Su error fue mi gata (Ariel Shemesh) 3
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Natalie soltó una carcajada. Encontrar a una chica como Leire en el camino había sido un soplo de aire fresco.

Llevaban tres etapas juntas y la joven madrileña era una caja de sorpresas.

De carácter extrovertido y risueño, Leire estaba siendo el acompañamiento perfecto para una prueba tan dura como el Camino de Santiago, tanto física como mentalmente.

—¿En serio le dijiste eso? —preguntó Natalie mirando a Leire con los ojos muy abiertos.

—Te lo juro, tía. Así como te lo cuento. Y el tío estaba ya todo cachondo, ¿eh? Casi se estaba bajando los pantalones cuando le solté lo de que a mí me va más el rollo bollo. Que soy más del equipo tortilla que del equipo longaniza.

Otra carcajada.

—¿Y qué te dijo? Se quedaría planchado.

—Se puso hecho una furia. Me llamó «calientabraguetas», tortillera de mierda y media docena de calificativos más, cada cual más cutre y barriobajero.

—¿Y por qué le dejaste llegar hasta ese punto? Le dejaste besarte, tocarte los pechos…

—Ahí está la gracia, nena. Comprobar hasta dónde era capaz de llegar mi aguante y su congestión de pelotas.

—Se llevó una mano a la entrepierna con una sonrisa picarona.

Después se tocó los pechos—. Manosearme las tetas, ese era mi límite.

Cuando metió su asquerosa mano por el pantalón y tocó braga, ahí paré el asunto, apartándole la zarpa y soltándole lo del team tortilla.

—Puso los ojos en blanco—. El imbécil debía de tener toda la sangre en su polla porque no lo pillaba, creo que su cerebro estaba lleno de chimpancés dando palmas, tía.

—Hizo una pausa y soltó una risita—. Cuando lo pilló comenzó a insultarme.

Patético, con el mástil tieso y lloriqueando como una niña a quien le quitan su muñeca.

Natalie negó con la cabeza sin poder quitar de su mente la imagen del chico, con el gran calentón, para después ser humillado.

Sonrió. Ella no tenía amigas como Leire.

En el círculo en el que se movía, todas sus amigas eran, cómo decirlo, correctas, educadas, discretas.

Pijas, vaya, por qué negarlo. Eran chicas pijas que se hubieran escandalizado al escuchar semejante conversación.

Pero ese era el precio a pagar por pertenecer a una clase social como la suya.

Natalie Van Dijk, hija del CEO de una prestigiosa empresa tecnológica de Holanda, tenía su futuro bastante programado.

En cuestión de semanas, continuaría sus estudios en la mejor universidad de París.

Había cursado tres años en Oxford y ahora tocaban otros tres en La Sorbona.

Su padre, Olivier Van Dijk, había insistido en ello, y su madre no se había negado.

A Natalie se le había hecho muy duro salir de Mallorca para aterrizar en Londres y acabar en la estricta residencia universitaria de Oxford.

El clima frío y gris, el carácter cerrado y orgulloso de los británicos, todo, todo se había hecho un poco cuesta arriba.

Tres años, tres largos años que ahora continuarían con otros tres entre franceses y francesas, entre madame y monsier .

Natalie había pedido cursar esos tres años en Barcelona, cerca de su Mallorca natal, cerca de su hogar.

No había sido posible negociar con su padre.

«Mamá, ayúdame en esto, saca tu carácter de mallorquina y convence a papá.

La universidad de Barcelona está muy bien y estaré más cerca de casa.

Por favor, por favor». Nada, no había servido para nada.

Su madre tampoco había cedido. «Natalie, cariño, es lo mejor para ti.

Papá y yo queremos lo mejor para ti». Esa había sido su respuesta.

Ella, como compensación por la negociación perdida, les había pedido, rogado, suplicado, que la dejaran hacer el Camino de Santiago.

Era algo que siempre le había hecho ilusión.

Algún día, ella sola, sin amigas pijas de las que se quejan con la primera ampolla.

Ella sola, como una especie de reto personal para demostrarse a sí misma, y sobre todo a sus padres, que era capaz de hacerlo.

Había escuchado historias de peregrinos que lo habían caminado en soledad, con sus propios pensamientos, y la experiencia les había cambiado la vida.

Al parecer veían el mundo, todo lo que les rodeaba, de forma diferente.

Natalie se sentía atraída por esa sensación, algo que ella entendía como la plenitud de espíritu.

La negociación había sido encarnizada. Su padre no quería ni oír hablar de ello.

Un «no» rotundo. En este caso, su madre medió y el «no» se transformó en un «vale, pero acompañada».

Eso a Natalie no le valía. Siguió luchando, casi pataleando como una niña pequeña.

«No, no quiero ir acompañada de amigas, ni de mi primo Joan.

No. Quiero hacerlo sola, soy mayorcita. Tenéis que confiar en mí de una vez».

Una semana luchando hasta que lo consiguió.

Primero cedió su madre. Y Marisa Climent tuvo que poner mucho de su parte para hacer torcer el brazo a su marido.

Natalie lo había conseguido, pero le pusieron una condición.

Les llamaría todos los días. Absolutamente todos.

Y llevaría dinero en efectivo y la tarjeta de crédito.

Le hicieron prometer que no dormiría en albergues, que lo haría en hoteles.

En caso contrario, no le darían permiso.

Ella lo prometió, pero cruzando los dedos, como hacía de pequeña para poder mentir con ese gesto mágico de protección contra el pecado de la mentira.

¿Quién diablos hace el Camino de Santiago durmiendo en hoteles?

¿Cómo iba a conseguir entonces los sellos en sus credenciales de peregrina si no era pernoctando en los albergues?

No, nada de hoteles. Ella pasaría las noches en los albergues del camino, entre gente normal y corriente.

Se quitaría el estigma de niña pija y de esa experiencia saldría una Natalie diferente, renovada por dentro y por fuera.

No se lo diría a sus padres, al menos, no de momento.

Quizás al acabar sus estudios de París, en la graduación.

«¿Sabes papá…? ¿Recuerdas cuando hice el Camino de Santiago?

Pues dormí en albergues, que lo sepas». Y le mostraría su libreta del camino sellada, etapa por etapa, albergue por albergue.

Sería como su pequeña venganza contra su padre.

Y al final lo había hecho, estaba cumpliendo su venganza.

Estaba rompiendo su promesa. Había dormido ya en unos cuantos albergues.

Y lo había hecho sola. Al principio pasó algo de miedo, es verdad, pero luego se fue acostumbrando.

Salir del ámbito protector de sus padres tenía consecuencias.

El miedo a lo desconocido era inevitable.

Ella había vivido en un mundo diferente, irreal hasta cierto punto.

La espectacular mansión en Mallorca, su hogar, con todo el lujo y comodidades que uno puede soñar.

La casa de veraneo de su padre en Volendam, en el corazón de la campiña holandesa, rodeada de hectáreas de terreno, con lago y bosque privados.

El lujoso bungalow en la playa más exclusiva de las islas Seychelles.

Todo eso había sido como una burbuja, como un escudo invisible que la había protegido del mundo real, de los lugares comunes, de la gente de a pie.

Y Natalie estaba dispuesta a romper ese escudo, a hacer estallar la burbuja.

En cierto modo, ya había comenzado a hacerlo.

Es verdad que llevaba tres etapas con Leire y, aunque en un principio su idea era hacer el camino sola, la compañía de la madrileña le estaba viniendo muy bien.

Charlaba con ella, se reía mucho y tenía que reconocer que, con ella a su lado, ya no pasaba miedo al dormir en los albergues.

—¿En qué piensas, nena? —La voz de Leire la sacó de sus pensamientos—. Parece que te haya dado un ictus al escuchar mis escarceos con el baboso de la longaniza tiesa.

Natalie soltó otra carcajada. La madrileña tenía el don de hacer reír con cada frase que soltaba por la boca.

—Nada, nada, pensaba en mis cosas. Bueno, estaba pensando en mi familia, en mi casa, ya sabes.

—Sí, bueno, es típico. Llevas bastantes días lejos de tu isla. Nunca he estado en Mallorca, ¿sabes? Aquello tiene que ser precioso.

—Sí, lo es. La isla es maravillosa. Tranquila, cuando acabemos el camino, estás invitada a conocerla. Vendrás a mi casa, verás lo buena anfitriona que soy.

—Joder, tía, no me comprometas, que luego me veré obligada a invitarte a Vallecas. —Alzó las cejas y la miró con los ojos muy abiertos—. Tú no quieres saber cómo es mi barrio por las noches, nena. Eso es la ciudad sin ley.

De repente, Leire se detuvo. Se llevó la mano a la frente a modo de visera y, entrecerrando los ojos, soltó:

—No, no me jodas. No puede ser.