Su error fue mi gata (Ariel Shemesh) 18
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Caminamos la distancia que separaba la casona del pabellón.

La luna llena permitía ver con claridad el sendero que llevaba hasta la granja de cerdos.

Yo iba delante, y padre e hijo caminaban detrás, a unos tres metros, apuntándome ambos con sendas armas.

Me escocía la muñeca derecha por el roce del grillete.

La cadena que iba de grillete a grillete me permitía separar las manos unos cincuenta o sesenta centímetros.

No era como llevar las típicas esposas de los cuerpos policiales, pero tampoco permitía demasiada libertad de movimiento.

Vi que lo que parecía un pabellón enorme, realmente eran dos, comunicados entre sí.

En el de la derecha pude ver una cantidad enorme de cerdos, cientos de ellos, apilados, gruñendo en un lodazal inmenso.

Pasamos al pabellón de la izquierda. Atravesé una puerta metálica y me encontré con una enorme pista de arena, que identifiqué como un picadero para adiestrar caballos.

En un lateral había unos seis cubículos, boxes para caballos.

Pero no tenían las típicas puertas de madera, esas de doble hoja con la portezuela superior más pequeña, para que el caballo pueda sacar la cabeza.

Eran puertas metálicas de rejas. Parecía que ese malnacido tenía fijación por las celdas.

Cuatro de esos boxes tenían caballos en su interior.

Pude escuchar el relincho de alguno de ellos.

Observé que en el primer box estaba Ernesto.

Estaba agarrando los barrotes y nos miraba con gesto de miedo y angustia. El doctor señaló otro de los boxes.

—Avanza y entra en ese, en el número dos. —Se giró y  gritó—: ¡Luisito, el dos! ¡Verde, abrir!

Caminé hasta la puerta de la segunda caballeriza. Escuché un sonido y la puerta se abrió automáticamente hacia afuera. Quedó completamente abierta, pegada contra una valla metálica, por lo que deduje que sería un sistema electrónico con imanes.

—¡Gracias Luisito, muy bien! —Escuché decir al psiquiatra azteca.

Me giré antes de entrar. Al fondo del pabellón, en una esquina y junto a un panel con botones que había en la pared, estaba esa montaña humana que ni sabía hablar ni sentía dolor.

Pero al parecer sí sabía distinguir el botón verde del rojo para abrir una puerta.

Quizás el psiquiatra lo había adiestrado durante meses, atizándolo con una fusta hasta que Luisito lo pilló.

—Javier, puedes volver con tu hermana. Yo voy en cinco minutos y empezaremos con el ritual.

Vi cómo Javier asentía y se alejaba con el rifle. Cuando el doctor lo vio salir por la puerta se acercó hacia los cubículos donde estábamos metidos.

—¡Dos, rojo, cerrar! —le gritó el doctor a Luisito y, unos cuantos segundos después, la puerta de mi improvisada celda equina se cerró automáticamente.

—Muy bien. Es el momento de explicaros qué es lo que ocurrirá aquí. —El doctor le hizo un gesto a Luisito para que se acercase. El gigantón avanzó hacia el doctor con un caminar pesado y torpe. —Trae a la gata.

Luisito hizo una mueca que supuse que sería su sonrisa y caminó hacia el otro pabellón, el de los cerdos.

—Él también se merece su momento de diversión en esta noche tan especial. —La mirada del doctor siguió a su monstruo adoptivo hasta que pasó al otro lado de la granja. Después posó sus ojos en los míos—. ¿No vas a decirme aún cómo te llamas? Eso es descortés por tu parte, ¿no crees?

No respondí. Mi cabeza trataba de analizar la situación, de comprender qué demonios tenía pensado hacer ese loco.

—Muy bien —continuó—. Te daré el gusto de llamarte Hernán Cortés.

Pero tengo que decirte que hoy no conquistarás nada.

Hoy tu alma visitará Mictlán , el inframundo.

—Me señaló—. Tu cuerpo, en cambio, quedará aquí, para pasar por un proceso tan peculiar como efectivo.

Primero Chip y Chop jugarán con él, después Luisito lo troceará con la motosierra, y finalmente los cerdos recibirán su ración de huesos, proteínas y grasas.

De una piara bien alimentada se sacan los mejores jamones.

Escuché unos sollozos en el box de al lado. Al parecer Ernesto no estaba disfrutando del discurso del chamán psicópata.

—¡No llores, por Dios! Mira a Hernán Cortés, ahí, tan callado, tan sobrio. Es difícil encontrar gente así, manteniendo la compostura en estos momentos tan… especiales.

Vi venir a Luisito. Traía a Santa en una jaula. Llegó hasta donde estaba su padre adoptivo.

—Deja que nuestro invitado tenga sus últimos momentos con el minino. La sacaremos de la jaula y la echaremos dentro, con su dueño. Te vas a divertir cuando les toque el turno a ellos. Anda, vete de nuevo al panel y pulsa el número dos. Verde, abrir.

Luisito soltó un gruñido de alegría. Caminó hasta el panel y se quedó ahí un buen rato, recordando la secuencia.

Número dos, verde, abrir. Pulsó el botón, y fue el correcto, porque la puerta se abrió.

El doctor me apuntaba con la pistola de dardos.

Sacó a Santa de la jaula y, cogiéndola del lomo, la lanzó dentro.

Cayó a mi lado, y enseguida se acercó para buscar la protección de mis piernas.

—Número dos, rojo, cerrar —escuché gritar al doctor. Un buen rato después la puerta del box se cerró. Me agaché para acariciar a Santa. Temblaba.

—Ya puedes ir a por Chip y Chop, Luisito.

Cuando vuelvas empiezas por este —dijo el doctor señalando el otro cubículo—, y después acabas con mi amigo y su gato.

Al terminar, acuérdate de poner en el suelo la lona de plástico antes de empezar con la motosierra.

Sin ropa, desnudos, que no quiero que se me atragante un cerdo.

—Luisito asintió con otro gruñido. El doctor le dio unas palmaditas en la espalda—. Disfruta, mi pequeño, te lo mereces.

El doctor se giró y clavó sus ojos en los míos.

Estuvo así varios segundos. Sonrió, se dio la vuelta y lo vi salir del pabellón con la pistola de dardos tranquilizantes.

Observé cómo Luisito se alejaba con su peculiar caminar patoso, como un oso grizzly al que le han puesto zapatos de tacón.

Atravesó la puerta metálica que comunicaba ambos pabellones, pero en menos de dos minutos ya estaba de vuelta.

Venía con Chip y Chop. No eran ardillas.

Entonces entendí lo del nombre. Los gemelos de Rott.

Luisito venía con dos rottweilers enormes, de sesenta o setenta kilos.

Los tenía atados con unas correas de cuero larguísimas, de unos treinta metros.

Llevaba una en cada mano, como si fuesen riendas para caballos.

La escena era dantesca. Me vino la imagen de un anfiteatro, de un gladiador gigante en la arena, dominando a dos bestias preparadas para matar.

Y las víctimas éramos nosotros, en ese momento enjaulados y encadenados.

Pero ni aquello era Roma ni estábamos en el Coliseo.

Aquello era El Maíllo, y estábamos en una finca perdida en medio del campo.

Tampoco había ningún emperador presente, solo cientos de cerdos esperando su cena después del espectáculo.

Una auténtica aberración. La fantasía de una mente enferma, la creación de un psicópata asesino.

Vi a Luisito dirigirse hacia la esquina del pabellón donde estaba el panel de mandos de apertura de las puertas.

Observé cómo los rottweilers eran reacios a seguirlo, cómo tiraban con fuerza de las correas hacia los cubículos, con espuma saliendo de sus bocas.

Sabían que en esos dos boxes estábamos nosotros, sus presas, carne fresca a la que hincar sus dientes.

Nos olían, nos veían a través de los barrotes.

Escuché varios relinchos. La presencia de esas fieras ponía nerviosos a los caballos.

Luisito tiró de las correas y los perros cedieron a la voluntad de su amo.

Lo acompañaron reticentes en la distancia que les permitían las largas correas.

Vi cómo Luisito se concentraba en el panel, como si estuviese solucionando un problema matemático complejo.

Ahora estaba el solo, no había orden de su papi adoptivo.

En el panel había seis números, uno para cada box.

Debajo de cada número había dos botones, uno verde y otro rojo.

Verde, abrir. Rojo, cerrar. Por un momento pensé que comenzarían a abrirse los cubículos de los caballos, pero el cabrón de Luisito volvió a acertar.

Su cerebro de mandarina dio con la solución del problema.

Número uno, botón verde. Y, tras un sonido metálico de apertura, la puerta de la caballeriza de Ernesto se abrió.

Observé cómo Luisito sonreía y comenzaba a avanzar por la arena hacia los boxes, aflojando la tensión de las correas, dando rienda suelta a Chip y Chop, que, ansiosos, sabían lo que tenían que hacer a continuación.