Su error fue mi gata (Ariel Shemesh) 19
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Me acerqué a los barrotes para tener más campo de visión. Miré hacia la derecha esperando ver salir a Ernesto de su box, pero no salía. Yo sabía que si se quedaba dentro de ese cubículo de espacio reducido sería lo más parecido a un suicidio. Las dos bestias entrarían como rayos y lo destrozarían.

—¡Sal de ahí, Ernesto! ¡Sal, ahora! —grité.

Escuché unos balbuceos como respuesta. Estaba bloqueado, paralizado por el miedo.

—¡No se lo pongas fácil, sal de ahí!

Nada. Los rottweilers corrieron hasta introducirse en el box número uno.

Santa bufó a mi lado cuando los vio pasar.

Se comenzaron a escuchar unos gritos espantosos.

Tensé la mandíbula y apreté los dientes con fuerza.

Observé a Luisito y vi excitación en su grotesco rostro.

Sonreía, con los ojos muy abiertos. Estaba a unos diez metros, sus manos sujetando las correas de cuero que en ese momento se movían como con vida propia, debido a las violentas sacudidas de los rottweilers ensañándose con su víctima.

Un momento después, entre alaridos espantosos, vi salir a Ernesto a la arena.

Lo hizo entre trompicones, con uno de los rottweilers mordiendo su pierna mientras el otro hacía lo mismo con un brazo.

Su ropa estaba desgarrada, hecha jirones y empapada de sangre.

De la cara le caía un colgajo de piel que dejaba a la vista el hueso del pómulo y tenía un ojo destrozado, con el globo ocular hecho un amasijo sanguinolento.

Ernesto no llegó muy lejos. No había dado ni diez pasos cuando cayó al suelo, y ahí la carnicería se hizo más salvaje.

Luisito gruñía casi tanto como sus bestias, alentándolos, azuzándolos, moviendo las correas para que no cejasen en su empeño de destrozar a su presa.

Vi cómo uno de los perros se lanzaba a la garganta de Ernesto.

De un mordisco salvaje desgarró tráquea, tendones y arterias.

Y ahí se acabó todo. Los perros seguían mordiendo, arrancando pedazos de carne del cuerpo inmóvil.

Luisito se acercó unos metros para ver más de cerca su espectáculo.

Medio minuto después, seguramente aburridos de morder y desgarrar a una presa que ya no ofrecía resistencia, los rottweilers levantaron sus cabezas del cuerpo de Ernesto para mirar a su amo.

Tenían la boca, el hocico y prácticamente toda la cabeza roja, goteando sangre.

Se echaron a un lado cuando vieron a Luisito acercarse al cadáver.

El gigante retrasado sonrió y golpeó ligeramente con su pie el torso de Ernesto.

Su cerebro estaría procesando que a lo mejor ese hombre, completamente desfigurado y con un boquete enorme en su garganta, no se estaba haciendo el muerto, que quizás estaba muerto de verdad.

Luisito emitió un gruñido de satisfacción, soltó las correas de los perros y les hizo un gesto que yo interpreté como una orden para que se estuvieran quietos.

Los rottweiler, todavía jadeando por la excitación y el esfuerzo, se sentaron mirando al box en el que nos encontrábamos Santa y yo.

Sabían que ahí dentro había otras presas, sabían que la diversión iba a continuar.

Vi cómo Luisito se agachaba y agarraba un pie del cadáver.

Lo arrastró por la pista de arena con una facilidad pasmosa, como si el cuerpo de Ernesto no pesara más de dos o tres kilos, como si fuera un muñeco de peluche.

La fuerza que tenía ese gigante era sobrehumana.

Atravesó la puerta que conectaba con el otro pabellón.

Miré a los perros. Continuaban observando ansiosos nuestro cubículo, sin quitarnos ojo.

Por un momento pensé que quizás Luisito se liaría con la motosierra hasta convertir a Ernesto en pedazos de carne y hueso para echar a los cerdos, pero simplemente lo dejó allí tirado y volvió de nuevo.

Venía tranquilo, con su característico andar basculante, lento y desmañado.

Como un cachalote de varias toneladas que intenta salir del mar para pasear por la playa.

Llegó a la altura de los perros y cogió las correas, una en cada mano.

Se giró para mirarme, sonrió y balbuceó algo que ni yo entendí ni Santa entendió, y seguramente ni Chip y Chop entendieron.

Pero cuando lo vi caminar hacia el fondo del pabellón, hacia el panel de botones verdes y rojos, supe lo que había dicho: «Ahora os toca a vosotros».