16
Luisito resultó ser un cimarrón de más de dos metros.
Bastante más de dos metros, seguramente llegaba a los dos metros veinte.
Era enorme, y estaba bastante gordo. Calculé que pesaría cerca de doscientos kilos, si no los pasaba.
Lo vi bajar el último tramo de escalones encorvado, para no pegar con la cabeza en el techo del estrecho pasillo que bajaba hasta el sótano.
Traía a Santa en una jaula. Mi corazón se aceleró.
Parecía que mi gata estaba bien, de momento.
Luisito se acercó al doctor y emitió un gruñido.
—Sí, Luisito, este es el hombre que tenía a la gata. Javier se dio cuenta de que no la trataba bien y quiso traértela. Pensó que puede hacerse amiga de los gemelos; seguro que se divierten con ella.
Luisito me miró con cara de pocos amigos.
Ya de por sí tenía una cara grotesca. Identifiqué claramente que Luisito padecía de gigantismo, esa enfermedad que hace que las personas que la sufren crezcan de manera desproporcionada.
La mandíbula, los pómulos y la frente eran exagerados, toscos, prominentes.
Tenía una nariz del tamaño de un puño y los dientes separados.
Sus labios parecían dos morcillas. No dije nada, pero pensé en que quizás la estrategia inteligente sería tratar de irritar a Luisito.
Con esas manos podría arrancar los barrotes de mi jaula como quien aparta los juncos de un arbusto.
Pero no me dio tiempo de azuzar a Luisito, el maldito chamán chiflado seguía con ganas de hablar.
—A Luisito me lo traje de un orfanato de Rumanía. Al pobre no lo quería nadie. Tenía ocho años y ya medía un metro ochenta. Tiene un retraso mental, no puede hablar, pero yo le entiendo.
Eso no me extrañó. No me extrañó que un chamán azteca que estaba como un cencerro pudiera comunicarse a la perfección con un retrasado mental de doscientos kilos. Ya nada me extrañaba en ese puto manicomio perdido en medio del campo.
—Luisito nació con un tumor en la hipófisis —continuó el doctor—, y eso le supuso padecer de acromegalia, un trastorno que supone un crecimiento desmesurado, fuera de lo normal.
Observé a Luisito. En parte me recordaba a un gigante deforme que salía en una película que vi de niño, Los Goonies. Un gigantón con retraso mental que vestía una camiseta de Supermán y que se acababa haciendo amigo de los niños protagonistas de la película.
—Y no solo eso —siguió explicando—, Luisito padece otra enfermedad rara.
Un extraño síndrome que me cautivó. —Hizo una nueva pausa, estudiada, medida, como para crear intriga, como si yo estuviera deleitándome con su actuación digna de una obra de teatro.
Como si a mí me importaran una mierda los trastornos de Luisito—.
Sufre lo que en Medicina se llama analgesia congénita.
Luisito no siente ningún tipo de dolor. ¿No te parece fascinante?
Miré a Luisito. Me gruñó. Santa bufó dentro de la jaula. Estaba asustada, también había sentido que estaba entre locos peligrosos. Me fijé en que ya no tenía su collar. El doctor se dio cuenta. Se llevó la mano al bolsillo de su chaqueta y agitó el collar con el cascabel.
—Eres listo. Localicé el chip que habías puesto en el collar de la gata.
No cabía otra explicación para que hubieras sido capaz de llegar hasta aquí.
Inteligente y precavido, aunque ello signifique que tu viaje acaba aquí, en mi hogar.
Pero siéntete importante, porque pasarás a otro plano cósmico en una noche especial, una noche de muerte y vida.
—¿Quiénes son los gemelos? —le pregunté.
La pregunta lo pilló por sorpresa, porque se quedó con cara de tonto, con el collar en la mano.
—¿Cómo dices?
—Los gemelos que has dicho que se iban a divertir con mi gata. —Desvié mi mirada hacia Luisito—. ¿Visitaste algún otro orfanato de un país perdido hasta encontrar algún engendro de dos cabezas, o algo así? —Volví a mirar al doctor—. ¿Quiénes son los gemelos?
Asintió y soltó una pequeña carcajada. Hizo un gesto con la mano, como quitando importancia.
—Considéralo una sorpresa. Yo los llamo los gemelos de Rott, pero Luisito los llama Chip y Chop, como las ardillas esas de los dibujos animados.
—¿Ese sabe juntar cuatro letras que se entiendan? —pregunté señalando a Luisito, que seguía allí, de pie, moviéndose menos que las columnas de la celda.
—Yo le entiendo. Le he criado durante muchos años, ¿recuerdas? Igual que a Javier y Valeria. Les he criado, alimentado, enseñado, instruido.
—Les has manipulado. Transformados en psicópatas como tú. A tu imagen y semejanza. —Miré a Luisito—. Bueno, más o menos.
En ese momento bajaron por las escaleras la tal Valeria y el tal Javier.
Los mellizos. Me los imaginé en un orfanato de Bielorrusia, juntos, en una cuna andrajosa.
Y me imaginé al psiquiatra tarado con veinticinco años menos, mirándolos y haciéndoles carantoñas, pensando en lo que, con el tiempo, podría convertir a esas dos cositas adorables.
—Ya están preparadas —dijo Javier.
—¿Depiladas y tatuadas? —preguntó el doctor.
Valeria asintió. Miró al chico de la jaula de enfrente, que estaba acurrucado en una esquina, traumatizado desde que se habían llevado a la chica morena. Y luego se giró hacia mí. Sonrió antes de dirigirse a su adorable padre adoptivo.
—¿Qué vamos a hacer con estos?
El doctor me seguía mirando. Comenzó a asentir levemente.
—Ya he pensado lo que podemos hacer. Nuestros invitados tienen derecho a formar parte de una noche especial. —Me señaló—. Aquí, nuestro Hernán Cortés se ha interesado mucho por el bienestar de su gata y quiere saber quiénes son los gemelos de Rott.
Luisito dijo algo, o lo intentó, porque a mí me pareció una secuencia de eructos.
—Sí, tienes razón —respondió el doctor—.
Chip y Chop, es verdad, se llaman Chip y Chop.
—Se giró hacia mí, pero habló para sus hijos—.
Así que he pensado que mientras nosotros completamos aquí los sacrificios de las chicas, ellos pueden ir al pabellón con Luisito.
Ellos pueden ser entregados en sacrificio a los gemelos de Rott.