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Yo había peleado muchas veces contra otros oponentes.
Contra decenas de ellos, en combates duros, cuerpo a cuerpo, y muchos de ellos a muerte.
Había acabado con luchadores entrenados, con asesinos profesionales.
Pero nunca había tenido delante a nadie como Luisito.
Un error de la naturaleza, un fallo genético, hormonal, o lo que fuera, que lo había convertido en un espécimen de proporciones desmesuradas, en una bestia humana cuyo retraso mental lo hacía seguir impulsos animales.
Puro instinto asesino, con la furia como emoción dominante en su atrofiado cerebro, y con la venganza como único objetivo en ese momento.
Analicé la situación en cuestión de segundos.
Había pocos «pros» y muchos «contras». Yo estaba exhausto, encadenado y herido.
Notaba un dolor lacerante en la herida de la pantorrilla, que seguía sangrando.
La herida del codo no era tan fea, pero mi brazo no estaba al cien por cien.
Luisito estaba fresco, furioso y armado con una motosierra que rugía mostrando unos dientes metálicos que se movían a miles de revoluciones por minuto.
Una dentellada de ese trasto y yo era hombre muerto.
Luego estaba el asunto ese de la analgesia congénita.
Al parecer, ese Frankenstein sacado de una película de terror no sentía ningún dolor.
Ni pedido por catálogo podías conseguir un monstruo como ese.
¿Cómo se suponía que yo podía vencerlo? Desde luego que no sería a golpes, y estaba seguro de que no iba a convencer a Luisito para resolver aquello al «piedra, papel o tijera» al que yo jugaba de niño con mis amigos.
Pero, al menos, sabía que contaba con un par de ventajas que me podían sacar de todo aquello.
Una era mi agilidad. Comparado con Luisito yo era la versión masculina de la gimnasta Nadia Comaneci.
Ese gigante bastante tenía con coordinar las dos piernas para ir avanzando por la arena sin tropezar y caerse.
La otra ventaja era mi inteligencia. No me considero una eminencia intelectual, pero el nivel de Luisito podríamos situarlo entre las acelgas y los berberechos, con perdón para las acelgas.
Así que mientras se acercaba, me agaché y recuperé la preciada navaja que había forzado a esnifar al rottweiler.
Metí mis dedos por su fosa nasal, agarré el mango entre el pulgar y el índice y tiré con fuerza.
Necesité tres fuertes tirones para recuperar mi arma.
Con una hoja de diez centímetros, mi navaja era una ridiculez comparada con la de la motosierra, que tenía una pala de acero de más de medio metro, con una cadena de afilados dientes que cortaban hueso sin ninguna dificultad.
«Pero mejor mi navaja que nada», pensé. Limpié el viscoso mango ensangrentado en mi pantalón para que no se me resbalara en la mano.
Luisito se acercaba, estaba a menos de diez metros.
Movía la motosierra con una facilidad pasmosa, como si pesara gramos.
Seguramente me pesaba a mí más la navaja que a él la motosierra.
Comenzó a gritar como un loco, tratando de alcanzarme con la motosierra.
Yo caminaba hacia atrás, cojeando por el dolor.
Mi cerebro comenzó a valorar las diferentes opciones.
No iba a entrar en la distancia corta, eso sería un suicidio.
Tampoco quería que él avanzara hasta arrinconarme, eso también era peligroso.
Y en ese momento se me ocurrió una idea.
Necesitaba crear confusión, caos en el campo de batalla, saturar su cerebro llenando su campo de visión de elementos externos.
Me di la vuelta y corrí como pude hasta la esquina del pabellón.
Me coloqué frente al panel de botones para abrir las puertas de los boxes y pulsé todos los botones verdes.
Verde, abrir. Mucho más rápido que Luisito.
En cuestión de segundos los cuatro caballos salieron de sus cubículos al galope, nerviosos, encabritados, en un estado de pánico provocado por el tremendo ruido de la motosierra y por el olor a sangre de los perros muertos.
Vi cómo Luisito se quedaba quieto, con la motosierra en alto, tratando de no cortar a sus queridos amigos equinos que intentaban huir de aquel caos.
Uno de los caballos, completamente fuera de sí, encabritado, golpeó con el lomo a Luisito y lo desequilibró, haciéndolo caer.
Yo ya estaba corriendo hacia allí, apretando los dientes por el dolor de la pierna y empuñando mi navaja.
Él estaba en el suelo, tumbado de costado, y no había soltado la motosierra, que seguía rugiendo furiosa.
El gigantón trataba de levantarse con bastante dificultad.
Me vio llegar y gruñó dirigiendo la motosierra hacia mí.
Yo intenté clavarle la navaja en el cuello, pero su gesto con la motosierra hizo que yo tuviera que echarme hacia atrás rápidamente.
El filo de la motosierra pasó a escasos centímetros de mi cara, dejando en mis fosas nasales un olor a acero y aceite.
Lo vi incorporarse y enderezarse hasta quedar erguido como una columna.
Los cuatro caballos se arremolinaban en una esquina del pabellón, ya lejos de nosotros, con los ojos muy abiertos, moviéndose con gestos nerviosos, bufando y relinchando.
Mierda, yo había desperdiciado esa oportunidad para acercarme a Luisito y tratar de hacerle algo, aunque no sabía si mi navaja sería suficiente para desangrarlo con pequeños tajos.
Él avanzó hacia mí, con la motosierra por delante.
Al parecer estaba decidido a protagonizar la nueva versión de «La matanza de Texas» en El Maíllo.
El ruido del motor dentro de ese pabellón era infernal.
«Piensa, Ariel, piensa», me dije mientras retrocedía con mi pequeña navaja en la mano.
Giré mi cabeza hacia la derecha, hacia los boxes vacíos.
En el último vi algo que me llamó la atención.
Dentro, al fondo, había un cubo de metal y lo que me pareció una herramienta larga, con mango de madera.
Si aquello resultaba ser lo que yo pensaba, me sería de gran utilidad.
Me lancé en un sprint poco ortodoxo, cojeando, hacia el último box y entré en aquel cubículo sabiendo que a Luisito no le daría tiempo a llegar hasta allí corriendo con la motosierra.
En aquel espacio reducido me haría filetes simplemente moviéndola de un lado a otro, sin necesidad de apuntar mucho.