6
—Dani, tío, ¿a qué ha venido el rollo ese de comprarle el gato a ese pavo?
Se habían acomodado y Dani había sacado tres cervezas de la nevera. Ellas habían dejado sus mochilas en la habitación de la autocaravana y estaban sentadas junto a la mesa abatible.
—Qué sé yo, me ha dado el punto. A ver, lo de los mil euros ha sido más por ver la reacción del pavo que por otra cosa. No pago por un gato ni cuarenta euros, vaya, por mucho pedigrí, pelo sedoso y ojos bonitos.
—Pues la reacción ha sido un poco tensa —dijo Natalie—. Te estaba fulminando con la mirada. Por un momento he pensado que te agarraba del cuello.
Dani dio un trago a su cerveza y soltó una carcajada.
—Calla, calla. Ese tipo va de flipado. Como ese hay cantidad de patanes sueltos. Mucho postureo amenazante y luego cuando te pones serio se cagan encima; te lo digo yo que me he cruzado con un buen puñado de ellos.
—Tenía pinta de psicópata, tía —comentó Leire mirando a Natalie—. ¿Te imaginas encontrarte a ese… tú sola, en medio de la noche?
—Buah, yo me cago encima. Reconozco que me ha dado un poco de miedo, la verdad.
—Parece el típico al que sorprendes vigilándote mientras te bañas desnuda en el río. —Leire puso un tono teatral a su voz, dando un toque de suspense a sus palabras—. Mirando a hurtadillas, tras el tronco de un árbol.
—Calla tía, me estás dando miedo.
—Oye Dani —dijo Leire girándose hacia su amigo—, la autocaravana quedará bien cerrada por la noche, ¿verdad? A ver si ese psicópata quiere tomar venganza por tu intento de compra y entra aquí con un cuchillo y…
—¡Calla tía! —soltó Natalie.
—Anda, mirad —comentó Dani mirando por la ventana—, hablando del rey de Roma… ya se va de ruta. A saber dónde irá ese tipejo. Hay que ser raro para hacer una ruta a estas horas y llevarte linterna porque parte del trayecto lo harás de noche.
—Si quieres buscar víctimas es mejor hacerlo de noche, hay menos testigos…
—¡Ya vale con la bromita, Leire! —insistió Natalie—. ¿Por qué no aprovechamos para darnos un baño en el río?
—¡Eso! Aprovechando que el psicópata del gato no está, el chapuzón será más relajante.
Dani se rio con la gracia y Natalie puso los ojos en blanco.
Estuvieron casi una hora bañándose en el río.
A ratos se tumbaban en un salto de agua donde la corriente formaba una pequeña cascada que provocaba que el chorro cayese sobre sus espaldas.
Bromearon fingiendo que estaban en un spa con circuito de chorros de agua relajantes.
Después se cambiaron en la autocaravana y decidieron comer algo para recuperar fuerzas.
Dani había preparado unos sándwiches y algo de picoteo. Abrió una botella de vino.
—Bueno chicas, vamos a por un brindis por este encontronazo casual que me ha hecho recordar viejos tiempos. —Le pasó una copa a Leire—. Toma Natalie, esta es la tuya.
—No, gracias, Dani. No bebo vino.
Dani miró a Leire. La madrileña se giró hacia Natalie.
—Vamos mujer, una copita no va a hacernos daño.
—No, es que no me gusta nada el vino tinto, de verdad. Si queréis yo brindo con cerveza.
—Venga, no me hagas el feo. —Dani llenó su copa y la acercó a las de ellas—. Es un Ribera de Duero, estoy seguro de que te va a gustar.
Natalie frunció el ceño y olisqueó la copa.
—Bueno, venga, ¡un día es un día!
—Hecho —dijo Dani y fue a juntar su copa con las de ellas para brindar.
—¡Espera! —Leire apartó la suya. Puso una sonrisa pícara—. ¿Hacemos un «sabrosky», Dani?
—¿Un qué? —preguntó Natalie alzando una ceja.
—¡Sí, eso sí que sería recordar viejos tiempos!
—Dani desvió su mirada hacia Natalie—. Un «sabrosky» significa brindar y beberlo todo de un trago.
Lo hacíamos de jóvenes, cuando brindábamos por algo muy importante.
Solo se trata de beber la primera copa de un trago y luego ya el resto de lo que se bebe se hace de forma tranquila, saboreando la bebida.
—Y este reencuentro es importante —dijo Leire acercando su copa—. Por eso merece un «sabrosky».
—Vale, yo hago un brindis de esos, pero luego me paso a la cerveza —aseguró Natalie.
—¡Venga, hecho! —soltó Dani, y los tres chocaron sus copas antes de beberse el vino de un trago.
Después, Dani llenó la copa de Leire y la suya de nuevo, y le pasó un botellín de cerveza a Natalie.
—Bueno, y ahora vamos a picar algo mientras recordamos nuestras batallitas por Madrid —dijo Leire cogiendo con la mano una loncha de jamón ibérico.
Natalie se sentó y cogió un sándwich, pero lo volvió a dejar en la mesa.
Se estaba empezando a encontrar rara, como si se estuviera mareando.
No podía ser el vino, había sido solamente una copa.
No, no era sensación de borrachera, era otra cosa.
Vio cómo le temblaba la mano derecha. Posó el botellín en la mesa.
También le temblaba la izquierda. Joder, ¿le estaba dando un ictus?
Quiso decir algo, pero la lengua no le respondía.
—Natalie, cariño, ¿te pasa algo? —preguntó Leire—. Te estás quedando blanca por momentos.
—Igual sigue pensando en psicópatas —bromeó Dani.
Natalie sintió un sudor frío, el mareo iba a más, se estaba desvaneciendo. En unos segundos su vista empezó a nublarse y, finalmente, se desplomó.