Su error fue mi gata (Ariel Shemesh) 24
96%

24

Caminé por el sendero que llevaba al caserón con Santa siguiendo mis pasos.

No sabía qué hora de la madrugada era, ni cuánto tiempo había pasado con Chip, Chop y Luisito.

¿Veinte minutos? ¿Media hora? Cuando divisé el caserón, con la luz de la habitación de la primera planta encendida, un pensamiento vino a mi cabeza.

«Si la maldad más perversa y desalmada tiene un hogar, este es el suyo, sin duda».

Podía huir, arrancar mi furgoneta y desaparecer de allí.

Tratar de buscar un domicilio en el pueblo, para pedir ayuda, para llamar a la policía.

Pero no lo iba a hacer, básicamente por dos motivos: el primero eran las chicas.

El tiempo corría en su contra. El segundo motivo eran ellos.

No quería ver a esos locos esposados, sonriendo cuando les metieran en un coche patrulla mientras el doctor pensaba en llamar a un conocido abogado, de los caros, de los que tergiversan los hechos buscando vacíos legales para que ellos pudieran estar en la calle cuanto antes.

Para acabar en otra provincia, en otro caserón, escogiendo otra ruta atractiva para turistas, conduciendo otra autocaravana.

No. Si ese era el hogar de la maldad, ya iba siendo hora de que quedara huérfana y sin techo.

Llegué a la puerta principal, saqué la navaja del bolsillo y desplegué la ganzúa.

Medio minuto después ya estaba abriendo con suavidad la puerta para que las bisagras no se quejasen demasiado.

Santa decidió quedarse fuera, esperándome.

Sonreí. Una gata lista. Yo tenía la distribución de la casa memorizada en mi cabeza.

Llegué a las escaleras de acceso a la primera planta y comencé a subir con sigilo los peldaños.

No crujían. Bien. Seguía notando el dolor en la pantorrilla, pero más atenuado, en parte por el torniquete y en parte por el flujo creciente de adrenalina que volvía a fluir con fuerza por mis vasos sanguíneos.

Ya en la primera planta, avancé por el largo pasillo.

Era la última, la tercera puerta. Ahí tenían a las muchachas, drogadas y a saber en qué fase del ritual.

Ese chamán loco había hablado de placer y de dolor, de violaciones y de muertes.

Llegué a la puerta. Dejé la larga correa de cuero, enrollada, a un lado, en el suelo.

De momento no la necesitaba. Acerqué mi oreja a la puerta mientras aferraba con fuerza el mango de la horca.

Se escuchaban ruidos de muelles de colchones y gemidos ahogados.

Seguí con la oreja pegada a la puerta varios segundos.

También pude escuchar la voz del doctor, sin llegar a descifrar las palabras.

Tenía en mi cabeza la imagen de esa habitación.

Las dos camas, una frente a la otra. La mesa de madera en el centro de la habitación, con diferentes utensilios para el ritual.

De esa mesa me interesaban especialmente los dos afilados cuchillos de obsidiana.

Yo esperaba que no hubieran llegado aún a esa fase del ritual, a la parte de sacar corazones para freírlos en una vasija sagrada.

Entrando a la habitación, en el lado izquierdo estaba el trípode con el teléfono móvil.

Ahí estaría el doctor, grabando el macabro espectáculo, excitado, aplaudiendo a sus hijos adoptivos mientras ellos violaban y asesinaban a las muchachas.

En esos momentos, para mí lo más importante de esa habitación eran dos cosas: el rifle del Perillas y la pistola de dardos tranquilizantes.

¿Dónde los habrían dejado? Yo sabía que disponía de pocos segundos para actuar.

Dos armas que localizar y tres objetivos hostiles que eliminar.

El factor sorpresa era mi aliado. No me esperaban allí, supuestamente yo estaría ya repartido en las barrigas de los cerdos.

Giré con cuidado la manilla de la puerta y entré en la habitación.

En los siguientes tres segundos mi cerebro se hizo una imagen precisa de la situación.

Los hijos del doctor estaban en las camas, desnudos, ocupados con las muchachas.

Al parecer, en la fase de placer, por lo que giré hacia la izquierda.

Allí estaba el doctor, detrás del trípode.

Me lancé en esa dirección. Soltó un grito cuando me vio y se levantó de la silla, tirando el trípode con el móvil al suelo; pero yo ya estaba encima de él y le ataqué con la horca.

Le dio tiempo a cubrirse con los brazos y la horca, en vez de en el pecho, se le clavó en un hombro.

Soltó un alarido. Mi cerebro registró los objetos cercanos al doctor.

Ni rastro del rifle ni de la pistola. Por el rabillo del ojo vi movimiento a mi derecha.

El Perillas se estaba bajando de la cama, muy decidido, para correr hacia el fondo de la habitación.

Y allí, contra la pared, junto a la ventana, lo vi.

Allí estaba apoyada la pistola de dardos tranquilizantes.

Dejé al doctor gritando para correr hacia el Perillas.

Un dolor agudo en la pantorrilla me indicó que la herida no me iba a poner las cosas fáciles.

Lo vi coger la pistola y pude lanzar la horca a modo de lanza justo antes de que pudiera empezar a apuntarme.

Vi cómo se le clavaba en un muslo. Soltó un grito aterrador y su disparo salió desviado.

Otro movimiento por el rabillo del ojo. La hija del doctor bajando de la otra cama.

¿Iría ella a por el rifle? Yo aún no había localizado esa arma en la habitación.

Cuando el Perillas quiso volver a disparar, yo ya estaba encima de él, sujetando el cañón de la pistola.

Trató de forcejear, pero le di una tremenda patada en sus desnudas partes.

Quizás eso lo tranquilizó más que los dardos de la pistola, porque se dobló soltando un gemido ahogado y cayó al suelo.

La pistola salió despedida y se deslizó por el suelo hasta quedar debajo de una cama.

Cuando me di la vuelta, la hija del doctor me atacaba con un cuchillo de obsidiana.

¿Qué diablos llevaba ella puesto? ¿Era eso un arnés de cuero con un consolador acoplado?

Esquivé el ataque sin el menor problema, bloqueando su muñeca con mi mano izquierda mientras que mi codo derecho, el que Chop había mordido, impactaba contra su rostro.

Soltó el cuchillo y cayó de espaldas, quedando tumbada en el suelo, medio grogui.

Cogí el cuchillo mientras alzaba la vista para comprobar que el doctor ya no estaba en la habitación, había huido.

Si en esa habitación no estaba el rifle, yo imaginé dónde había ido ese asesino.

Sin tiempo para pensar más, escuché ruido a mi espalda y me giré empuñando el cuchillo de obsidiana.

El Perillas, que se había sacado la horca del muslo, se lanzó a por mí con ella, tratando de trincharme.

Y a punto estuvo de hacerlo si no me llego a desplazar hacia la derecha en el último momento.

En un movimiento simultáneo, a la vez que me retiraba a un lado, lancé una puñalada letal a su costado izquierdo.

El cuchillo de obsidiana entró limpiamente entre las costillas.

El Perillas soltó la horca, cayó al suelo y se llevó una mano al costado.

Puso los ojos en blanco. Sangraba mucho, seguramente le había perforado el corazón.

—¡Muere, hijo de puta! —escuché gritar a mi espalda mientras recuperaba la horca del suelo.

Era la hermana del Perillas, de nuevo. Se había recuperado y había cogido el otro cuchillo de obsidiana de la mesa de madera.

Arremetía contra mí, corriendo desnuda con aquel ridículo arnés.

El manubrio de goma del arnés se movía arriba y abajo con cada paso que daba, y creo que eso me causaba más impresión que el propio cuchillo.

No quise alargar la dantesca escena. La dejé acercarse como a una bestia enfurecida y, cuando estaba a la distancia precisa, lancé una rápida estocada con la horca para clavársela en la garganta.

Y así acabé con ella. Otra que no iba a ver a la tal Yelitza cruzar el puto puente cósmico.

Miré a las chicas. Estaban atadas y se movían entre pequeños gemidos, pero seguían drogadas, sin darse cuenta de lo que estaba ocurriendo en esa habitación.

Mejor así. En la mesa de madera, junto a la supuesta vasija sagrada, había unas jeringuillas y unos pequeños frascos.

Imaginé que eran anestésicos, para seguir manteniéndolas semiinconscientes en el caso de que el efecto de los dardos fuera desapareciendo.

No me paré a leer etiquetas, no tenía tiempo que perder.

Solté la horca, me agaché y recuperé la pistola de dardos tranquilizantes de debajo de una de las camas.

Miré el cargador. Quedaban dos. Bien, suficiente.

Salí de la habitación con la pistola por delante y con todos mis sentidos alerta.

Avancé por el pasillo. ¿Dónde estaba ese loco?

Escuché algo en la planta inferior. Me asomé con cuidado desde lo alto de la escalera.

No vi nada, pero intuí que ese asesino estaba en la planta inferior, agazapado con el rifle y apuntando hacia las escaleras por si yo bajaba por ahí.

Retrocedí varios pasos y, sin hacer ruido, abrí la primera puerta del pasillo.

Era una habitación con una sola cama y una mesa escritorio.

Obviamente no encendí la luz, pero la claridad por el resplandor de la luna era suficiente para llegar hasta la ventana sin tropezar con nada.

Abrí con cuidado la ventana y miré hacia abajo.

Unos cinco metros. Demasiado para saltar, pero al mirar a uno y otro lado, comprobé que un canalón pasaba a poco más de un metro de la ventana, hacia la derecha.

Podía valer. Abrí las dos hojas de la ventana y me subí al alféizar.

Me incliné hacia el canalón y traté de moverlo con una mano para comprobar si estaba bien anclado.

No se movió. Bien. Me coloqué la pistola en la espalda, metiendo el cañón por la parte trasera de mi pantalón.

No era muy cómodo para bajar por la fachada, pero comprobé que quedaba bien sujeto por la cintura.

Descendí con cautela, apoyando la puntera de mis zapatillas en algunos salientes de piedra de la fachada y rezando para que el canalón aguantase mi peso.

Unos instantes después ya estaba en el suelo.

Avancé agachado, rodeando la casa hasta la entrada principal.

La puerta estaba abierta, tal y como yo la había dejado.

Entré y avancé con sigilo, con el dedo en el gatillo, hasta la zona que daba acceso a las escaleras que llevaban a la primera planta.

Era una especie de salón, con una mesa grande, cuatro sillas y un sofá.

Me quedé en las sombras, junto a una columna de madera con la base forrada en piedra.

En la columna había un perchero con varias chaquetas colgadas, lo cual me venía perfecto para ocultarme.

Me quedé observando un buen rato. Vi cómo algo se movía.

Era el cañón del rifle, sobresaliendo tras el sofá.

Me lo imaginaba, él estaba agazapado, esperando a que yo bajase por las escaleras.

Supuse que el doctor estaría nervioso, sin saber qué estaba ocurriendo en la habitación, preguntándose por qué ya no se escuchaban ruidos por la pelea que yo había comenzado al irrumpir atacándoles.

Salí por la izquierda, por detrás de la columna, con la idea de rodear la mesa para sorprenderle por la espalda.

Con esa maniobra no podría verme. Lo hice agachado, sin dejar de mirar hacia la punta del rifle, que seguía apuntando hacia las escaleras.

No llevaba ni dos metros recorridos cuando escuché un sonido familiar. Demasiado familiar.

— Miau .

Instintivamente me giré hacia la derecha y allí estaba.

Santa había decidido entrar para ver qué diablos hacía yo todavía en esa extraña casa.

Y el doctor también debió escuchar el maullido, porque lo siguiente que oí fue la detonación del rifle y cascotes y trozos de piedra de la pared cayendo al suelo.

Por poco, por muy poco ese bastardo no me había volado la cabeza.

La idea de avanzar agachado siempre es buena idea.

Me lancé al suelo, detrás de la mesa. La luz de la luna que entraba por la ventana no era suficiente para iluminar demasiado la estancia, pero si yo me erguía mi silueta sería una diana fácil para ese asesino.

No lo hice, pero utilicé el truco más viejo de la historia del combate.

Desviar su atención. Con mi mano izquierda agarré la pata de una silla y la empujé, arrastrándola, alejándola de mí.

El siguiente disparo voló la parte superior del respaldo de la silla.

Pedazos de madera y astillas salieron volando por el salón.

El siguiente sonido fue el que me alegró la noche.

— Clic.

No existe mejor sonido que el de un cargador vacío en el arma de tu enemigo.

Y, automáticamente, salí de mi improvisado escondite como el leopardo que salta sobre su presa.

Yo no sabía si ese cabrón tenía balas de repuesto, pero no le iba a dar la oportunidad de recargar el arma.

Cuando me vio acercarme, tiró el rifle al suelo y salió corriendo hacia la puerta.

No pude evitar sonreír. El buen doctor quería transformarse en el Forrest Gump de Salamanca, alejarse de mí saliendo de la casa, corriendo sin parar, sin mirar atrás, atravesando la finca, la provincia, el país y medio continente.

Pero no llegó tan lejos. De hecho, no llegó ni a la autocaravana aparcada fuera.

No tenía yo mi pantorrilla para jugar al corre-pilla.

Apunté con la pistola desde el umbral de la puerta y el dardo se le clavó en un glúteo.

Yo había apuntado a la espalda, pero en mi favor diré que nunca había utilizado una pistola de esas.

Todas las que había disparado en mi vida eran de las que escupen balas de verdad, de las que matan.

Acertar en el glúteo me pareció un buen disparo.

Un disparo relativamente certero y bastante irónico.

Lo consideré como la vacuna que recibe el propio doctor.

Conté seis zancadas desde que se le clavó el dardo hasta que se desplomó.

«No las suficientes como para salir de la provincia, doctor», dije para mis adentros.

Y entonces comencé a pensar en lo que tenía preparado para Carlos Tezcatl, el psiquiatra, chamán, azteca y, sobre todo, asesino en serie.