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Lantadilla, Palencia.
Fue mi madre quien me habló por primera vez del mayor guerrero que ha existido en la historia de España.
Yo tenía seis años. Vivíamos en Tel-Aviv.
Me contó que por mis venas corría la sangre del Campeador, que Ruy Díaz era una especie de antepasado nuestro, como un primo lejano.
Mi segundo apellido, el materno, es De Vivar.
Para un niño de seis años, creerse descendiente de un guerrero de tal renombre, era como un sueño hecho realidad.
Ella me relataba cuentos e historias del héroe burgalés.
Me hablaba de su valentía, de su destreza en el campo de batalla y de su sentido del honor.
La fascinación y obsesión que desarrollé por la figura de Ruy Díaz de Vivar se la debo a ella.
Y allí, admirando la extensa llanura castellana, pensé en mi madre, Alicia De Vivar. Ingresada en una residencia en Madrid, luchando contra una enfermedad cerebral degenerativa. Y perdiendo esa batalla.
Caminé durante unos diez minutos por una estrecha carretera rural que llevaba a la pequeña localidad de Lantadilla.
Lo hice sin dejar de contemplar la extensa llanura castellana.
En esa región, la planicie palentina casi llegaba hasta el horizonte.
Unos cerros en la lejanía, hacia el norte, se atrevían a romper tímidamente la orografía del terreno.
A unos cincuenta metros por delante de mí caminaba un grupo de cinco peregrinos.
Iban cargados con unas mochilas enormes, y por la hora temprana que era, supuse que tratarían de llegar hasta el albergue de Carrión de los Condes, a unos treinta kilómetros de allí.
Les perdí de vista cuando entraron a Lantadilla.
Yo tomé una bifurcación a la derecha y caminé unos doscientos metros por un camino de tierra para llegar al lugar donde había aparcado mi Volkswagen California.
No era un área reservada para furgonetas y autocaravanas, sino un pequeño claro que se abría en un soto de chopos y sauces junto al Pisuerga.
Era una zona sombría y fresca, ideal para relajarse y darse un baño si apretaba el calor.
Y también estaba alejada del núcleo urbano, lo cual era perfecto para dormir aislado de ruidos de coches o tractores madrugadores.
Había aparcado allí el día anterior, por la noche, y al despertarme me extrañó ver a unos treinta metros de mi furgoneta una enorme autocaravana blanca, de esas modernas cuyo interior, con cocina, baño y dormitorios, más parece un apartamento que un vehículo.
Me extrañó que alguien hubiera querido conducir por el estrecho camino pedregoso y lleno de baches ese vehículo, en vez de aparcarlo en cualquier zona asfaltada de la localidad.
En un primer momento pensé que podrían ser extranjeros europeos acostumbrados a viajar por todo tipo de rutas y caminos, de los que no se conforman con estacionar en el típico y anodino aparcamiento de asfalto, sino que buscan lugares más naturales, más silvestres.
Ese paraje lo era. Descarté la opción de «guiris» naturistas cuando vi que la matrícula era española.
Bueno, quizás eran españoles del sur, andaluces o extremeños buscando un sitio fresco junto al río para huir del calor que ya sufren durante buena parte del año.
Abrí la puerta de mi furgoneta y Santa saltó al exterior. Maulló un par de veces y se refregó contra mis piernas. Siempre hacía eso tras una buena siesta. Efectivamente, unos segundos después la vi arquear su cuerpo, desperezándose, antes de caminar hacia la hierba fresca junto al río.
—No creo que me hayas echado de menos, dormilona —le dije viendo cómo mordisqueaba unos juncos—. Solo han sido un par de horas de visita al campo de batalla. Podías haberme acompañado, como mi fiel escudera del siglo XI, pero decidí no despertarte. Roncabas como un caballo de guerra.
Santa se limitó a orinar como muestra de su interés por ermitas y por batallas que ocurrieron hace mil años. Una voz a mi espalda interrumpió el monólogo con mi gata.
—¡Ostras! Es precioso ese gato blanco. ¿Es tuyo?
Me giré para ver a un chico de unos veinticinco años, alto y delgado, con pelo rapado y perilla. Vestía unos pantalones cortos, una camiseta roja y botas de montaña. Vi la puerta de la autocaravana abierta y una mochila en el suelo.
—Somos los únicos aquí, y es evidente que la gata no es tuya.
Fui consciente de lo seca que sonó mi respuesta, pero debo reconocer que me había fastidiado el hecho de que ese tipo hubiera elegido ese lugar para aparcar, junto a mi furgoneta, alterando mi deseada soledad en aquel momento.
—Ya bueno, qué sé yo. —Se encogió de hombros—. Podía haber sido un gato, perdón, una gata, de esas asilvestradas que viven en el campo cazando pájaros y ratones.
Miré a Santa. ¿Acaso ese joven no veía el collar con el cascabel? No tenía ganas de alargar la conversación, solo tenía ganas de darme un chapuzón en el río.
—Pues ya ves que no es una gata silvestre. Es mi gata —dije, sin poder evitar hacer énfasis en «mi».
El tipo pareció no advertir mis pocas ganas de conversar, porque se acercó varios metros a ella.
No me gustan los tipos que no ven collares en mascotas.
No me gustan los tipos que alteran mi tranquilidad.
No me gustaba los tipos que, siendo unos completos desconocidos, se acercan demasiado a mi gata.
—Tiene unos ojos preciosos. Hipnotizan, joder. ¿Cómo se llama?
Suspiré.
—Santa —dije finalmente con hastío en mi voz—. Mi gata se llama Santa.
—Vaya, que nombre tan bonito. —Se acercó un par de metros más—. ¿Puedo acariciarla?
Hizo el gesto de alargar el brazo. Santa bufó con el pelo de su lomo erizado, mirando con los ojos muy abiertos a ese extraño que se había ido acercando cada vez más a ella.
—Se ve que no.
—Vaya, vaya. Pues no le he caído muy bien, no hemos empezado con buen pie.
Y es raro, ¿eh? Tengo un don con los animales.
En mi pueblo dicen que soy como ese fraile…
—Hizo una pausa, pensativo—. Aquel que amaba tanto a los animales.
Quizás es cuestión de tiempo y finalmente podamos hacer buenas migas. ¿Cuántos días vas a estar aquí?
No me gustan los tipos que van de listos, que hablan del fraile que amaba a los animales y no se acuerdan de que era San Francisco de Asís. No me gustan los tipos que se interesan por mi agenda.
—No lo sé. —Santa se acercó a mí, quedándose entre mis piernas—. Aún no lo hemos decidido.
El joven debió captar, por fin, mi tono seco y cortante porque, tras observarme a mí primero y después a Santa, se encogió de hombros y dijo:
—Bueno, os dejo, que me espera una ruta de varias horas y no quiero que se me haga tarde.
Asentí sin decir nada, aliviado, y lo vi cerrar la puerta de la autocaravana, ponerse la mochila y alejarse por el pedregoso camino que conectaba con la carretera comarcal. Me agaché y acaricié a Santa.
—Sí. A mí tampoco me ha gustado. Por fin solos.