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Llegué a Lantadilla a las nueve y media.
El recorrido de vuelta lo hice en algo menos de dos horas, a un ritmo de carrera al que hacía tiempo que no entrenaba.
Pero no era un entrenamiento, era una emergencia.
Durante el trayecto mi cabeza no había parado de darle vueltas al asunto.
No sabía lo que me iba a encontrar. Si realmente eran ellos, era una situación alarmante.
Habrían llegado allí varios efectivos, un grupo profesional que sabía muy bien lo que tenía que hacer.
Un equipo de élite que me conocía muy bien.
Mi única opción era anticiparme a una emboscada, tratar de leer sus próximos pasos con antelación.
La intrusión había activado la alarma. Volví a mirar inconscientemente el dispositivo de mi muñeca.
La luz roja seguía parpadeando. Pero no podía quitarme una cosa de la cabeza: ellos habrían detectado la presencia de un dispositivo de alarma.
Tenían tecnología suficiente para ello. Aun así, la alarma se había activado.
No era una alarma sonora, solo un detector de movimiento en el interior de la furgoneta que lanzaba un aviso a mi dispositivo.
Si cualquier ladronzuelo forzaba mi furgoneta para tratar de robarme la radio, ni siquiera se daría cuenta de que allí había una alarma.
No me interesaba una alarma pitando con fuerza, emitiendo un sonido estridente que pudiera alertar a alguien que acabaría llamando a la policía.
Yo prefería evitar a la policía. Eso es lo que más me extrañaba.
Si ellos habían entrado sabiendo que había un detector de movimiento era porque querían que yo lo supiera.
Querían que yo supiera que ellos estaban allí.
Lo cual no tenía mucho sentido si su misión era eliminarme.
Sería mucho más sensato una emboscada sin delatar su posición.
Esperar a que yo llegara desprevenido y…
fin de la operación. Objetivo eliminado.
Por eso no tenía sentido lo de activar la alarma a propósito.
O quizás sí, si lo que querían era simplemente dejar su mensaje y desaparecer.
Para crear en mí esa sensación de estar controlado, de incertidumbre, de pertenecer a un pasado del que no puedes escapar, aunque quieras.
Volví a mirar a través de los arbustos. Había llegado dando un rodeo, campo a través y moviéndome con sigilo entre la arboleda, para evitar el sendero principal que conectaba Lantadilla con esa zona en la ribera del Pisuerga.
Mi furgoneta seguía allí, pero la autocaravana había desaparecido.
Eso me extrañó. Pensé que lo lógico sería que pasaran allí la noche y que se marcharan al día siguiente.
Un pensamiento fugaz martilleó algún rincón de mi cerebro.
El tipo rapado con perilla. El que había intentado negociar conmigo para comprarme a Santa.
No. No podía ser. ¿En qué cabeza cabría robar una mascota forzando una furgoneta?
Y estaban las chicas, le habrían dicho algo, le habrían disuadido de semejante acto vandálico.
Pero mi corazón comenzó a latir con más fuerza, bombeando adrenalina por todo mi cuerpo.
Volví a chequear el terreno, observando cada detalle de mi campo de visión.
Cada árbol, cada arbusto, cada sombra que pudiera parecer fuera de lugar.
Nada. Decidí arriesgarme y salir al claro, caminar hacia mi furgoneta.
Si los causantes de la intrusión eran mis conocidos de Israel, y lo que querían era a mí, seguramente ya habrían actuado.
Y yo habría sentido algo, algún detalle fuera de lugar que me habría hecho desaparecer de allí.
Según iba caminando hacia la furgoneta, vi que tenía una rueda plana.
¿Deshinchada? No, seguramente pinchada. El resto estaban bien.
Pero al llegar a ella un escalofrío recorrió mi espalda.
La luna del copiloto estaba reventada. No habían sido ellos.
Ellos no eran chapuceros. Habrían entrado dejándolo todo intacto.
El tipo de la perilla. Mi corazón latió con más fuerza cuando abrí el portón lateral y comprobé que Santa no estaba allí.
Una sensación de presión en el pecho comenzó a invadirme.
Pero no dejé que la ira se apoderase de mí.
Rápidamente pasé a la zona delantera de la furgoneta y abrí la guantera.
El aparato, con una pantalla más pequeña que una tablet , estaba allí.
Lo encendí, y enseguida un punto azul empezó a parpadear en un mapa.
Un punto azul que se movía por una carretera.
Era el chip que yo había colocado en el cascabel del collar de Santa.
Después de lo que ocurrió en Burgos, decidí que quería tener a mi fiel compañera localizable en todo momento.
Nunca pensé que lo necesitaría para algo así, pero dentro de la desgracia había sido afortunado.
Ese listo había robado a mi gata, pero yo la tenía localizada.
Dejé la pantalla en el asiento del copiloto y fui a la parte trasera de la furgoneta.
Abrí el portón y saqué el estuche con la llave y el gato para cambiar la rueda pinchada por una de repuesto.
Me extrañó que ese tarado no hubiera pinchado más ruedas, eso me habría dejado fuera de combate durante horas.
Hubiera supuesto llamar a una grúa y esperar al día siguiente para que en un taller mecánico pudieran arreglar todos los neumáticos.
Ese había sido un error muy grande: pinchar solo una rueda.
Pero el verdadero error, el que traería consecuencias para el imbécil de la perilla, era robarme a la gata.
Cambiaría la rueda y perseguiría esa autocaravana por tierra, mar y aire, si hiciera falta.
Yo le enseñaría a ese tipejo las consecuencias de forzar mi furgoneta y llevarse a Santa.