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Al parecer a su atrofiado cerebro le estaba viniendo bien eso de repetir patrones, porque Luisito tardó menos en resolver la problemática de buscar el número dos y acordarse que lo de abrir era con el botón verde.
Un zumbido y el sonido de la apertura de la puerta del box me indicaron que el «Einstein de El Maíllo» había vuelto a acertar.
La puerta se abrió y no perdí ni un solo segundo.
Salí del box y Santa me siguió los pasos.
En un espacio abierto las posibilidades de que el desenlace sea otro aumentan considerablemente.
Y en mi caso yo sabía que había dos factores nuevos a incluir en la ecuación: la gata y mi navaja.
Abrí el bolsillo de velcro y saqué la navaja suiza.
Desplegué el filo. Era pequeño, pero sabiendo usarlo podía ser letal.
Siempre lo mantenía muy afilado, desde que me la regaló mi padre.
Los viejos hábitos nunca mueren. En el box había tenido tiempo de pensar en lo que quería hacer.
Observé cómo Luisito comenzaba a avanzar hacia mí, con los ojos muy abiertos y la grotesca mueca en su rostro.
Ansiedad y excitación. Caminaba agitando las riendas para alentar a los rottweilers, para estimular nuevamente su instinto asesino.
Era una situación nueva para mí. Estaba ante perros entrenados para matar, seguramente desde que eran cachorros.
Esos rottweilers habían sido convertidos, por psicópatas asesinos, en máquinas de matar que se excitaban con el olor de la sangre, que ya habían destrozado a seres humanos y que habían sido felicitadas por ello.
Yo también había sido entrenado para el combate, yo sabía matar, y había matado.
Pero lo había hecho con personas, con gente que merecía morir, con asesinos que había que borrar del mapa.
Nunca antes me había enfrentado a perros, y mi cerebro empezó a maquinar cómo diablos podía salir de esa situación.
Había un factor clave en el enfrentamiento.
Necesitaba por todos los medios separar a los perros, desviar la atención de uno de ellos y centrarme en el otro.
Si tenía que pelear con esas fieras prefería hacerlo de uno en uno.
Y en eso sabía que Santa me iba a ayudar.
Me puse en cuclillas y la envolví con mi brazo.
Mi gata miraba cómo los perros se acercaban.
Estaban a menos de veinte metros. Santa temblaba.
Sentí su impulso de soltarse de mi brazo, de arañarlo para salir de ahí, para seguir su instinto de supervivencia y escapar de esa trampa mortal.
Yo la aguanté junto a mí, susurrándole su nombre, tratando de tenerla a mi lado unos segundos más.
Alcé la vista hacia los rottweilers. Quince metros.
También había un elemento en mi contra, que yo había estado pensando en cómo ponerlo a mi favor: los grilletes en mis muñecas, con la cadena metálica de medio metro que, si bien me impedía separar mucho mis manos, podía ser un recurso clave si lograba hacer lo que tenía pensado.
Cuando vi que esas bestias de hocicos ensangrentados y que lanzaban espumarajos por sus bocas estaban a unos diez metros, dejé escapar a Santa.
Su pelo estaba erizado y bufaba. La gata salió disparada hacia la derecha, buscando la puerta de salida hacia el otro pabellón.
Y, tal y como yo había intuido, eso supuso que uno de los rottweilers quisiera ir tras ella, por puro instinto animal.
El bestial tirón en la correa, en una dirección que Luisito no esperaba, provocó que al gigante se le escapase de la mano.
Vi cómo esa fiera negra, esos setenta kilos de puro músculo e instinto asesino, salía disparada tras mi gata.
Pero no temí por Santa, sabía que le sacaba la suficiente ventaja como para que no la atrapara.
La habilidad de un gato, y más en esa situación, es mucho mayor a la de un perro.
Santa sería capaz de saltar a lo alto de algún muro o lugar elevado para ponerse a salvo.
Yo tenía poco tiempo, porque sabía que cuando eso ocurriera ese perro vendría a por mí, a sumarse a la fiesta de la carne humana con su hermano canino.
Luisito vio cómo una de sus armas había salido disparada de su mano y se puso a gruñir en esa dirección.
Supuse que el conjunto de sonidos indescifrables que salió por su boca sería alguna orden para que el perro volviera, pero la imagen de una gatita blanca corriendo como alma que lleva el diablo fue mayor motivación para su mascota asesina.
El gigante se dio por vencido y se centró en el rottweiler que controlaba.
Yo también me concentré en esa fiera, con todos mis sentidos alerta, con la adrenalina fluyendo a litros por mis venas y tratando de llegar al estado al que muchas otras veces había tenido que llegar: concentración máxima para matar.
Yo no iba a correr. No iba a darle la espalda a esa fiera, a mi adversario canino.
Eso sería fatal, sería facilitarle todo el trabajo.
No. Me obligué a controlar mi instinto de huida, a pelear de frente, en todo momento.
Tenía mi pequeña navaja en la mano derecha con una empuñadura inversa, la punta del filo mirando al suelo.
Un tipo de empuñadura que me permitiría clavar el arma con más fuerza, si es que esa bestia me daba la oportunidad.
Pero el movimiento clave sería con la cadena.
Los depredadores, sea tiburones, leones o perros entrenados para matar, muerden todo lo que está más cerca de su boca por puro instinto, y en un estado de máxima excitación cierran sus mandíbulas sobre lo que sea.
Por eso, cuando el rottweiler se abalanzó sobre mí yo ya tenía mis manos bien separadas, con la cadena a modo de escudo.
Una cadena que dirigí hacia su boca abierta.
Y, como esperaba, las fauces se cerraron sobre ella.
La intención no era que las partiese, yo sabía que eso no ocurriría.
Pero me daba una opción interesante, y fue lo que hice a continuación.
En cuanto sus mandíbulas se cerraron aproveché para, con un movimiento circular de mi brazo izquierdo, rodear su hocico con la cadena, a modo de bozal improvisado.
Mientras el perro estuviese mordiendo la cadena no podía morderme a mí.
Y eso, aunque acortó la longitud de la cadena y me dejó con poco margen de movilidad para mi mano derecha, fue suficiente para clavarle la navaja en un ojo.
Escuché un ladrido a modo de quejido y sentí cómo el rottweiler trataba de ir hacia atrás, pero yo apreté la cadena con fuerza para mantenerlo así y le di un tremendo rodillazo en uno de los puntos débiles, y muchas veces mortales, de cualquier perro: el hocico.
Se escuchó un crujido, seguramente de sus huesos nasales partiéndose.
Eso habría acabado con cualquier otro perro, quizás más pequeño, quizás de otra raza.
Pero no con este. Simplemente lo aturdió.
Noté en la cadena cómo la potencia de su mordida desaparecía y aproveché la flojera en el cuerpo del animal, sobre todo en sus patas, para lanzarme al suelo con fuerza.
Lo arrastré a la arena conmigo, es lo que yo quería, y me situé, al igual que habría hecho con una persona, pegado a su espalda.
Y en esa postura, ambos tumbados, pero yo en una posición dominante, todavía haciendo fuerza con la cadena para mantener su hocico cerrado, clavé la navaja en su garganta.
Lo hice con todas mis fuerzas, desgarrando arterias, tendones y todo lo que pase por la garganta de un perro.
Y funcionó. La sangre brotó a chorro de su garganta y un último suspiro agonizante del animal me indicó que ese combate había finalizado.
Yo no sabía si ese era Chip o era Chop. Eso me daba igual.
Lo importante era que el Walt Disney de esa maldita finca se había quedado sin uno de sus personajes estrella.
La adrenalina seguía bombeando mi cuerpo, notaba un pequeño zumbido en los oídos, fruto del aumento de presión arterial y de la estampida de hormonas que estaba ocurriendo en mi organismo.
Las situaciones de estrés, de vida o muerte, provocan cambios fisiológicos en cuestión de segundos.
Pero eso era algo que ya había sentido muchas veces, algo que yo era capaz de controlar.
Mientras me incorporaba, vi a Luisito a unos quince metros de distancia.
Miraba a su mascota y me miraba a mí. Parecía como si su cerebro no fuese capaz de asimilar la escena.
Por un momento pensé que su cabeza explotaría y cinco kilos de serrín volarían esparciéndose por la arena.
Pero eso no ocurrió. Observé cómo desviaba ligeramente su mirada, como captando algo a mi espalda.
Una nueva mueca apareció en sus desproporcionados labios.
Eso me erizó el vello de la nuca, y algo primitivo en lo más recóndito de mi cerebro se activó para informarme de que había un peligro inminente.
Pero, para cuando quise darme la vuelta, la potencia del otro rottweiler, cerrando sus mandíbulas en mi pantorrilla, me lanzó de nuevo a la arena.
Sentí un dolor inmenso al instante y allí, tirado en el suelo, en clara desventaja frente a esa fiera rabiosa que ya me tenía en sus fauces, supe que la muerte era una posibilidad demasiado cercana.