Su error fue mi gata (Ariel Shemesh) 23
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Salí del box y confirmé que Luisito todavía estaba a unos quince metros de mi posición.

La herramienta que yo empuñaba, la que acababa de convertirse en mi arma principal, era una horca, esa especie de tenedor enorme con mango de madera que usan en las granjas para echar paja a los animales.

Tenía el hándicap de la poca movilidad en los brazos por culpa de los grilletes.

Medio metro de separación de brazo a brazo.

Eso me obligaba a utilizar la horca de una forma bastante forzada, pero su metro y medio de longitud me ayudaría a mantener a Luisito a una distancia no tan letal.

Se fue acercando a mí arrastrando sus pies por la arena.

Si ese pabellón fuese el coliseo romano, Luisito sería un gladiador descomunal, con el arma más mortífera de todo el imperio, a punto de enfrentarse a un pobre cristiano encadenado.

Pero El Maíllo no era Roma, ese pabellón no era el Coliseo y Luisito no era el hijo del emperador.

Negué con la cabeza mientras lo veía acercarse.

No. Yo no iba a dejar que el hijo adoptivo retrasado de un chiflado que se creía un chamán azteca ganara ese combate.

«Pros» y «contras». Me centré en los «pros»: agilidad e inteligencia.

Me lancé hacia adelante con la horca apuntando a su pecho.

Luisito atacó con la motosierra, pero hice una finta en el último momento para salir por su derecha.

Él era grande, pero con menos cintura que un roble.

Un momento después yo estaba a su espalda y le clavé con todas mis fuerzas la horca.

Los cuatro largos y afilados dientes penetraron en su zona lumbar más de quince centímetros.

Luisito se giró con brusquedad, buscándome con la motosierra.

Tuve que soltar el mango de la horca para echarme hacia atrás y así evitar que la motosierra me cortase la cabeza.

Luisito me observaba. Le vi fijarse en mis manos.

Ya no estaba la horca. Sonrió. Ese monstruo tenía una horca clavada en la espalda y ni se había dado cuenta.

La maldita analgesia congénita esa, que le hacía inmune al dolor.

Estiró sus brazos para tratar de alcanzarme con la motosierra y yo finté hacia la derecha para salir por su izquierda.

Le volví a ganar la espalda y, de un fuerte tirón, pude sacar la horca de su zona lumbar.

La sangre le caía por las piernas, empapando sus pantalones.

Volvió a girarse hacia mí. Él vio la horca en mis manos y yo vi un gesto de sorpresa en su cara.

Yo sabía que no podía arriesgarme a trincharle una y otra vez hasta desangrarlo.

Primero, porque a saber los litros de sangre que contenía un cuerpo como ese.

Y segundo, porque en una de esas fintas con mi maltrecha pantorrilla, la motosierra iba a acabar encontrándome.

Ese garrulo podía tener un coeficiente intelectual que rivalizaba con las acelgas, pero aprendía por repetición.

Y en una de esas fintas acabaría acertando.

Yo necesitaba quitarle la motosierra. «Piensa, Ariel, piensa».

Agilidad e inteligencia. Y en ese momento me vino la inspiración.

Aposté por la inteligencia. ¿Cómo no se me había ocurrido antes?

Me agaché y cogí un buen puñado de arena con mi mano izquierda.

Se lo lancé a los ojos. «Podrás no sentir dolor, pero ¿quién no queda temporalmente ciego con arena en sus ojos?

», pensé mientras le veía llevarse una mano a la cara entre gruñidos y quejas.

Y fue en ese momento cuando me lancé a por él, buscando clavar la horca en el brazo que sujetaba la motosierra.

Y vaya si la clavé. Los dientes atravesaron su antebrazo.

A mí me dio igual que Luisito ni siquiera lo sintiese.

Sus destrozados tendones dejaron de hacer fuerza y su mano se abrió, dejando caer la motosierra a la arena.

El siguiente movimiento con la horca fue para clavársela en las tripas.

Cuando levanté la vista para ver su rostro, un enorme puño conectó con mi cabeza y me lanzó un par de metros hacia atrás.

A mí sí me dolió. Sentí un fogonazo de dolor en mi cuello y comencé a ver puntitos negros en mis ojos.

Esa bestia casi me arranca la cabeza. Traté de levantarme, pero estaba aturdido, mareado.

Y fue él quien me levantó. Sus enormes manos me aferraron como tenazas y me levantaron al aire con una facilidad pasmosa, como si yo fuese un muñeco de paja.

Lo siguiente que hizo fue abrazarme tratando de reventarme con su fuerza sobrehumana.

Desde esa altura vi la horca en el suelo, y también la motosierra, que seguía arrancada.

Grité de dolor cuando sentí que la presión de su abrazo aumentaba.

Yo no tenía mis brazos para protegerme, me había abrazado directamente por el pecho.

Esa presión iba a quebrarme las costillas.

Su cara, a pocos centímetros de la mía, estaba sucia de arena y lágrimas.

Escuché su gruñido de rabia, de saberse vencedor de ese combate.

Olí su asqueroso aliento. Otro gruñido suyo, aún mayor, acompañado de un aumento de la presión de sus brazos, sacó todo el aire de mis pulmones.

Por un momento pensé que lo que se escucharía a continuación sería el crujido de mis costillas.

«Pros» y «contras», agilidad e inteligencia.

En esa situación la agilidad estaba anulada, pero no la inteligencia, esa la mantenía intacta.

Así que lo siguiente que se escuchó fue un crujido, pero no el de mis costillas, sino el de su nuez.

Al tener los brazos libres pude conectar un puñetazo en el cartílago de su tráquea, uno de los puntos más letales del cuerpo humano.

Con mi mano izquierda empujé su mandíbula hacia arriba, para hacer hueco al tremendo uppercut que lancé con la derecha.

Su tráquea se hundió e inmediatamente sentí cómo sus brazos cedían.

Caí a la arena, respirando con dificultad.

Había estado cerca. Comencé a incorporarme como pude, todavía medio mareado, y vi a Luisito de rodillas, con las manos en la garganta.

Una cosa es no sentir el dolor y la otra, muy diferente, es no poder respirar.

Y Luisito, igual que las acelgas y los berberechos, necesitaba respirar.

Me erguí, todavía tambaleándome, y lo rodeé.

Cogí la horca del suelo. Me puse a sus espaldas y se la clavé en la nuca.

Fue como darle la puntilla a un toro bravo.

Esa enorme masa humana se desplomó en la arena.

Me acerqué a la motosierra. Seguía arrancada.

Metí la cadena de los grilletes bajo la pala.

Pisé con mi pie derecho la carcasa de la motosierra para estabilizarla, para que no se moviera.

Con mi mano derecha pulsé el gatillo para acelerar y los afilados dientes partieron los eslabones de la cadena entre chispas y el característico sonido de metal contra metal.

Me incorporé. Bien, ya podía mover los brazos con total libertad.

Tenía los grilletes en las muñecas y los pedazos de cadena colgando, pero ya me quitaría eso más adelante.

No había tiempo que perder. Apagué la motosierra y recuperé mi navaja del suelo.

Me subí la pernera del pantalón y revisé la herida.

Era fea, una dentellada profunda con parte de la musculatura desgarrada.

Sangraba bastante. Localicé las correas de cuero de los perros y corté un metro con la navaja.

Me hice un torniquete por encima de la herida.

Eso bastaría de momento. El botiquín que siempre llevaba en mi furgoneta acabaría el trabajo.

Desinfectar, coser y vendar. Pero no en ese momento.

No había tiempo que perder. Metí la navaja en uno de los bolsillos del pantalón y cogí una de las largas correas de cuero.

La enrollé para llevármela. También cogí la horca.

Caminé hacia la salida, cojeando, dejando atrás los cuerpos de Luisito y de Chip y Chop.

En el fondo sentí pena por los tres. Manipulados y utilizados como armas de destrucción.

Pero más pena sentí por Ernesto, cuyo cuerpo yacía inerte junto a la valla del pabellón de los cerdos, listo para ser troceado por el difunto Luisito.

Cuando salí de allí, me alegré al ver a Santa acercarse.

Sabía que mi gata saldría de aquella. Esos perros eran bestias entrenadas para matar, pero mi gata, mi gata… agilidad e inteligencia.