Su error fue mi gata (Ariel Shemesh) 15
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—¿Qué haces tú aquí? —me preguntó ella sin hacer caso a mi pregunta—. ¿Estabas compinchado con ellos y te han traicionado? Tú estabas allí, tú…

—Yo estaba allí y llegasteis vosotros. Y el loco ese de la perilla se llevó a mi gata. Así que he venido a por ella. —Hice una pausa—. Y no me iré de aquí sin ella.

Escuché al chico de la jaula de enfrente soltar una carcajada. Me giré hacia él, pero no dije nada.

—Dice que se irá de aquí con su gata. Anda, díselo tú, que parece que le conoces —le dijo a la chica de mi derecha—. Dile lo que le espera aquí entre esos psicópatas asesinos.

—Nos van a matar —me anunció la chica. Se puso a llorar y continuó con voz temblorosa—.

Nos han secuestrado para una especie de sacrificio.

El hombre del traje me lo explicó, pero no entendí la mitad de lo que dijo.

Necesita chicas para traer de vuelta a una tal Yelitza.

Quiere matarnos a modo de sacrificio, para que ella vuelva de entre los muertos.

No dije nada. No tenía mucho interés en cuentos de tarados. Entonces fue la chica de la jaula de enfrente la que habló.

—Yelitza es su hija muerta. Y ese loco, basándose en un antiguo ritual azteca, cree que cuando se cumpla el decimotercer sacrificio a no sé qué dioses, el puente cósmico entre dos mundos estará completo y podrá ver a su hija.

Tampoco respondí. Me encogí de hombros y me puse a observar e investigar lo que a mí me interesaba.

Agarré los barrotes y comprobé su solidez.

Eran robustos y firmes, imposible salir de allí doblando o desencajando alguno.

Me fijé en la cerradura. Era antigua, de esas que se abren con llaves de hierro de diez centímetros, tan antiguas como el propio caserón.

Me llevé la mano al bolsillo con velcro de mi pantalón.

Lo abrí y cogí la navaja. Desplegué las ganzúas bajo la atenta mirada de mis compañeros de celda.

Me arrodillé y comencé a introducir las ganzúas.

No era un tipo de cerradura apta para mi herramienta, pero tenía que intentarlo. Escuché moverse al chico en su jaula.

—¿Qué…? ¿Qué haces?

—Intentar salir de aquí para buscar a mi gat…

Callé cuando escuché una puerta y unos pasos por las escaleras.

Escondí la navaja y me eché hacia atrás.

Cuando el hombre de traje y gafas llegó al último escalón, yo ya estaba sentado, con mi espalda contra la pared de piedra.

Venía sonriendo, para variar, y traía un pequeño taburete que colocó frente a mi jaula.

Se sentó y se quedó mirándome, sin decir nada.

Unos segundos después, bajaron por las escaleras el de la perilla y la chica.

Ya se había reunido de nuevo el trío de zumbados.

El de la perilla llevaba una especie de pistola, con el cañón muy largo.

Me recordó a las armas que se usan en pesca submarina.

—¿Las subimos y las vamos preparando? —preguntó la chica.

El hombre del traje asintió sin decir nada.

Y entonces fue cuando el de la perilla se acercó a la jaula de la chica morena de pelo rizado, metió el largo cañón entre los barrotes y disparó.

No hubo detonación. Me fijé en que un dardo se había clavado en el muslo de la chica.

Ella gritó, pero en cuestión de segundos comenzó a desmayarse.

La otra chica, la de mi derecha, comenzó a gritar, a llorar como una loca.

Pero el Perillas no le dejó tiempo para mucho más.

Se acercó e hizo lo mismo. A ella el dardo se le clavó en la espalda, porque se había hecho un ovillo en una esquina de su jaula, pero el resultado fue el mismo.

En unos pocos segundos estaba desplomada en el suelo.

El chico de la jaula se puso a gritar como un loco, a insultarles llamándoles de todo.

Pero cuando abrieron la jaula de la joven de pelo rizado, que intuí que era su pareja, pasó del grito al llanto y a suplicarles que no le hicieran nada.

Cuando se la llevaron de la celda esa pareja de locos, el chico de la jaula lloraba desconsolado, de rodillas, con la cabeza entre las manos.

Solo era capaz de decir entre lamentos: «por favor, por favor».

Yo me quedé mirando la escena sin inmutarme.

Sabía que tenía la mirada del hombre del traje puesta en mí.

Ese loco quería ver cómo reaccionaba a lo que allí estaba ocurriendo.

Seguí en silencio. Volvieron a bajar cinco minutos después para llevarse a la otra chica.

Un momento después desaparecieron por las escaleras, cargando con ella entre los dos, agarrándola por las axilas y los muslos.

El Gafas seguía mirándome. Amplió su sonrisa antes de empezar a hablar.

—¿Cómo te llamas? Permíteme que te tutee, ¿vale?

Creo que eso facilitará la confianza en nuestra relación.

Creo que eres un tanto especial, y tengo mucha curiosidad por saber de ti.

Mi instinto y mi experiencia me dice que eres muy inteligente.

—Hizo una pausa. Otra sonrisa—. Has sido capaz de seguirles, de llegar hasta aquí.

Y me llama mucho la atención que, aparentemente, no parece que tengas miedo.

Estás en un lugar desconocido, en una jaula con grilletes, y das la sensación de estar tan tranquilo como en el salón de tu casa.

No respondí. Me limité a mantenerle la mirada.

—Vale, tienes razón, es un tanto descortés por mi parte exigirte presentaciones sin haberlo hecho yo primero. —Hizo una pausa y se colocó las gafas en el puente de la nariz—. Me llamo Carlos Tezcatl y soy psiquiatra.

Alcé una ceja. ¿Psiquiatra había dicho? Quien necesitaba un psiquiatra, y urgente, era él.

—Tengo una consulta médica en Salamanca y, digamos que tengo un nombre, una reputación, entre los colegas de mi profesión.

Aunque nací en Madrid, toda mi ascendencia es mejicana.

Mis padres emigraron y yo vine al mundo aquí, en España, por pura casualidad.

Pero por mis venas corre pura sangre azteca.

Yo sí me había dado cuenta de que tenía esos rasgos indios propios de poblaciones de Centroamérica o Sudamérica, pero no estaba muy puesto en estudios antropológicos.

No sabía decir si sus antepasados con túnica y plumas habían sido mayas, aztecas o incas.

Lo único que sabía era que ese fulano estaba como una cabra.

—Mi apellido, que se ha mantenido con el paso de los siglos, significa «espejo» en nuestro idioma nativo, el náhuatl, y está relacionado con el dios Tezcatlipoca.

Mi cara de circunstancias pareció resultarle divertida porque de nuevo pude ver cómo se ampliaba la sonrisa de su cara.

—Ese dios —continuó—, omnipresente y omnipotente, capaz de revelar el destino y el futuro, está relacionado con la noche, la hechicería y la providencia. Encarna la dualidad de la vida y la muerte, y se le asocia con el rumbo del norte, con el lugar de los muertos en la cosmovisión azteca.

Si esperaba alguna reacción por mi parte, a modo de aplausos por la lección de historia mejicana o algo así, no la encontró. Seguí mirándole sin inmutarme.

—Toda la línea genealógica masculina en mi familia ha estado formada por chamanes.

Hombres con capacidades especiales para conectar con nuestros dioses aztecas.

Y yo soy uno más. —Hizo una pausa y alzó el dedo índice de su mano derecha, como para recalcar algo importante—.

Por mis circunstancias, aquí en España estudié Medicina y me especialicé en Psiquiatría, cum laude , por cierto.

No reniego de la ciencia, pero hay cosas que la ciencia no puede explicar.

Hay elementos ancestrales a cuyo entendimiento solo podemos acceder unos pocos, los que tenemos ese don, los que hemos heredado esa habilidad para conectar con deidades, con otros planos del cosmos.

Se mantuvo unos momentos en silencio, supuse que para ver si yo quería decir algo. Pero yo no estaba en ningún aula, yo no había levantado la mano y a mí no me interesaban sus desvaríos de psicópata tarado.

—Mira —me dijo como quien habla con un niño pequeño—, te estoy explicando todo esto para que puedas entender por qué hago lo que hago, para que entiendas lo que va a ocurrir con las chicas. —Hizo una pausa—. Y con vosotros. ¿No tienes nada que decir? ¿Nada que preguntarme?

Asentí. Decidí incorporarme a su diálogo, pero llevándolo hacia el mundo de las personas normales. Necesitaba información que realmente me interesaba.

—¿Dónde está mi gata?

Alzó las cejas y me deleitó con una nueva sonrisa de su repertorio.

—Bien, eso vendrá después, pero ya que te has decidido a hablar, conversemos como dos personas civilizadas. Empecemos por el principio. ¿Cómo te llamas?

—Hernán Cortés —contesté desafiante.

El psiquiatra, chamán, o lo que fuera, me miró con gesto serio por unos instantes, pero después soltó una carcajada.

—¿Dónde está mi gata? —volví a preguntar.

—Me gustas. Directo y al grano. No te culpo, en realidad has venido aquí por eso. Estás aquí encerrado por culpa de tu gata.

—Estoy aquí encerrado por culpa del imbécil de la perilla al que se le ocurrió la brillante idea de robarme la gata.

—Mi hijo, Javier, sí, lo reconozco, es demasiado impulsivo, y eso a veces trae consecuencias indeseadas. —Hizo una mueca—. Menos mal que mi Valeria está ahí para controlarlo un poco. Ella es el cerebro de ese equipo.

—¿Tus hijos? Pues no sé cómo será la madre, porque sus rasgos tienen de aztecas lo que mi culo tiene de vikingo. No parece que Javier Robagatos haya heredado algún don, aparte de la imbecilidad profunda. Parece que al chamanismo de tu árbol genealógico le han podado esa rama.

Yo había optado por la estrategia de tratar de irritarlo, de subestimarlo e insultar a su intelecto para ver si en un ataque de ira ese loco se acercaba demasiado a los barrotes de mi jaula.

Yo buscaba eso para, con un gesto rápido, abalanzándome con mi navaja, poder hincarla en su yugular y hacerme con la llave del candado que seguro guardaba en algún bolsillo.

Pero el Gafas siguió sentado en su taburete. Con su puta sonrisa prepotente.

—¿Lo ves? Eres listo y observador. Efectivamente no son hijos naturales míos, son adoptados.

Me los traje de un orfanato en Bielorrusia cuando tenían tres añitos.

Son mellizos. Yo estaba allí formando parte de un equipo de médicos españoles, haciendo un trabajo de investigación del impacto psicológico de la ausencia de padres en niños huérfanos.

—Los podrías haber dejado allí. Seguramente hoy serían gente normal, sin taras.

—Muy gracioso —dijo sin alterarse lo más mínimo.

Mi estrategia no parecía estar funcionando de momento. Miré hacia la izquierda cuando escuché la puerta y el sonido de unas fuertes pisadas bajando por las escaleras de piedra.

—Pues mira, hablando de taras —continuó el Gafas—, te voy a presentar a mi otro hijo, a Luisito.

Estaba en el pabellón, pero le he llamado para que se acerque a conocerte y para que puedas ver a tu gata.

—Otra vez su puta sonrisa—. Bueno, técnicamente ya no es tu gata, es de Luisito.

Javier se la trajo a modo de regalo. A Luisito le encantan los animales.

Un momento después, Luisito hacía acto de presencia en la celda. Y reconozco que me sorprendió. Era la guinda del pastel en esa jodida casa de locos.