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—Lo del puto gato ha estado fuera de lugar, joder. ¿Cómo se te ocurre? —le dijo ella mirando hacia la puerta del baño.
—Me había encaprichado, coño, se me había metido entre ceja y ceja. Y no es gato, es gata. Quiero que sea un regalo para Luisito. Se va a poner contento de cojones.
—Se miró los antebrazos mientras seguía conduciendo—. Eso sí, la muy puta es guerrera, mira cómo me ha puesto de arañazos. Cualquiera entra al baño ahora, ¿eh? Tiene que estar hecha una furia —dijo soltando una risita.
—Podías haber cogido cualquier puto gato de camino. Hay gatos callejeros por todas partes, o esas asociaciones que antes de sacrificarlos te los regalan, joder.
—Yo quería esa gata, y punto. Lo único que me jode es no poder verle la cara al imbécil del dueño. Cuando vuelva de su ruta y vea el cristal roto, la puerta abierta y que le falta su minino, se va a poner a llorar como una nenaza.
—A papi no le va a gustar. Esto es salirse del protocolo, y sabes que es muy estricto con eso, Javier.
Él se encogió de hombros sin dejar de mirar a la carretera.
—Tranquila Valeria, papi se tranquilizará cuando vea la cara de felicidad de Luisito. Por cierto, me gusta más el nombre que elegiste esta vez. Leire —le guiñó un ojo—, sí, Leire. Deberías cambiarte de nombre.
—Eres un payaso —contestó Valeria. Tenía en su mano el móvil de Natalie—.
Acabo de mandarle un mensaje a su mami diciendo que ya está en el albergue y que todo va muy bien.
Que, si en un par de días o tres no les llama o no reciben WhatsApp, que no se preocupen, porque está entrando en zonas de muy baja cobertura.
—Joder, buena jugada. Piensas en todo. ¿Y qué hacemos con el móvil? Si geolocalizan la posición…
—Por eso te he dicho lo de hacer los primeros cincuenta kilómetros en otra dirección. En la primera área de servicio lo tiramos a unos arbustos. Y también aprovechamos y cambiamos las placas de las matrículas.
—¡Las placas, joder, es verdad!
Valeria puso los ojos en blanco.
—Por eso papi nunca te dejaría hacer estas cosas solo. Está claro que soy el puto cerebro en esta autocaravana.
—Eh, no te pases. Todos somos un equipo, ¿recuerdas? Papi siempre nos lo recuerda constantemente. Si falla una pieza, falla todo el engranaje.
Valeria suspiró.
—Sí, sí, el engranaje. Por cierto, ¿pinchaste las ruedas?
—¿Las ruedas? Pinché una rueda. Joder, no veas lo que me costó rajar esa goma con la mierda de cuchillos de cocina que tengo aquí.
—¿Una rueda? No me jodas. ¿Por qué no pinchaste varias? Destrozas la luna, entras a su furgoneta y le robas el puto gato. ¿Y solo le pinchas una rueda? ¿Acaso crees que los vehículos no tienen rueda de repuesto?
—Calla, joder, ya te digo que me costó un montón poder pinchar una con esa mierda de cuchillo.
No quería perder tiempo. —Javier se giró hacia Valeria—.
Y, además, ¿qué posibilidades hay de que ese fulano pueda dar con nosotros?
Su furgoneta no está operativa y no tiene ni puta idea de dónde estamos ni hacia dónde vamos.
Y aunque pudiera recordar la matrícula, vamos a cambiar las placas en un momento.
La autocaravana que ese payaso ha visto aparcada al lado de su furgoneta, técnicamente, no es la misma que va a circular las próximas tres horas hasta Salamanca.
Valeria volvió a suspirar. No quiso entrar en peleas dialécticas. Cuando su hermano se comenzaba a justificar y excusar, aún con argumentos tontos, era una pérdida de tiempo, una batalla perdida.
—Anda, voy a ver cómo está nuestra bella durmiente —dijo levantándose y caminando por la autocaravana hasta la habitación. Un minuto después, Valeria volvía para sentarse de nuevo en el asiento de copiloto.
—Sigue entre dulces sueños, ¿verdad?
—Sí. ¿Le pusiste toda la dosis? —preguntó ella.
—Toda. Calculo que estará así unas cuatro horas, de sobra para llegar con ella dormida a casa. De todas formas, si vemos que comienza a espabilar antes de la cuenta, le chutamos otra dosis.
Valeria miró su reloj. Las ocho menos cuarto de la tarde.
Calculó que el viaje a casa les llevaría unas tres horas.
Eso suponía llegar en torno a las once de la noche.
Antes de la medianoche. Era perfecto. Él se pondría muy contento.
Lo harían esa misma noche, durante toda la noche.
Por fin podrían contactar con ella, tenderían el puente para acceder a su mundo.
Valeria estaba ansiosa por conocerla, por hablar con ella.
Y todo gracias a Natalie. Porque Natalie completaba el ciclo. Natalie era la víctima número trece.