25
Había pasado casi media hora desde que había subido al doctor a la habitación.
Me costó subirlo cargado al hombro, el doctor era grande, pesaba lo suyo, y la herida de mi pantorrilla me recordaba que necesitaba atención médica.
Lo había atado de pies y manos con unos cordeles que había encontrado en la cocina de la planta baja.
Estaba inconsciente, pero toda precaución era poca.
Me había puesto unos guantes de plástico que había encontrado en la cocina y me había dedicado a limpiar mis huellas dactilares con un trapo empapado en alcohol.
Limpié la pistola, el mango de la horca y todo lo que recordé que había tocado.
Del bolsillo del doctor había sacado las llaves de los grilletes.
Me los quité y los limpié. Subí a la habitación con una silla y cogí del suelo la larga correa de cuero que me había traído del pabellón.
No sabía si era la de Chip o la de Chop, me daba igual, el caso es que era ideal para lo que tenía en mente.
Ya en la habitación, y con el doctor todavía inconsciente, aproveché para soltarle y colocar en su mano derecha todas las armas que se habían usado.
Yo me había fijado en que era diestro. Le hice agarrar el mango de la horca, empuñar el cuchillo de obsidiana y también la pistola de dardos.
Las chicas seguían drogadas. Yo lo prefería así, ya a salvo, sin sufrir, sin enterarse de lo que había ocurrido en esa habitación y de lo que estaba a punto de ocurrir.
Volví a revisar el móvil del doctor. Cuando irrumpí en la habitación y le ataqué, el teléfono había salido despedido y había dejado de grabar.
Para mí era perfecto, yo no salía en escena en ningún momento.
Aun así, edité el vídeo cortando los segundos de la parte final, el ruido y barullo de la refriega.
El teléfono era un iPhone, intuitivo y fácil para retocar vídeos.
Lo dejé cortado antes de mi irrupción en la habitación, como si el doctor hubiera pulsado el botón de parar la grabación.
En ese momento del vídeo sus hijos adoptivos estaban violando a las chicas.
Supuse que incluso a la policía, teóricamente acostumbrada a ver de todo, le repugnaría tanto como me había repugnado a mí.
Comprobé que en la galería del teléfono había otros vídeos, con otras chicas.
Pruebas más que suficientes para entender de qué iba el asunto de los rituales de ese loco.
Me giré hacia el doctor cuando le escuché gruñir.
El efecto del dardo tranquilizante se estaba pasando, así que me acerqué hacia él.
Estaba tumbado en el suelo, ya con la correa al cuello y las manos atadas a la espalda.
Yo había pasado la larga correa por encima de la gruesa viga de madera que cruzaba la habitación de lado a lado, cerca del techo.
Tiré de la correa, tensándola con fuerza y eso le fue despertando más.
El dolor de una improvisada soga apretándole el cuello, la sensación de asfixia.
Lo vi ponerse primero de rodillas, tambaleándose, y después de pie.
Tiré con más fuerza de la correa y él gruñó con fuerza, sabiendo que yo estaba a punto de ahogarle.
—Súbete a la silla que tienes al lado —le dije.
Le vi agachar como pudo la cabeza, luchando contra la tensión de la correa, para mirar la silla. Y él lo entendió. Negó con la cabeza, trató de luchar, pero yo tiré con más fuerza y el doctor comenzó a asfixiarse. Su cara se puso roja, los ojos parecía que iban a salirse de las órbitas.
—No tengo problema, doctor. Puedo asfixiarte ahora y colocarte en la silla después. Seguirá pareciendo un suicidio. —Me encogí de hombros—. Simplemente quiero tener una charla contigo.
Comprendió que no tenía opción, y supongo que pensó que con sus dotes de psiquiatra embaucador podía convencerme, charlando, de que lo dejase con vida.
Asintió. Quizás tenía alguna esperanza de sobrevivir, o igual era miedo a la muerte, queriendo arañar unos minutos más a su mezquina existencia.
Solté un poco la tensión de la cuerda y él se subió a la silla.
—Muy bien, ahora ahí quieto, doctor. No se me caiga de la silla, no arruine este momento antes de tiempo.
Mantuve la correa con la suficiente tensión para permitirle respirar mientras me acercaba a una de las camas y la ataba fuertemente a una de las patas.
Eso sería suficiente para aguantar el peso del doctor.
La correa estaba tensa en todo su recorrido.
Carlos Tezcatl, descendiente de chamanes aztecas, charlatán chiflado y psicópata asesino, me miraba desde la silla.
Podía respirar, con algún que otro jadeo, por lo que imaginé que también podría hablar.
Y eso lo comprobé unos instantes después, ya que hizo el esfuerzo de empezar nuestra conversación.
Lo hizo con dificultad, entre jadeos, pero pude entenderle.
—Mira… podemos… arreglar todo esto, de verdad. —Paró para tomar aire y continuó—: Te puedo compensar, tengo mucho dinero y…
—¿Arreglar todo esto? —contesté sin dejarle continuar.
Me giré para contemplar la habitación. Dos chicas drogadas, desnudas y tatuadas, con piernas y brazos abiertos, atadas a las camas.
Los hijos adoptivos del doctor, muertos, tirados en el suelo, completamente desnudos.
Él boca arriba, con una herida mortal en el tórax.
Ella de costado, con la garganta perforada por la horca y con el peculiar arnés de cuero negro, manubrio de goma incluido, como única vestimenta.
Había dos charcos de sangre enormes, uno bajo cada cadáver, que estaban a punto de mezclarse. Hermanos de sangre hasta en la muerte.
—Veo un poco difícil lo de arreglar todo esto, doctor —dije mirándolo a los ojos.
Él no respondió. Estaría pensando alguna respuesta elocuente, o quizás la soga le apretaba mucho y no le llegaba suficiente riego al cerebro.
Igual en un par de minutos su capacidad de comunicación iba a ser tan rica y compleja como la de Luisito.
Me encogí de hombros. Me daba igual, yo no tenía pensado estar allí mucho más tiempo.
—Bien, doctor. Te explicaré la situación.
Me he tomado la molestia, durante tu merecida siesta, de limpiar mis huellas dactilares de todo lo que he tocado en tu agradable morada.
He limpiado bien todas las armas y ahora son tus huellas las que están en ellas.
—Moví mis manos—. Por cierto, he cogido prestados estos guantes de látex, para no dejar ningún rastro.
—Le enseñé su móvil—. También me he asegurado de que el vídeo de esta noche esté presentable para la policía.
Supongo que tendrán tiempo para entretenerse con todo lo que tienes aquí dentro y todo lo que puedas haber guardado en otros dispositivos o en la nube.
—Señalé hacia la ventana—. Siento que no hayas tenido tiempo para despedirte de Luisito y sus mascotas.
Les he mandado por algún puente cósmico de esos, y ahora el pequeño Luis estará paseándolos para que caguen y meen en otra dimensión.
—Miré a las chicas atadas en las camas, y después a los cuerpos inertes que yacían en el suelo sobre charcos de sangre oscura—.
Teníais un plan, un plan que os ha funcionado durante años.
Capturar personas para matarlas. Un plan bien estudiado, sin fisuras.
Pero cometisteis un error. Mi gata, vuestro error fue mi gata.
Tu querido hijo tuvo la brillante idea de robarme a Santa.
—Suspiré. Lo miré a los ojos—. ¿Sabes lo que ocurrirá en los próximos minutos?
Yo haré una llamada con tu móvil. Aquí se presentarán los de Emergencias, y varias patrullas de la policía.
Los de Emergencias atenderán a las chicas, que podrán volver a sus casas en unos días.
La policía se encargará de vuestros cuerpos, de tomar fotos, de entender este entuerto que teníais montado.
Para cuando vengan, yo ya me habré ido, lejos, con mi gata.
—Descendí la mirada hacia la pierna—. Desinfectaré y coseré mis heridas.
Tranquilo, las he tenido peores. Nadie sabrá de mí.
—Me giré para observar a las chicas—. Quizás piensen que el hombre desconocido que metisteis en una de vuestras celdas fue asesinado y troceado para dar de comer a los cerdos.
Volví a posar mis ojos en los suyos. Pude ver el miedo en su mirada. Él sabía cuál era el desenlace de todo aquello. Sabía que no podía embaucarme. Vi cómo se ponía de puntillas en la silla, tratando de liberar parte de la presión que oprimía su garganta.
—Mira doctor, va siendo hora de despedirnos. Va siendo hora de que el asesino confiese y alguien venga a encargarse de esto.
Llamé al 112 con el móvil. Me coloqué la otra mano en la boca para distorsionar mi voz. La voz de una chica sonó al otro lado de la línea. Puse una voz agitada y nerviosa, como la de alguien en un estado de confusión y desesperación.
—¿Emergencias? ¡Tienen que venir, tienen que venir! Los he matado a todos, a mis hijos, Dios mío. ¡Qué he hecho! ¡He tenido que parar esta locura! ¡Tienen que venir, rápido! ¡Las chicas, están aquí, ellas están vivas, tienen que ayudarlas!
Escuché a la teleoperadora tratando de calmarme, pidiéndome instrucciones, mi nombre, la dirección del domicilio. El doctor me miraba, jadeaba por la presión de la correa, respiraba cada vez más rápido. Su final se acercaba.
—Soy Carlos, el psiquiatra, el dueño de la granja de cerdos. Vivo en El Maíllo, la finca de las afueras. ¡Tienen que venir ya! ¡Los he matado! ¡Qué he hecho, Dios mío, qué he hecho! No merezco vivir, ¡no merezco vivir!
Y colgué. Calculé que tenía menos diez minutos para desparecer de allí. Tiré el móvil al suelo, junto a la silla. Volví a mirar al doctor.
—Doctor, debo confesar que yo no entiendo de rituales aztecas, de puentes cósmicos ni de otras dimensiones.
Pero sí conozco la mejor manera para que puedas encontrarte con tu Yelitza.
—Chasqueé la lengua, negué con la cabeza—.
Y ojalá hubieras elegido esa opción hace mucho tiempo, antes de escoger a la primera de vuestras víctimas.
Ojalá hubieras decidido cruzar tú solito el puto puente cósmico.
Pero más vale tarde que nunca, yo te daré ese empujoncito.
Me acerqué a la silla. Sus ojos se abrieron más.
Transmitían miedo en estado puro. Me quedé mirándolo.
No dijo nada. Me encogí de hombros. Después di una patada a la silla y él quedó colgado, moviéndose, contoneándose en una última lucha instintiva por sobrevivir.
Me puse a su espalda y le desaté las muñecas.
Él se llevó las manos al cuello, a la correa, pero ya era demasiado tarde.
Era cuestión de segundos, en menos de medio minuto estaría muerto. Me puse frente a él.
—Querías saber mi nombre —dije mirándolo a los ojos.
Y, antes de desaparecer de allí, pronuncié las últimas palabras que escuchó con vida.
—Soy Ariel Shemesh.