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—Le vamos a pedir que pase a nuestro hogar, caballero.
Esto no estaba preparado, incluso diría que es un ligero contratiempo —dijo mientras lanzaba una mirada asesina al de la perilla—, pero seguro que se me ocurre algo interesante para hacer con usted.
—Su sonrisa se amplió—. Esta noche es una noche muy especial.
No dije nada. No había mucho que decir. Había topado con unos locos. Unos tipos que se dedicaban a robar gatos y a amenazar a sus dueños con rifles. El Perillas me hizo un gesto con el rifle.
—Pasa campeón, entra y sigue a mi papi. Yo iré detrás de ti, apuntando con esta preciosidad a tu cabeza. Tú haz algún gesto raro e imprudente y yo te vuelo los sesos.
Noté cómo se tensaba mi mandíbula. Le mantuve la mirada al pasar a su lado.
Me hubiera gustado borrarle la sonrisa de la boca de un buen guantazo, pero pensé que un loco con un rifle en la mano, apuntándome a la cabeza en una casa perdida en medio del campo no era una buena combinación para mis intereses.
Seguí al tipo del traje, al que el Perillas había llamado «papi».
Me condujo por varias estancias de la casa hasta llegar a lo que parecía la puerta de una bodega.
El acceso era estrecho, un pasillo que descendía por unas irregulares e incómodas escaleras.
Las bajamos y me encontré con una estancia húmeda y oscura, solo iluminada por una escuálida bombilla que colgaba de un cable del techo.
No era una bodega. Quizás en el pasado lo había sido.
Lo que vi me recordó más a una celda, a una siniestra mazmorra que podría pertenecer a un castillo o fortaleza medieval.
La estancia estaba dividida en cuatro compartimentos, a modo de jaulas.
Dos a cada lado. Cada jaula estaba separada de la adyacente por barrotes.
Vi que había personas en esas jaulas. Personas encadenadas.
Dos a la izquierda, un hombre y una mujer, y una a la derecha.
Entrecerré los ojos al reconocer a una de las chicas que el Perillas había llevado a su autocaravana.
Giré mi cabeza para mirar a la otra chica.
No era la misma, no era la que acompañaba en Lantadilla a la que estaba encadenada en la otra jaula.
El hombre del traje abrió la jaula vacía con una llave y me hizo un gesto para que pasara.
—Espero que se sienta como en su casa, caballero. Pase usted primero, yo le ayudaré con los grilletes.
Miré los grilletes que había en el irregular suelo de piedra. Estaban en unas cadenas que salían de una gruesa argolla de la pared. Me giré levemente para mirar al Perillas. Seguía apuntándome, seguía con la maldita sonrisa en su cara.
—Ni se te ocurra. Te recomiendo grilletes —me dijo—. Es menos sangriento.
Suspiré y dejé que su papi me pusiera los grilletes. Uno en una muñeca y, el otro, algo más grande, en un tobillo.
El tipo del traje salió y cerró la jaula con llave. Se quedó observándome, como fascinado.
—¿Cómo has sabido que la gata estaba aquí? ¿Cómo has dado con este lugar?
No respondí. Me quedé mirándole a los ojos. Si alguien tenía que dar explicaciones, ese alguien era él. ¿Por qué se habían llevado a mi gata? ¿Qué hacían ahí esas personas encadenadas? ¿Qué era eso que había dicho de que esa noche iba a ser especial?
En ese momento, una persona bajó por las escaleras y se puso al lado del Perillas y del Gafas. Fruncí el ceño. Esa sí era la chica que acompañaba a la que estaba encerrada en la jaula de mi derecha.
—¿Quién ha llamado al timbre? Estaba arriba y… —comenzó a decir cuando se dio cuenta de mi presencia. Sonrió. Se ve que la sonrisa fácil era algo común en esa casa de locos—. No me jodas. Es él, joder, el del puto gato, el de la furgoneta. ¿Cómo cojones ha llegado hasta aquí?
—Bueno, basta ya, seré yo quien tenga una conversación con nuestro invitado sorpresa —dijo el Gafas, que estaba claro que era quien manejaba todo aquello. Miró a la chica—. ¿Está ya todo organizado?
Ella asintió con la cabeza. El hombre consultó su reloj. Un reloj caro, de oro y brillantes.
—Son las dos y cuarto. Faltan veinticinco minutos para la puesta de sol allí.
Vamos a subir los tres a la habitación. Quiero comprobar que todo está en orden para daros las instrucciones.
Bajaremos aquí dentro de diez minutos. Vosotros para subir a las chicas, para prepararlas.
—Se giró hacia mí—. Y yo para tener esa conversación con este caballero tan enigmático.
Los vi subir por las escaleras. ¿Qué había dicho ese hombre sobre una puesta de sol?
¿Qué habían organizado en esa habitación?
Se había vuelto hacia las chicas, había comentado que debían prepararlas.
Me giré hacia la jaula de mi derecha. La chica que había visto en Lantadilla me estaba mirando fijamente, sin dar crédito a lo que veían sus ojos.
Vi que me quería decir algo, pero no le salían las palabras. Fui yo quien habló primero:
—¿Has visto por aquí a mi gata?