12
Guardaron silencio cuando escucharon abrirse una puerta y el sonido de unos pasos por las escaleras.
—Ahí vienen —dijo la chica morena.
Natalie la vio echarse hacia atrás en su jaula hasta apoyarse en la pared. Ella no se movió, estaba paralizada. Cuando vio aparecer a Leire se incorporó y se acercó a los barrotes.
—¡Leire! ¿Qué es esto? Diles que es un error, por favor, Leire, tenéis que dejarme salir, tengo que volver a casa.
Valeria se paró en el último escalón y sonrió. Se giró para hablar con alguien. Natalie escuchó más pasos bajando por las escaleras.
—Papi, ¿qué te parece el nombre de Leire? ¿No crees que es bonito?
Detrás de Valeria apareció un hombre alto, canoso, con gafas. Vestía pantalón y chaqueta de traje, y una camisa blanca impoluta, con el botón superior desabrochado.
—No digo que no sea bonito —contestó con una sonrisa—. Pero me quedo con Valeria.
—Papi, tú siempre tan caballeroso.
El hombre hizo un gesto con su cabeza, señalando en dirección a la jaula de Natalie.
—Parece que nuestra invitada ha despertado. ¿Por qué no me la presentas?
Caminaron hasta situarse frente a la jaula de Natalie. Valeria mostró una sonrisa antes de hablar.
—Espero que estés cómoda, Natalie. Siempre intentamos que nuestras invitadas se sientan como en su casa. —Le guiñó un ojo—. Aunque creo que en este caso la estancia me imagino que no se parece mucho a la habitación que tendrás en tu mansión mallorquina. ¿Me equivoco?
—¡Leire, por favor! ¡Por favor! Somos amigas, tienes que parar esto. Es una locura, un error… —Natalie comenzó a llorar. Valeria se acercó a los barrotes y la miró a los ojos.
—No soy Leire, nena, me llamo Valeria. Tampoco soy de Madrid, ni tengo amigos madrileños. Javier es mi hermano y aquí está papi —hizo un gesto hacia el doctor Tezcatl—. Tienes derecho a saberlo todo antes de que llegue el momento.
Natalie vio cómo el hombre alto, el padre de la que de repente se llamaba Valeria, se acercaba a la jaula. Ella dio un paso atrás, la mirada de ese hombre la intimidaba. Estaba aterrorizada.
—Hola, Natalie, soy el doctor Tezcatl, encantado de conocerte. Mi hijo Javier está preparándolo todo arriba, en la primera planta, acondicionando la habitación donde tendrá lugar el acto.
En ese momento se escuchó el sonido de unas cadenas moverse, unas manos chocando con violencia contra unos barrotes. Natalie vio que era el chico, el que había estado prácticamente sin moverse, en un estado catatónico o de desesperación total.
—¡Puto loco! ¡Déjanos salir, hijo de puta!
Los gritos impactaron a Natalie, pero más lo hizo la ausencia de reacción del hombre. Él siguió contemplándola, sin inmutarse, con una ligera sonrisa en sus labios.
—Ahora voy a explicarte lo que va a ocurrir en esa habitación, Natalie.
—Señaló con su mano hacia atrás, sin girarse, a la jaula donde estaba la chica morena—.
Ella es la número doce, pero tú eres la número trece, nuestro último tramo del puente cósmico.
Gracias a vosotras, pero especialmente gracias a ti, volveré a ver a Yelitza.