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—¿Qué pasa? ¿Qué ves? —preguntó Natalie mirando en esa dirección.
—Sí que es, joder. Qué casualidad, tía. Bueno, supongo que el Camino de Santiago tiene estas cosas. —Señaló con una mano—. Mira, ¿ves ese chico de ahí? Lo conozco, es un amigo de Madrid.
Natalie siguió con su mirada la dirección que le indicaba la madrileña. Por delante de ellas, a unos treinta o cuarenta metros, un grupo de cuatro peregrinos avanzaba por el arcén en fila india.
—¿Quién? ¿El último del grupo? ¿El hombre canoso?
—No, torpe, de ese grupo no. El chico que está cogiendo algo de su mochila, allí, apoyado en aquel muro de piedra.
Natalie asintió. El grupo de peregrinos pasaba en ese momento junto a un joven que vestía pantalones cortos y una camiseta roja.
—Ah, vale. Dices el chico de pelo rapado con perilla. ¿Así que os conocéis?
Leire ya caminaba varios pasos por delante, había aligerado el ritmo y estaba haciendo aspavientos con los brazos.
—¡Dani! ¡Dani! —gritó con una voz llena de entusiasmo.
El chico se incorporó y miró en su dirección. Al principio le costó reaccionar, no se esperaría encontrar por allí a alguien conocido gritando su nombre, pero, en cuanto reconoció a Leire, sonrió y se llevó las manos a la cabeza.
—¿Leire? ¡No me fastidies! ¿Qué haces tú por aquí?
Natalie los vio darse dos besos y un abrazo. Leire le dio un toque cariñoso con el puño en el pecho.
—¿Que qué hago aquí, mamón? Pues lo mismo que tú. El imbécil, coleccionando ampollas y picaduras de mosquitos con el fin de contarles el día de mañana esta aventura a unos hijos que seguramente no tendré.
Natalie vio al chico soltar una carcajada.
—Joder, tía, no cambias, sigues igual de loca. —Miró a Natalie—. ¿Te has venido con una amiga para hacer el camino?
—No, no es amiga, quiero decir, ahora sí es amiga, pero nos hemos conocido en el recorrido, hace ya varias etapas. Y hemos conectado. Pero mejor os presento. —Señaló a cada uno—. Natalie la mallorquina, te presento a Dani el madrileño.
Natalie se acercó y se dieron un par de besos.
—Encantada.
—Igualmente —respondió Dani con una sonrisa—. Bueno, ¿y qué plan tenéis? ¿Hasta dónde tenéis pensado llegar?
—Pues habíamos pensado en hacer noche en el albergue de Itero de la Vega —Leire señaló hacia el oeste—, que según mis cálculos está a una hora y media de aquí, aproximadamente.
Hoy venimos reventadas, tío. —Hizo un gesto con la cabeza hacia Natalie—.
Y tengo a la mallorquina sufriendo con varias ampollas un poco chungas.
—Ya —dijo Dani, y se quedó pensativo—. Escucha, se me está ocurriendo algo.
¿Por qué no dormís esta noche en mi autocaravana?
La tengo aparcada a menos de una hora caminando desde aquí, en Lantadilla.
He encontrado un entorno natural súper chulo a orillas del Pisuerga.
Tiene una zona de baño que flipas. ¿No os apetece pegaros un chapuzón, una cenita relajada para ponernos al día y poder dormir sin tener que aguantar el olor a sudor y pedos de otros peregrinos?
Leire alzó las cejas.
—¿Autocaravana? ¿Estás haciendo el Camino de Santiago en autocaravana, cabrón?
—Que no, mujer. Estoy por aquí de paso. Quiero subir a Picos de Europa unos días y decidí hacer una parada por aquí. Me apetecía darme una caminata y… aquí me tienes.
—Joder —soltó Leire—. Pues aún más casualidad. Encontrarnos en el camino sin que estés haciendo el camino. —Se giró hacia Natalie—: ¿Tú qué dices, mallorquina?
—No lo sé, Leire. No quiero abusar de su generosidad, y mi intención era cubrir todas las etapas haciendo noche en albergues.
—Hizo una mueca—. Aun sabiendo lo de los sudores y ventosidades nocturnas indeseadas.
Pero podemos hacer una cosa, duerme tú con Dani en su autocaravana y yo me desvío hacia Itero de la Vega.
Así os ponéis al día y ya mañana me acerco a Lantadilla y salimos juntas desde allí.
Leire negó con la cabeza.
—No, tía, no. Si tú no quieres, pues nada.
En esto vamos juntas, que hemos conectado mucho y no quiero dejarte en manos de peregrinos psicópatas que puedan dejarse caer esta noche por Itero de la Vega.
—Se giró hacia su amigo—. Me da mucha pena, Dani, pero otra vez será.
Gracias por el ofrecimiento. Me hubiera encantado ese chapuzón y unas cervecitas para recordar viejos tiempos, pero…
—puso una voz teatral—, mi misión es el camino y hacer que esta mallorquina llegue a Santiago.
Ya sabes que las de Vallecas somos muy cabezonas.
—Oh, no, chicas —contestó Dani con voz lastimera—.
Reconsideradlo, porfa. Me va a venir genial vuestra compañía, y os aseguro que va a ser vuestro mejor día de descanso.
Chapuzón en el Pisuerga, duchita en la autocaravana y podréis dormir en la cama grande, la de uno cincuenta.
Yo me apaño en el sofá-cama sin problema.
—Puso ojitos suplicantes—. Venga, porfa.
Natalie suspiró. Miró a Leire. La madrileña sonrió y le hizo un gesto con la barbilla como diciendo: «Tú decides». La mallorquina finalmente cedió y se encogió de hombros.
—Bueno, pero que conste que lo hago por vosotros, me sentiría culpable de que no podáis pasar un rato juntos contándoos vuestras batallitas.
—¡Bien! ¡Gracias, Natalie! —Dani le dio un abrazo—. No te arrepentirás, de verdad. Os voy a tratar como a reinas.
—Bueno, déjate de reinas y ten preparadas unas cervezas bien fresquitas, bocachancla —le dijo Leire dándole un pequeño codazo.
—Perfecto, ¡contad con ello! —Señaló hacia el horizonte—.
¿Veis aquello del fondo, aquella línea oscura de árboles?
Es la arboleda del Pisuerga, aquello ya es Palencia, y allí tengo aparcada mi pequeña mansión con ruedas, chicas.
Hoy os llevo al paraíso, nenas. —Hizo un gesto con el brazo invitándolas a caminar—. Venga, en marcha.