17
Primero se llevaron al chico de la jaula.
Le llamaron por su nombre. Se llamaba Ernesto.
No le drogaron como a las chicas. El doctor dijo que nos quería despiertos, alerta, porque ni Luisito ni Chip y Chop se divertirían estando nosotros dormidos.
Javier, apuntándolo con el rifle, le obligó a cambiarse de grilletes.
Le puso unos diferentes, en ambas muñecas, con una cadena de medio metro de una a la otra.
Luisito salió el primero, llevándose a Santa en la jaula, y después se llevaron a Ernesto, con Javier dos metros por detrás, apuntándolo y recordándole que si hacía un movimiento en falso le volaba los sesos.
Yo me quedé con el doctor, que esperó a que Javier llegase de nuevo con su rifle para apuntarme mientras yo me ponía los nuevos grilletes en las muñecas y me sacaban de la jaula.
—Valeria ya está arriba, con las chicas —dijo Javier—. ¿Subes tú y esperáis a que vuelva después de dejar a este con Luisito?
—No —contestó el doctor—. Subimos los tres arriba.
—¿Los tres? —preguntó desviando su mirada hacia mí.
—Sí, quiero acabar de explicarle a nuestro invitado lo que vamos a hacer. Es algo único, algo que nunca hasta ahora se ha hecho. —Posó sus ojos sobre mí—. Y un invitado tan sagaz como este merece apreciar el espectáculo, al menos la puesta en escena.
Javier me observó unos instantes y se encogió de hombros.
El doctor subió el primero, yo iba tras él y Javier cerraba la fila, apuntándome con el rifle, recordándome lo de movimientos raros y sesos que se esparcen por la casa.
Subimos del sótano a la planta baja, y de ahí, a la primera planta.
Me condujeron por un largo pasillo hasta una habitación.
Era la última, la tercera de ese pasillo.
Intenté hacer un plano mental en mi cabeza de lo que iba viendo, de esa parte de la casa.
El doctor se echó a un lado e hizo un gesto con su mano hacia la habitación.
—Tú primero, por favor.
Entré en la habitación. Era muy amplia, calculé unos cuarenta metros cuadrados.
Había dos camas, de esas grandes y antiguas con doseles.
Estaban una a cada lado de la habitación, enfrentadas.
Las chicas yacían en las camas, completamente desnudas y boca arriba, con las muñecas y tobillos atados con cuerdas a cada pata de la cama.
Fruncí el ceño. Les habían pintado el cuerpo.
Había dibujados signos extraños en el pecho, brazos y piernas, de color azul y rojo.
La luz era tenue. Observé que había varios candelabros con velas encendidas por la habitación.
Valeria estaba en el centro de la habitación, colocando algunas herramientas en una mesa de madera.
Había varias vasijas con lo que supuse serían grabados aztecas y algunos objetos que no pude distinguir. La voz del doctor sonó a mis espaldas.
—Tuve una hija natural, Yelitza. —Hizo una pausa y suspiró—.
Yelitza llegó de la unión con una mujer mejicana, de raíces aztecas, como yo.
Conocí a Guadalupe en Barcelona, en un retiro espiritual.
Fueron años felices, hasta que Yelitza enfermó.
Tenía seis años. Los médicos dijeron que tenía leucemia, cáncer en su sangre, y que la niña tendría que pasar por un duro proceso de quimioterapia.
Escuché gemidos provenientes de una de las camas. Era la chica que raptaron en Lantadilla, se estaba moviendo. El doctor siguió mi mirada.
—Tranquilo, están drogadas, pero no completamente. Las necesito en un estado de semi inconsciencia. Deben sentir el placer, y también deben sentir el dolor antes de cruzar el puente.
¿Placer? ¿Dolor? ¿Puente? Este loco estaba para encerrar. Vi cómo Valeria se acercaba a la chica y le decía algo al oído.
—Como te decía —continuó el doctor—, esos médicos querían envenenar el cuerpo de mi pequeña.
Querían mancillar la pureza de su sangre azteca.
—Negó con la cabeza—. No. Lo hablé con mi mujer y decidimos hacer un ritual azteca de purificación.
Había que purificar su sangre. Yo había estudiado a conciencia escritos aztecas antiguos, lo que nuestros sabios antepasados hacían cuando…
Me giré hacia él.
—La matasteis. Matasteis a vuestra hija. Seguramente la visteis morir desangrada mientras sujetabais algún viejo pergamino arrugado, con dibujos hechos por chamanes hace quinientos años, chamanes tan zumbados como tú.
—No te atrevas a hablar así —dijo con tono serio en su voz.
Ahí sí le había tocado la fibra—. Si Yelitza pasó el puente cósmico aquella noche fue por un motivo.
Su purificación no era sencilla, requería pasar años junto a sus antepasados, en otro plano diferente al nuestro.
Seguí estudiando antiguos escritos hasta que di con uno que explicaba cómo ejecutar el retorno del puente cósmico.
La vuelta de mi Yelitza, sana, purificada.
—Caminó hasta el centro de la habitación y cogió un pergamino de la mesa de madera.
Se quedó observándolo mientras continuaba con su explicación—.
El puente cósmico tiene trece tramos. Construir cada uno requiere la entrega de una vida purificada. Requiere…
—Asesinar a trece chicas para conseguir que vuelva tu hija. ¿Crees que matándolas a ellas tu hija aparecerá aquí por arte de magia, maldito loco?
—¡Cállate! ¡No subestimes el poder de los dioses aztecas!
Quetzalcóatl , el dios creador, el dios de la vida y la fertilidad, traerá a Yelitza.
Tiene el poder del renacimiento, y el momento es ahora, en septiembre, el mes Teotleco de los mexica, mi pueblo .
El momento es esta noche. Ahora, por diferencia horaria, ya se ha puesto el sol en Tenochtitlán, lo que hoy conocemos por Ciudad de México.
Ya podemos iniciar los sacrificios que nos traerán a Yelitza.
Valeria y Javier por fin podrán conocer a su hermana.
Valeria asentía y sonreía. No me giré para contemplar la sonrisa envuelta en una perilla de quien en esos momentos me apuntaba con un rifle.
—¿Qué ocurrió con tu mujer? ¿Dónde está ella? —le pregunté al doctor.
—Ella no entendió. No comprendió el motivo. —Carraspeó—. Empezó a dudar de nuestros ancestros, de nuestros dioses. Su mente se intoxicó de pensamientos negativos.
—También a ella la mataste.
—Ella no supo interpretar el ritual y… llamar a una ambulancia no era una opción. Vendría la policía y…
—La asesinaste. Puto loco.
—Hay ocasiones en esta vida en la que hay que tomar decisiones importantes. Guadalupe iba a hacer algo que me apartaría de Yelitza para siempre, algo que…
—Estás como un maldito cencerro. —Señalé hacia las camas—. ¿Crees que la policía no acabará dando con vosotros? Personas desaparecidas, asesinadas, familias buscándolas. Antes o después, acabaréis entre rejas. —Me giré hacia él. Lo miré a los ojos—. Y te pudrirás detrás de unos barrotes.
Sonrió y negó con la cabeza.
—No. Llevamos años así y aquí estamos. Los planes bien estudiados y ejecutados, sin fisuras, siempre salen bien.
Soy un psiquiatra reputado, doy conferencias en universidades, trato a pacientes en consulta.
La gente me respeta y me quiere. —Señaló hacia la ventana—.
También tenemos otro negocio, una granja de cerdos.
Son muy comunes en esta provincia, una de las mayores productoras de jamón en España.
¿Sabías que los cerdos lo comen todo, absolutamente todo, sin dejar rastros o huellas que nos puedan implicar?
No me imagino a la policía buscando entre las heces de mis cochinos, tratando de dar con restos de huesos triturados.
Fruncí el ceño. ¿Granja de cerdos? Se refería a ese pabellón enorme que yo había visto a lo lejos, antes de llegar a la casa. Ese loco hacía desaparecer los cadáveres echándolos a los cerdos. Una sensación de asco invadió mi cuerpo.
—No pongas esa cara, hombre —dijo encogiéndose de hombros—. A fin de cuentas, tanto ellas como tú ya no sentiréis nada cuando las mandíbulas de mis «tragapruebas» se cierren machacando vuestros huesos.
Las chicas seguían emitiendo pequeños gemidos y balbuceos, como quien está saliendo de los efectos de una anestesia tras una intervención quirúrgica.
Observé con más detenimiento la mesa de madera con diferentes artilugios sobre ella.
Bisturís, tenazas, pinzas y unos objetos de cerámica negra, brillantes, que desde mi posición no logré identificar.
—Has hablado de placer y de dolor. —Señalé la mesa—. Creo que en tu cabeza de trastornado el concepto de placer está un poco alterado.
El doctor Carlos Tezcatl esbozó una nueva sonrisa en sus labios. Prepotente, irónica, peligrosa.
—Sentirán placer, te lo aseguro. Valeria y Javier se encargarán de eso.
—Hizo un gesto con su cabeza hacia las chicas—.
Antes de entregar sus vidas, ellas serán violadas, sus cuerpos sentirán un éxtasis de placer.
La droga multiplicará ese éxtasis y, en ese momento de expansión física y espiritual, en el momento en que sus corazones bombeen con más fuerza, un afilado cuchillo de obsidiana azteca los atravesará para poner fin a sus vidas.
Volví a observar la mesa. Los objetos negros y brillantes. Cuchillos de obsidiana. Negué con la cabeza. Maldito tarado.
—Sacaremos sus corazones y los echaremos al fuego purificado con peyote y flores de cempoalxóchitl —dijo señalando una vasija de cerámica con lo que me parecieron hierbas secas en su interior—. Esos dos corazones construirán los últimos tramos del puente que atravesará mi Yelitza.
Desvié la mirada hacia la izquierda. En una esquina de la habitación había un trípode con un teléfono móvil acoplado.
—Y vas a grabarlo todo. Tu mente perturbada necesita alimentarse con semejante aberración. —Me giré hacia él—. Para poder verlo una y otra vez. Para regocijarte y excitarte con su sufrimiento, con sus muertes.
Sus ojos se posaron en los míos. Estuvo así varios segundos. La mirada de un loco. No, hasta los locos tienen un límite. La mirada de un asesino. Se colocó las gafas sobre el puente de la nariz y chasqueó la lengua.
—No lo entiendes y, por lo que veo, no lo entenderás.
Pero no te culpo. Algunas personas tenemos un don, un talento natural que ha atravesado generaciones.
Estamos en otro plano, otra dimensión, otra manera de ver las cosas.
—Señaló el teléfono sobre el trípode—. He documentado todos los sacrificios a los dioses aztecas porque lo que ocurrirá esta noche aquí es algo que no se ha visto nunca.
He estudiado este proceso durante años, profundizando en códices con siglos de antigüedad.
Te aseguro que hoy mi Yelitza atravesará el puente cósmico para salir de Mictlán .
Abandonará el inframundo con nuestra ayuda, se alejará de la tiranía de Mictlantecuhtli y Mictecacihuatl , los señores de la muerte.
Se quedó mirándome, como si yo tuviera algo que añadir a semejante estupidez.
—No espero que tú lo entiendas —continuó—, y, si te parece, creo que ya es suficiente con esta explicación. Ahora serás tú quien se reúna con los señores de la muerte, serás tú quien viaje a Mictlán . Y será con nuestra ayuda también.
Javier, el Perillas, me seguía apuntando con el rifle. Poco podía hacer en esa situación. Y aún menos con las manos encadenadas. Desvié la mirada hacia el doctor y me encogí de hombros.
—¿Y qué tienes preparado para mí?
El psiquiatra pirado me sonrió y señaló hacia la ventana.
—Te acompañaré hasta el pabellón. Te dejaré con Luisito. Ernesto está allí ahora, con él, esperándote. Luisito os presentará a los gemelos de Rott, o lo que es lo mismo, a Chip y Chop.
Tengo que reconocer que tenía curiosidad por saber quién o qué diablos eran Chip y Chop.
Tal como funcionaban las cosas en esa casa, bien podían ser dos ardillas mutantes de trescientos kilos, traídas de alguna selva perdida de Méjico.
Después de lo que había visto, ya nada me sorprendería.
Vi al doctor coger la pistola de dardos tranquilizantes que habían utilizado con las chicas.
Le hizo un gesto a su hijo adoptivo bielorruso.
—Vendrás conmigo, llevarás el rifle para que a nuestro invitado no se le ocurra ninguna tontería.
Pero no dispararás hasta que yo te lo ordene, porque si veo algo raro seré yo quien le clave un dardo en primer lugar.
Eso le dejará grogui y le podremos llevar a rastras hasta el pabellón para que Luisito se divierta con él cuando se espabile.
Javier asintió. El doctor se giró hacia mí.
—Anda, camina, sal de la habitación. Yo te iré dando las indicaciones para llegar a nuestra granja. Si corres, eres hombre muerto. Si te giras tratando de hacer alguna tontería, eres hombre muerto.
—¿Dónde está mi gata? —pregunté.
Carlos Tezcatl soltó una carcajada.
—¿Vas a morir en cuestión de minutos y es eso lo que te preocupa? Tranquilo, podrás despedirte de ella. O quizás ella caiga antes que tú. A Chip y Chop les encantan los gatos.