13
Miré el reloj del salpicadero. Las dos de la madrugada.
Había recorrido los casi trescientos kilómetros en poco más de dos horas y media, a una velocidad que en algunos tramos había sido incluso poco prudencial.
Hacía casi una hora que había pasado la ciudad de Salamanca y estaba a menos de cinco kilómetros del lugar donde el punto azul seguía parpadeando en la pantalla del dispositivo de localización.
En cuestión de minutos llegué a una pequeña población llamada El Maíllo que, por su tamaño, calculé que no llegaría ni a los trescientos habitantes.
Pero el punto parpadeante no estaba en la misma localidad, sino en las afueras, a unos tres kilómetros atravesando una estrecha pista de grava.
Seguí conduciendo, y al llegar a una intersección paré para volver a mirar la pantalla del dispositivo.
Decidí tomar el camino de la derecha, y después de recorrer unos doscientos metros por un terreno repleto de surcos y baches, tuve que parar.
Había una verja metálica que impedía el paso.
Tenía un candado. En un pequeño cartel clavado en una estaca se podía leer: «No pasar. Propiedad particular».
Me bajé de la furgoneta e inspeccioné el terreno con la linterna.
Pude apreciar rodadas profundas allí donde la tierra estaba más húmeda.
Provocadas por un vehículo de mucho peso.
Una autocaravana. Me llevé la mano a un bolsillo del pantalón, despegué el velcro y saqué la navaja.
Tenía mucho cariño a esa navaja, me había acompañado durante años.
Me la regaló mi padre cuando yo solo era un chaval, con un juego desplegable de ganzúas que había utilizado en numerosas ocasiones.
Y esta iba a ser una más. A pesar de que la luna llena iluminaba bastante bien el terreno, esa luz era insuficiente para abrir el candado.
Me coloqué el frontal y me puse manos a la obra.
En menos de un minuto el viejo candado había claudicado y abrí las puertas de la verja metálica.
Monté en la furgoneta y apagué las luces para no delatar mi presencia mientras me acercaba al lugar donde tenían a Santa.
Comencé a conducir por un sendero arcilloso que atravesaba un paraje natural típico de las dehesas de esa región.
Avancé a una velocidad muy reducida durante más o menos medio kilómetro, cruzándome con varias sombras que identifiqué como venados, algún jabalí y un par de raposas.
Cuando divisé lo que parecían luces en una casona, a unos trescientos metros de mi posición, aparqué la furgoneta junto a un árbol.
No quería que el ruido del motor alertase al tipo de la perilla.
Quería llamar a la puerta a esas horas y que fuese una sorpresa, pillarlo in fraganti .
Quería ver su cara cuando me reconociera, mirarle a los ojos y darle su merecido, por pasarse de listo.
Nadie me roba mi gata y sale de rositas.
Mientras caminaba pensé en que debía controlarme, no dejarme llevar por los impulsos, por el torrente de adrenalina que fluía con fuerza por mis venas.
Necesitaba una buena dosis de autocontrol para no superar ciertos límites.
Me dije que quizás con romperle todos los dedos de una mano sería suficiente.
¿No cortaban una mano a los ladrones en algunos países islámicos?
Había leído algo así de países como Arabia Saudí y Afganistán.
Bromeé mentalmente con la idea de convertirme al islam durante unos minutos para hacer papilla los huesos de la mano del Perillas.
Lo haría «religiosamente», sin dejarme ni un solo hueso.
Cuando estaba cerca del caserón, divisé lo que me pareció una especie de pabellón, a unos doscientos metros de la casa.
Supuse que tendrían ganado, vacas o caballos, pero me extrañó ver alguna luz encendida a esas horas de la madrugada.
Iba a resultar que el Perillas era un tipo de lo más extraño.
Bueno, primero probaría en la casa, y si no salía el fulano, ya me acercaría al pabellón.
Igual se le había ocurrido llevar a Santa para presentarla a todas sus vacas, ovejas, o lo que guardase allí.
El edificio era una casa de piedra, antigua, grande y robusta, de esas que se construían décadas atrás para que acabase viviendo ahí toda la familia, seguramente con siete u ocho estancias.
No vi luz en la planta baja, pero sí en una de las ventanas del primer piso.
Quizás la madre o el padre del Perillas tenía insomnio.
Quizás alguien se había levantado para ir al baño.
Vi la autocaravana aparcada junto a la casona.
Me paré en seco y fruncí el ceño. No era la matrícula que había visto en Lantadilla, de eso estaba seguro.
Pero sí era la misma autocaravana. Una pequeña abolladura y unos arañazos en el lateral izquierdo me lo confirmaron.
Además, el dispositivo de localización del chip que había instalado en el collar de Santa había marcado con precisión esa ubicación.
Era ese lugar, era esa finca, de eso no me cabía la menor duda.
Caminé hasta la puerta y llamé al timbre.
Si por casualidad me abría la puerta un anciano o anciana, le diría educadamente que quería hablar con el dueño de la autocaravana, un joven de unos veinticinco años, con perilla.
Si resulta que quien abría la puerta era el Perillas, mi primera reacción sería un sopapo con la mano abierta que le iba a dejar mis dedos marcados hasta Navidad.
Y después me convertiría al islam. Cinco minutos.
No necesitaría más. Y cuando su mano tuviese el grosor del papel de fumar le preguntaría, educadamente, si me podía devolver a mi gata.
Y vuelta a la furgoneta para perder de vista esa casa, esa autocaravana y la jeta del Perillas.
Pero ni me abrió la puerta una anciana ni lo hizo el Perillas.
Tenía delante de mí a un hombre de unos sesenta años, con el pelo canoso y peinado hacia un lado, estilo años setenta.
Usaba gafas y vestía un traje oscuro y camisa blanca.
Una dentadura igual de blanca que su camisa me dio una extraña bienvenida a esas horas de la madrugada.
—Hola caballero, ¿en qué le puedo ayudar?
Me quedé unos segundos en silencio, como aturdido, sin reaccionar.
No me esperaba encontrarme a un tipo así, a esas horas, vestido como quien sale de una oficina, y menos saludarme amablemente como si yo le estuviera haciendo un favor por importunarle a las dos de la madrugada.
El tipo seguía sonriendo, esperando mi respuesta.
—Vengo a por mi gata. El chico que conduce esa autocaravana la ha traído aquí. —Entonces fui yo quien sacó una sonrisa, pero de las irónicas y peligrosas, de las que no auguran nada bueno—. Después de forzar la puerta de mi furgoneta y pinchar una rueda.
El hombre mantuvo su sonrisa unos segundos más. Estaba resultando que el Gafas empezaba a caerme casi tan mal como el Perillas.
—¿Esa autocaravana, dice? —Elevó una ceja y se colocó, con el dedo anular, las gafas sobre el puente de la nariz—. Disculpe, pero creo que es un error.
—No es un error. Esa es la autocaravana. Y en esta casa está mi gata.
Mi tono era seco, decidido, confiado.
—¿Cuándo le ha ocurrido lo de la gata?
Suspiré. ¿Ese tipo estaba mareando la perdiz?
—En algún momento entre las cinco y las siete de la tarde. No me haga perder el tiempo. Ni la paciencia.
El hombre no se inmutó con mis palabras. Volvió a sacar una sonrisa y negó con la cabeza.
—Eso es imposible. Se confunde usted. Esta autocaravana lleva aquí más de diez días aparcada. Seguramente habrá sido otra parecida y usted la ha confundido con esta.
Suspiré de nuevo. Esta vez con más intensidad. El Gafas me estaba mintiendo. Con sorna, con alevosía. Y mi adrenalina volvía a circular sobrepasando la velocidad permitida en mi torrente sanguíneo. Algo me decía que ese hombre también estaba comprando sus boletos para el sopapo de Navidad.
—Es esta autocaravana. Y no voy a discutir más. Mi gata está aquí. Y si no avisa ahora mismo al fulano de la perilla, sea su hijo, su sobrino o su amante, voy a entrar a sacarlo de la cama, a rastras si hace falta, y le aseguro que me iré de aquí con mi gata.
De repente, sonó una voz a espaldas del Gafas.
—Aparta, papi. Ese hombre tiene razón. Deberíamos darle lo que es suyo. Ha llegado hasta aquí. Se lo merece.
El hombre del traje se apartó. Y vi al Perillas. Todavía con sus pantalones cortos y su camiseta roja. Me miraba, sonriendo. Y apuntándome al pecho con un rifle.