Su error fue mi gata (Ariel Shemesh) 10
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Eran las once menos diez de la noche. Javier esperó a que Valeria abriera la ancha puerta metálica que daba acceso a la enorme finca.

Ella volvió a cerrar, puso el candado y subió de nuevo a la autocaravana.

Condujeron los ochocientos metros que llevaban desde la entrada de la finca hasta la casona principal.

—Hace una noche perfecta. ¿Te has fijado en lo preciosa que está la luna llena? Se puede conducir perfectamente sin luces.

—Sí. —Valeria observaba el cielo—. Hoy la luna desprende un brillo especial. Como si supiera lo que está por venir. —Se giró para mirar a la puerta de la habitación de la autocaravana donde tenían a Natalie—. Ella es la llave, el último peldaño, la número trece.

—Venga, vamos. —Javier apagó el motor y avanzó por el estrecho pasillo de la autocaravana. Abrió la puerta—. Mírala, ahí dormida, con esa carita angelical. ¿A quién crees que le tocará ella?

—Ella es para mí. Hemos conectado estos días. Papi me la dará a mí.

Javier se encogió de hombros.

—Bueno, la otra también me sirve. También es una chica preciosa. —Señaló con su barbilla hacia Natalie—. Quizás no tanto como esta, pero disfrutaré igualmente. —Se giró hacia Valeria—. ¿Y el chico? ¿Qué crees que decidirá papi con el chico?

Ella se encogió de hombros

—No sirve para construir el puente, y papi no va a querer tenerlo en casa ni un minuto más. Ese pobre diablo tampoco verá la luz del sol. Supongo que papi querrá darle su rato de diversión a Luisito. Es una noche especial, él también se lo merece.

Javier asintió y después se llevó una mano a la frente.

—Joder, hablando de Luisito, ¡el gato!

—Espera, no lo saques todavía, déjalo encerrado en el baño. Me suena que tenemos alguna jaula de conejos en el desván. Eso servirá para meterlo y evitar arañazos innecesarios. Primero tenemos que sacar de aquí a nuestra bella durmiente.

Javier llevó a Natalie en brazos hasta la puerta de la casona. Valeria llamó al timbre. Unos segundos después, la puerta se abrió.

—Papi, misión cumplida. De nuevo. —Hizo un gesto hacia Natalie—. La definitiva.

El doctor Tezcatl miró a Natalie. Una ligera sonrisa apareció en sus labios. Después observó la autocaravana.

—Todo ha ido bien, sin incidentes. Hemos cambiado las placas —comentó Javier.

El doctor asintió sin decir nada.

—Bueno —dijo Valeria—, todo ha ido bien, pero a Javier se le metió en la cabeza traerle un regalito a Luis. —Señaló hacia la autocaravana—. Hay un gato blanco encerrado en el baño.

—¿Un gato? ¿Para Luisito? ¿A santo de qué? —preguntó el doctor Tezcatl mirando con gesto serio a Javier.

—Pensé que…

—¡Pensaste, pensaste! ¿Mencioné algo yo sobre traer esta vez un gato?

—No, pero… —comenzó a decir Javier mirando al suelo.

—Exacto, no. No dije nada porque no necesito ningún gato.

—Pensé que quizás a Luisito le haría ilusión, que él y los gemelos podrían divertirse un rato. Pensé que…

—Pensaste demasiado. Y no me gusta cuando piensas demasiado. Si necesito que alguien piense —señaló a Valeria—, prefiero que sea tu hermana.

—Lo siento. No volverá a ocurrir.

—Desde luego que no. ¿Dónde cogiste el gato?

—Yo… —comenzó a decir Javier, pero las palabras no le salían.

—Se lo robó a un tipo que tenía su furgoneta aparcada junto a nuestra autocaravana —le informó Valeria.

—¿Cómo? ¿Se lo has robado a alguien que podría denunciarlo? ¡Mírame cuando te hablo!

—Sí, pero no nos vio, lo juro, él no estaba cuando me lo llevé. —Miró a su hermana buscando apoyo. —¿Verdad, Valeria?

—Sí, eso es verdad. —Valeria puso los ojos en blanco, cansada de tener que sacarle continuamente las castañas del fuego al impulsivo de su hermano—.

Es imposible que pueda dar con el gato, aunque lo denuncie.

Incluso aunque hubiera memorizado nuestra matrícula, eran las placas falsas.

Déjalo, papi. Regálaselo a Luisito y disfrutemos del momento. Por fin traemos a la número trece.

El doctor Tezcatl suspiró y, tras mantener su gesto serio unos instantes más mirando a su hijo, asintió dejando ver una media sonrisa en sus labios. En ese momento Natalie soltaba un pequeño gemido, todavía en los brazos de Javier.

—Se está despertando —dijo el doctor—. Bajadla al sótano, con los otros dos. Ponedla enfrente de Susana, quiero que se vean entre sí, que hablen, que se conozcan.

—Perfecto —dijo Javier caminando aliviado al ver que a su padre se le había pasado el mal genio.

Valeria se quedó en la puerta.

—Papi, ¿dónde está Luisito?

El doctor Tezcatl hizo un gesto con su cabeza hacia el oeste de la finca.

—En el pabellón, en las cuadras.

—¿A estas horas? —preguntó Valeria.

—Cepillando al caballo nuevo. Le encanta, dice que le relaja. Ha dado de comer a los cerdos y se ha puesto a limpiar y cepillar al caballo.

Valeria asintió. Después observó la luna con fascinación.

—Papi.

—Dime cariño.

—¿Será esta noche?

El doctor Tezcatl siguió su mirada y contempló el astro lunar, el faro nocturno que alumbraría el paso por el puente, la dama de la noche que le daría la bienvenida a su hija, su otra hija, tantos años después.

—Sí, cariño. Será esta noche. Esta noche conoceréis por fin a Yelitza.