Su error fue mi gata (Ariel Shemesh) 5
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Había estado dándome un baño en el río mientras Santa dormía plácidamente bajo la sombra de un chopo.

Después hice unos ejercicios calisténicos y unos estiramientos para poner a tono la musculatura.

Siempre procuro realizar, me encuentre donde me encuentre, mi rutina de ejercicio físico para mantenerme en plena forma.

Me senté junto a Santa y comí un táper de arroz con pollo desmigado y unas almendras.

Antes de volver a la furgoneta estuve jugando un buen rato con ella, con un ovillo de lana que yo lanzaba entre unos arbustos y Santa cazaba con velocidad y destreza.

Quería que se desfogase porque la iba a dejar el resto de la tarde dentro de la furgoneta.

Yo tenía planeado hacer una ruta, acercarme hasta la localidad de Astudillo, a poco más de veinte kilómetros de allí.

Quería ir a ese pueblo palentino por dos razones: una histórica y la otra sentimental.

La razón histórica tenía que ver con visitar el castillo de La Mota, también de la época del Cid, que se erigió para reforzar la importante fortaleza de Castrojeriz y que jugó un papel importante en los enfrentamientos que mantuvieron Bermudo III y Fernando I por el control de esas tierras cercanas al río Pisuerga.

La razón sentimental era que se trataba, nada más y nada menos, del pueblo natal de mi madre.

Había nacido y crecido en Astudillo y solo dejó atrás su localidad natal cuando salió hacia la capital palentina para cursar sus estudios universitarios.

Pisar el suelo donde mi madre había dado los primeros pasos; contemplar la disposición de calles y callejas; sentir los olores de ese pueblo y, quien sabe, quizás hasta conversar con algún paisano de edad aproximada a la de ella que todavía recordaba a la inquieta y peculiar Alicia de Vivar.

Sería una amalgama de sensaciones que quedarían selladas en mi retina y en mi memoria.

Llegué a la furgoneta con Santa y comencé a preparar mi mochila.

Algo de comida, bebida, un pequeño botiquín de emergencias y un frontal para la vuelta, que ya sería de noche.

Aprovecharía para hacer gran parte del trayecto corriendo, con el fin de entrenar el aspecto cardiovascular.

Calculé que eso supondría un total de unas seis horas: dos de ida, dos de vuelta y otras dos para la visita al pueblo.

Si salía a las cinco de la tarde, supondría llegar de nuevo a la furgoneta sobre las once.

Le dejé a Santa sus cuencos de agua y pienso preparados.

Me observaba con sus ojillos brillantes e inteligentes.

—Lo siento, pequeña, pero esta vez no puedes venir conmigo. De todas formas, con todo lo que hemos jugado creo que cuando te comas eso —señalé el pienso—, caerás como un tronco.

Escuché voces a lo lejos, a mi espalda. Era el chico de la autocaravana, que venía caminando junto a un par de chicas.

Dos jóvenes que, por la vestimenta y el volumen de sus mochilas, tenían toda la pinta de ser peregrinas del Camino de Santiago.

Se fueron acercando y, al llegar a la autocaravana, el tipo de la perilla señaló mi mochila.

—Vaya, ¿sales de ruta?

Puse un gesto serio antes de asentir.

—Bueno, está bien aprovechar las horas en las que el sol va perdiendo intensidad. ¿Ruta larga? Veo que llevas una linterna de ajuste frontal.

Cogí la linterna del suelo y la metí en la mochila. Hice lo mismo con el pequeño botiquín y la bolsa de comida.

—Seguramente —contesté sin dar más explicaciones.

Al parecer el pesado de la perilla había llegado con ganas de conversación, quizás las chicas eran mudas y se estaba desahogando conmigo.

—¡Vaya! ¡Si está la gata! —Se giró hacia las jóvenes—. No me digáis que no es una preciosidad. Tengo debilidad por los felinos, joder, son fascinantes. Oye, una cosa, ¿me la venderías? Tengo efectivo en la autocaravana, siempre llevo bastante para cualquier emergencia, no me gustan las tarjetas.

Al escuchar eso dejé la cremallera a medio cerrar y me incorporé. No dije nada, simplemente le sostuve la mirada dejando que fuese mi rostro quien lo dijera todo.

—Pero Dani, ¿qué dices, tío? —dijo una de las chicas.

El tal Dani soltó una risita y me hizo un gesto con las manos, como pidiendo calma.

Yo no había dicho ni una palabra, pero mi cuerpo debía emanar un aura de cierta violencia.

No me gustan los tipos que se encaprichan de las mascotas de otros.

No me gustan los tipos que mercadean con animales.

Y no me gustan, nada, los tipos que quieren llevarse a mi gata.

—Vale, vale, tranquilo. Entendido. Eso es un «no».

Cuando ya estaba dándose la vuelta, se ve que se lo pensó y volvió a preguntarme.

—¿Ni por mil euros? Te ofrezco hasta mil euros por ella. Mil pavos que no los vale ningún gato de aquí a Japón.

La chica que había hablado debió observar cómo inconscientemente tensé la mandíbula, porque se acercó y lo agarró del brazo.

—Venga, Dani, déjate de rollos, sácanos las cervecitas y deja lo de los gatos para cuando te vuelvas a Madrid. ¡Joder, no habrá gatos en Madrid!

El tipo tuvo los cojones de sostenerme la mirada unos segundos, incluso percibí cierto tono desafiante, antes de entornar sus labios en una media sonrisa y asentir, sin dejar de mirarme.

—Sí. Tienes razón, Leire. De momento cambiaré los gatos por las cervezas.

Se dio la vuelta y caminó hacia la autocaravana. Abrió la puerta e hizo un gesto a las chicas para que entraran.

—Adelante, estáis en vuestra casa.

La chica que había hablado, la tal Leire, entró la primera.

La otra se quedó observándome un par de segundos, con gesto contrariado, incómoda por la situación.

No me dijo nada, aunque sentí como si quisiera haberlo hecho.

Quizás para pedir perdón por el comportamiento del imbécil de la perilla.

Luego se giró y entró a la autocaravana.

Después, tras regalarme una última mirada y una sonrisa, desapareció por la puerta el negociante de gatos.