de Cosenza del borde del abismo.

Cada deuda pagada con sangre, cada alianza reconstruida a base de pura fuerza de voluntad.

.. Todo habría sido en vano si dejo que esto ocurra.

Solo pensar que todo pueda desmoronarse por ella y por ese niño hace que me duela la mandíbula de tanto apretarla.

¿Pero cuál es la alternativa? ¿Encerrar a Elena y a su hijo en la villa para el resto de sus vidas? La idea cruza mi mente, oscura y tentadora. Así podría protegerlos. Controlar todas las variables, eliminar el riesgo.

Pero no es realista.

Elena jamás permanecería callada enjaulada.

No por mucho tiempo. La conozco demasiado bien como para engañarme con esa idea.

Si no encontrara una salida por pura rebeldía y determinación, lo haría por otros medios.

Hablaría, negociaría, suplicaría si fuera necesario.

Acabaría por desgastar a mi personal, descubrir las grietas en su disciplina, sembrar dudas donde debería haber lealtad.

Y si eso fallara y esa puerta siguiera cerrada, y todos los guardias se mantuvieran firmes, emplearía esas mismas tácticas conmigo.

¿Lo peor? Que al final, funcionaría. Siempre ha sabido cómo llegarme, cómo traspasar mis defensas donde nadie más podía. Cómo hacerme dudar como nadie en este mundo.

Si, por algún milagro, ella aceptara el encierro y acordara permanecer oculta y en silencio tras dejarle claro de manera contundente que nada de lo que diga o haga me hará cambiar de opinión, solo confirmaría lo que mis enemigos ya sospechan.

Que estoy gobernado por la obsesión. Que dejo que las emociones nublen mi juicio y que Elena Vitale no es solo una debilidad, sino una correa apretada alrededor de mi cuello, lista para tirar de ella en cualquier momento.

Me paso una mano por la cara, sintiendo cómo el peso de lo inevitable se instala en mis huesos.

Una parte de mí desearía no haberla encontrado nunca.

Sin duda, la vida sería más sencilla si siguiera desaparecida.

Pero, ¿quién me asegura que la locura no acabaría abriéndose paso igualmente?

Ya fuera por obsesionarme con saber dónde estaba, o por pasarme el resto de mis días buscándola.

—Tengo que casarme con ella.

Leo abre mucho los ojos, mirándome como si, ahora sí, hubiera perdido la cabeza.—¿Qué?

—Es la única manera —continúo, la decisión ya cristalizándose en mi mente—. Si el mundo sabe que es mi esposa y que el niño es nuestro, nadie se atreverá a tocarla, ni a ella ni al crío, a menos que quiera iniciar una guerra.

Leo abre la boca, la cierra y luego la vuelve a abrir.—Supongo que es una forma de resolver el problema...

No es una forma, es la única. La mujer del Don es intocable, sagrada ante los ojos tanto de aliados como de enemigos.

Cualquier hombre lo bastante necio como para atreverse a ponerle una mano encima firma su propia sentencia de muerte, y todo el mundo lo sabe.

Las reglas son antiguas, absolutas y se cumplen sin excepción.

No se puede decir lo mismo de una mujer sin título. Una amante, una ex, es una vulnerabilidad. Elena como mi esposa se ve protegida por el miedo y la tradición. Elena en cualquier otro papel se convierte en un objetivo.

No se trata de fingir que el pasado nunca sucedió. Se trata de la supervivencia de ambos y del niño al que ella se niega a reconocer como mío.

Me recuesto contra el sofá, sintiendo cómo el peso de la decisión me oprime los hombros.—Le dejaré claro que esto no es una petición.

Leo me observa durante un largo instante, luego exhala.—No va a tomárselo nada bien.