11
Natalie se despertó con un tremendo dolor de cabeza.
Tenía la boca seca y una sensación alarmante de sed, como si se hubiese despertado de la peor resaca de su vida.
Pero no había sido una resaca. No, el brindis con Leire y Dani, el vino.
¿Qué llevaba ese vino? Cerró los ojos y los volvió a abrir, tratando de enfocar la vista.
Se encontró tumbada en un frío y húmedo suelo de piedra irregular.
Le dolía la espalda. ¿Cuánto tiempo había estado así?
¿Dónde estaba? Su cerebro no era capaz de entender esa nueva situación.
Intentó incorporarse, y al hacerlo escuchó un ruido metálico.
Se quedó sentada en el suelo y se giró. ¿Una cadena?
Se miró la muñeca. Tenía un grillete de hierro.
Al mover un pie y escuchar nuevamente un sonido metálico, comprobó que uno de sus tobillos también tenía otro grillete.
Siguió con su mirada el recorrido de esas cadenas y vio que acababan en dos gruesas argollas, en una pared de piedra que estaba a sus espaldas.
La habían encadenado. Su corazón empezó a latir con más fuerza y una sensación de miedo irracional invadió su cuerpo.
Observó las rejas que la rodeaban. Estaba metida en una jaula.
La habían encerrado en lo que parecía una especie de celda.
—No, Dios mío, no, por favor. ¿Dónde estoy? ¿Qué hago aquí? —dijo entre susurros.
Una voz femenina la sobresaltó.
—Ya has despertado. A ti también te han secuestrado.
Natalie se quedó observando sin decir nada.
Justo enfrente de su celda, había otra igual.
La chica que le estaba hablando era morena, con el pelo muy rizado y unos ojos azules que llamaban la atención.
Era joven y guapa, pero su aspecto era lamentable.
Ojeras, ojos llorosos e hinchados, labios agrietados y la cara sucia por la mezcla de suciedad y de lágrimas que habían surcado su rostro.
Natalie calculó que tendría entre veinticinco y treinta años, aunque el aspecto sucio y desaliñado le hacía aparentar unos cuantos más.
—¿Te han raptado en la Ruta de la Plata? —continuó la chica.
Natalie observó que también estaba encadenada. Negó con la cabeza. Sus ojos ya se estaban llenando de lágrimas.
—Estaba haciendo el Camino de Santiago. —Se acercó a los barrotes y miró por la estancia.
Había otra jaula contigua a la suya, pero estaba vacía.
Y también otra más, junto a la de la chica morena.
Esa celda estaba ocupada por un chico, en ese momento sentado, con la espalda apoyada contra la pared y los ojos cerrados.
Volvió a fijarse en la jaula que tenía a su lado, la única que estaba vacía—.
¿Y mi amiga? ¿No han traído aquí a otra chica? Se llama Leire, íbamos juntas y…
—¿Una chica morena, de media melena y con un piercing en la nariz?
Natalie asintió.
—¡Sí, ella! ¡Leire! ¿La has visto? ¿También la han…?
—No hay ninguna Leire. Se llama Valeria y es quien te ha engañado.
Se hizo amiga tuya durante el recorrido, ¿verdad?
—Suspiró—. En nuestro caso se llamaba Laura, y el chico de la autocaravana, Ramón.
A ella la conocimos haciendo la Ruta de la Plata.
Después de tres etapas apareció el tal Ramón, supuestamente un amigo, pero realmente son hermanos. Él la llama «hermanita».
Natalie comenzó a palidecer. Un engaño para secuestrarla.
Sintió una angustia creciente en su pecho, que subía hacia su garganta.
Le costaba respirar, pensó que estaba teniendo un ataque de pánico.
Quiso gritar, pero no pudo. Se tocó los bolsillos de sus pantalones.
¿Y su móvil? No tenía el móvil, se lo habían quitado.
Pensó en sus padres. Estarían preocupados.
Las lágrimas ya descendían por sus mejillas.
—¿Cuántos…? ¿Cuántos días lleváis…? —consiguió decir entre sollozos.
—Dieciséis días —respondió la chica—. Pero creo que esto acabará pronto, muy pronto.
—¿Pronto? ¿A qué te refieres? ¿Por qué dices…?
—Bajará a explicártelo. Lo hizo con nosotros. Él quiere chicas. Necesita chicas. —Se giró hacia el chico de la jaula de al lado—. A mi novio lo llamó «accesorio inservible y desechable».
La chica morena hablaba en un tono autómata, carente de emociones. Como quien ha perdido toda esperanza y se ha resignado por completo a su destino. Como quien ha llorado todo lo que tenía que llorar y ya no le quedan más fuerzas para resistir, solo la esperanza de que todo acabe pronto.
—No entiendo, no… —balbuceó Natalie.
—Yo soy su víctima número doce. Nos dijo que con la número trece acabaría todo. Habló de terminar un puente. —Hizo una pausa—. Un puente al más allá.
—¿Él? ¿Quién es él? ¿Víctima número trece? ¿Puente al más allá? —Natalie negaba con la cabeza. Sus labios temblaban y sus palabras salían atropelladas y confusas—. ¿Qué significa? ¿Qué…?
El chico de la jaula abrió los ojos y habló por primera vez, con voz clara y contundente:
—Van a matarnos.