Su error fue mi gata (Ariel Shemesh) 7
28%

7

Había tardado más o menos lo esperado en llegar a Astudillo, haciendo gran parte del trayecto corriendo.

Dos horas y diez minutos. El castillo de La Mota recibía ese nombre porque, efectivamente, la edificación se erigía en lo alto de una mota, en la zona superior de una elevación del terreno, en medio de un llano.

Estuve contemplando las ruinas de la fortificación y me resultó curioso que las entrañas de las ruinas de ese castillo, incluyendo el promontorio en sí, fueran galerías que habían sido readaptadas como bodegas.

Más que para almacenar vino, un lugareño me explicó que esos espacios, que parecían cuevas excavadas en la mota, se utilizaban para comidas o celebraciones de grupos o cuadrillas del pueblo, lo que él llamó «peñas».

Desde lo alto del promontorio, apoyado en una de las almenas de ese antiguo castillo, estuve observando la distribución de Astudillo.

Como buen pueblo castellano, tenía una plaza principal donde estaba el ayuntamiento y un entramado de calles y callejas que partían en todas las direcciones, sin tener mucha similitud con el típico plano en cuadrícula organizada de ciudades más modernas.

En la edad media comenzaban a edificar alrededor de la iglesia y de la plaza principal sin seguir un orden muy estudiado.

Conté al menos media docena de iglesias, algo también típico de los pueblos castellanos.

Seguramente fueron influyentes en su momento y habrían ido perdiendo feligreses con el paso de las décadas.

Pensé que, en la mayoría, probablemente, ya ni oficiaban misas.

En un par de ellas se podían ver enormes nidos de cigüeñas en sus campanarios.

Me gustó contemplar la paleta de colores que ofrecía la panorámica desde lo alto de ese promontorio.

Los tejados de los centenares de casas bajas en diferentes tonos de rojos y naranjas, el gris apagado de los monumentos más antiguos, como las iglesias y el arco de San Martín, una torre almenada que en su momento fue una de las puertas de entrada en la muralla que rodeaba la villa.

Los muros y tapias de adobe daban un tono ocre en muchos puntos y las eras de trigo que rodeaban el pueblo, con sus tonos amarillos pajizos, ganaban al verde de los pocos campos de remolacha que podía observar desde mi ubicación.

Levanté la vista hacia el horizonte para contemplar una cordillera de un color pardo oscuro que contrastaba con el amarillo predominante del final del verano en la planicie castellana.

Sabía que, si me quedaba a ver la puesta de sol, para deleitarme con un cielo estampado por tonos naranjas, rosas y violetas, se me haría tarde.

Mi intención era descender del castillo por las estrechas callejuelas que llevaban a la plaza y tratar de callejear un buen rato, buscando una conversación aquí y allá con algún vecino de la edad de mi madre.

Pero no pudo ser. La alarma y la luz roja de la pantalla del dispositivo que llevaba en la muñeca izquierda me informaron de que algo no iba bien, nada bien.

Alguien acababa de entrar en mi furgoneta.

Pensé en ellos y se me erizó el vello de la nuca.

¿Habían venido desde Israel a por mí? ¿Era yo ahora un objetivo a eliminar?

Había puesto ese dispositivo de alerta por intrusión en la furgoneta porque hacía unos meses había recibido su visita en Burgos.

En esa ocasión habían entrado y le habían quitado el collar a Santa, a modo de mensaje.

Un mensaje que yo sabía muy bien lo que significaba: «Te estamos controlando, Ariel.

Vayas donde vayas, estaremos vigilándote».

¿Me habían dejado esta vez un nuevo mensaje o habían ido un paso más allá?

Pensé en Santa y el calor de un fuego irracional empezó a encenderse dentro de mí.

Un incendio de emociones que traté de controlar mientras me ponía la mochila y me lanzaba a la carrera descendiendo a toda velocidad entre muros medio derruidos y callejuelas estrechas.