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Lo habitual en ese caso, lo que te pide el instinto, es querer separarte del depredador.
Alejarte, agitar tu pierna, tratar de huir.
Eso es lo que haría casi el cien por cien de la población del planeta.
Puro instinto de supervivencia. Pero yo entraba dentro del minúsculo porcentaje que había sido meticulosamente entrenado para, en determinadas situaciones, hacer caso omiso de ese instinto.
Porque en esa situación, yo sabía que huir sería sinónimo de muerte.
No traté de separarme, no agité mi pierna para intentar quitármelo de encima.
Eso hubiera supuesto un mayor desgarro de los músculos y vasos sanguíneos de mi pantorrilla.
Quizás desangrarme en cuestión de minutos.
Por eso lo que hice fue precisamente lo contrario.
Me lancé contra él y lo apuñalé en el cuello.
Dos, tres, cuatro veces. Pero el rottweiler seguía mordiendo con fuerza, sus mandíbulas tensas, sus colmillos penetrando en mis carnes.
El pequeño filo de mi navaja producía cortes, pero no en la garganta o en otros puntos mortales.
Por lo forzado de mi posición solo podía clavarlo en la zona de su cogote, donde su duro pelaje y su espesa capa muscular parecía protegerlo demasiado bien.
No me quedó más opción que girarme en el suelo tratando de buscar otra postura para intentar un ataque diferente, para intentar clavar la navaja en algún punto más vulnerable.
Eso supuso que sus colmillos desgarraran más tejido muscular y lo supe por la intensidad del dolor que sentí a continuación.
A mi espalda me pareció escuchar los gruñidos de Luisito, al que esta parte de la película le estaba gustando bastante más.
El gigante animaba a su querida mascota, ya se visualizaba lanzando los pedazos de mi cadáver a los cerdos.
Me concentré en la pelea. Cambié la empuñadura de la navaja orientando el filo hacia delante para poder clavarlo a modo de estocada.
Buscaba el ojo de la bestia. Lo que había funcionado con Chip debería funcionar con Chop.
No era fácil acertar, porque el rottweiler movía su cabeza de un lado a otro, tratando de desgarrar más y más.
Lancé la estocada y fallé. Bueno, fallé en parte porque no se clavó en el ojo, pero el filo penetró por una de sus fosas nasales.
Para mi suerte, esa parte anatómica también es una de las más sensibles en los mamíferos y, Chip, o Chop, o quien demonios fuera esa maldita bestia, también era un mamífero.
El rottweiler abrió la boca al momento de sentir el filo entrando por su orificio nasal, y eso me permitió retirar la pierna.
Yo estaba seguro de que en la pantorrilla debía de tener un buen destrozo, pero ese no era el momento de preocuparse de eso.
Me fijé en el perro. Tenía la navaja clavada en la fosa nasal, casi todo el filo.
Pero esa fiera lanzó otro ataque, un ataque con la intención de matar, un movimiento explosivo con una dentellada dirigida a mi garganta.
Mi reacción inmediata y casi automática fue protegerme con el brazo, pero con el hueso del codo orientado hacia delante.
Eso me salvó, porque sentí sus colmillos hincarse en mi codo.
De nuevo un dolor nada agradable, pero mucho mejor que un cierre de mandíbulas en mi garganta.
Tenía el enorme cráneo de la bestia a menos de veinte centímetros de mi cara.
Sentía el calor de su aliento, el olor de la sangre, las salpicaduras de sus espumarajos en mi rostro.
El mango de mi navaja seguía sobresaliendo de una de sus fosas nasales.
Y entonces supe lo que tenía que hacer. Y tenía que hacerlo ya si no quería quedar con un brazo completamente inútil.
Eché mi cabeza hacia atrás para después lanzar un tremendo cabezazo hacia delante, hacia el hocico del rottweiler.
Mi frente impactó con fuerza, acertando en el mango de la navaja, la cual entró por la fosa nasal como el cuchillo que atraviesa la mantequilla.
Y eso provocó algo instantáneo. Las mandíbulas del perro se abrieron, su musculatura se relajó, sus ojos se pusieron en blanco y su cuerpo cayó a plomo contra la arena.
Muerto. Finito. Chop ya era una nueva baja del catálogo de Walt Disney en El Maíllo.
Yo estaba exhausto. Me dolía todo. Me miré el codo y vi heridas profundas, agujeros de colmillos, pero no desgarros importantes.
La mordida en el hueso de la articulación había minimizado los daños musculares.
Lo flexioné y lo extendí varias veces, y comprobé que funcionaba bastante bien.
No me quedaría manco. No quise comprobar todavía la herida de la pantorrilla.
Eso era harina de otro costal y lo dejaría para más adelante.
Porque mi mente solo pensaba en el único elemento hostil que había en el pabellón: Luisito.
Me incorporé esperando verlo cerca de mí, tristón, deprimido y en estado de shock por haber perdido a sus mascotas en menos de cinco minutos.
Para mi sorpresa, allí no estaba. Habría aprovechado el momento de la pelea con el segundo rottweiler para desaparecer.
Por un momento pensé que su cerebro de niño lo había mandado en busca de su papi azteca para contarle entre sollozos y fonemas sueltos lo que había ocurrido con Chip y Chop.
Pero cuando me giré hacia la puerta que daba acceso al otro pabellón, mis dudas se desvanecieron.
Allí estaba ese bicharraco de dos metros veinte con el gesto desfigurado en una mueca de odio y furia.
Luisito quería venganza. Quería tomarse la justicia por su mano, y en el sentido literal, porque precisamente en su mano derecha llevaba la motosierra.
Vi cómo la arrancaba. El rugido del motor me puso la carne de gallina.
Y Luisito comenzó a caminar hacia mí, con los ojos inyectados en sangre y una ligera sonrisa en su rostro.