30 Dimitri #2
Metí la mano bajo su falda diminuta, la que quemaría cuando llegáramos a casa, y apreté su nalga desnuda. Si bien apretó la mandíbula, no pudo contener del todo un gemido. Sonreí con satisfacción. El odio latía entre nosotros, pero había algo más también. Tensión, deseo, necesidad.
—¿Sabes lo que pienso?
No respondió, aunque no importó.
Me incliné, pegando mi frente a la suya. Podía sentir la pequeña curva de su vientre creciendo, la hinchazón de sus pechos, ahora más grandes que la última vez que los lamí, chupé y mordí.
—Creo que viniste aquí esta noche porque te gusta provocarme. —Mis labios rozaron su oreja, y su aliento tembloroso resbaló por mi piel—. Anhelas mi atención. —Le chupé el cuello, saboreando su suave gemido—. Estás desesperada por mis caricias.
Negó con la cabeza, sin embargo, se arqueó contra mí, frotando su cuerpo con el mío. Ella sentía la atracción magnética entre nosotros tan fuerte como yo.
Recorrí su nalga con mi mano hasta que mis dedos rozaron su coño. Estaba empapada y contuve un gruñido.
—¿Te sientes con ganas? ¿Necesitas que alivie esa necesidad… Emma?
Se le cortó la respiración al darse cuenta del juego que le estaba ofreciendo.
Arqueó las caderas hacia mi tacto, acelerando la respiración mientras le acariciaba el coño, saboreando la forma en que cerraba los ojos y apoyaba la cabeza contra la pared.
Presioné mi pulgar contra su clítoris y ella gimió.
Mierda, estaba tan excitada que podía apostar a que podría hacerla correrse en segundos.
Mis labios mordisquearon la piel suave de su garganta.
—No puedo ayudarte si no sé lo que necesitas. —Mantuve un tono uniforme, pero me encantaba esto, carajo. Antagonizándola. Provocándola. Se sentía como regresar a la vida.
—Necesito… —se quejó cuando aumenté la presión de mi pulgar sobre su clítoris.
Arqueé una ceja.
—¿Sí?
Abrió los ojos de golpe y dejó escapar un pequeño gruñido de gatito.
—Fóllame, Declan.
Mi pecho retumbó con satisfacción.
—Tsk. Qué lenguaje tan sucio. —Presioné el talón de mi palma contra ella, y su jadeo entrecortado hizo que mi verga se tensara aún más contra la cremallera—. Las chicas malas tienen que ganarse su placer. Date la vuelta. Manos en la pared y muéstrame el culo.
—Jódete. —Me empujó el pecho, pero le agarré las muñecas, recogiéndolas con una mano.
—No hasta que aceptes tu castigo. —Me incliné, rozando apenas mis labios con los suyos—. Vamos, nena. Te daré todo lo que necesitas si obedeces. —Ya podría estar hasta el fondo en ella en este momento, no obstante, la bestia dentro de mí estaba luchando por el control. Necesitaba su sumisión.
Metí dos dedos en su interior, gruñendo por lo cálida que estaba, y ella gritó mientras intentaba conseguir la fricción que tanto necesitaba.
No se la di. Mantuve mis dedos quietos, resistiendo todos mis instintos de hacer que se desmoronara.
Lenta e insoportablemente, saqué los dedos por completo y me los llevé a la boca, chupándolos hasta dejarlos limpios.
Ella observaba cada movimiento, con los ojos muy abiertos y las pupilas dilatadas.
Me aparté.
—Como quieras.
Mi mano estaba en la perilla de la puerta cuando rompió el silencio.
—Espera.
Gracias a Dios, demonios. Un segundo más y me habría roto.
Gire lentamente para mirarla.
—¿Sí?
—Bien. Aceptaré el castigo. —Sus palabras goteaban ácido.
Cerré la puerta con llave y crucé los brazos.
—Sabes lo que tienes que hacer.
Sus mejillas estaban rojas como un tomate. ¿Era por vergüenza? ¿Enojo? No importaba. Lo único que importaba era que estaba empapada de excitación, la humillación la excitaba, aunque lo odiara.
Poco a poco, como si supiera que cada segundo era una tortura para mí, se giró hacia la pared y apoyó las palmas de las manos contra ella.
—Súbete la falda por encima del culo.
Mantuve la voz firme, apretando mi polla para no correrme en los pantalones. Este era el puto momento más candente de mi vida.
Murmuró por lo bajo y estaba seguro de que se negaría, pero debía de estar aún más excitada de lo que pensaba porque lo hizo, arrastró el dobladillo de su falda ajustada sobre sus nalgas doradas.
Tenía puesta una tanga, el pequeño trozo de tela no la ocultaba de mí. Agarré la cintura de sus bragas y jalé con fuerza, saboreando su chillido mientras se ponía de puntitas para escapar de la presión apretada de la tela escasa que partía los labios de su coño y sus nalgas.
Jadeó, sus dedos arañando la pared para agarrarse.
—Chica sucia. —Tarareé—. Te gusta esa presión contra tu ano. Me pregunto qué tan duro te correrías si te cogiera por ahí. —Moví la otra mano para poder presionar mi pulgar contra su entrada trasera. Gimió, pero se quedó donde estaba.
—Imagina mi polla gruesa presionando ese agujero tan apretado. Te apretarías a mi alrededor con fuerza mientras te estiro, abriéndome camino dentro mientras luchas por tomarme. Pero no pedirías que me detuviera porque quieres complacerme. Ser una buena chica. ¿No es así?
—¡Por favor! —Soltó un sollozo—. Por favor, por favor.
Mantuve los dedos firmemente enroscados alrededor de la cintura de sus bragas mientras con la otra mano apretaba con fuerza su nalga. Gritó, con los puños apretados contra la pared, pero luego arqueó la espalda y me ofreció su trasero.
Volví a golpear la nalga opuesta con la mano y me quedé paralizado, con mi corazón latiendo con fuerza.
—Espera. ¿Está bien hacerlo? ¿Contigo estando embarazada?
Me miró por encima del hombro, con sus ojos suaves.
—Um, sí. Mientras solo me pegues en el trasero.
Sentí la garganta extrañamente cerrada por la ternura en su expresión y por las cosas que me hacía sentir.
—¿Segura?
Sus mejillas se sonrojaron aún más.
—Pregunté sobre eso.
Carajo, mi polla se puso tan dura con su confesión que estuve a punto de correrme en los pantalones otra vez. Pero esto era sobre castigo. Sobre afirmar mi autoridad y excitarnos mutuamente. Eso era todo.
Le di un tirón firme a sus bragas antes de reanudar sus nalgadas. Las mantuve ligeras, sintiéndome protector de una forma extraña. Sus nalgas se sonrojaron y sus jadeos se convirtieron en gemidos.
Solté su ropa interior y presioné mi cuerpo pegado a su espalda. Se removió por la presión contra su piel roja y sonreí, sintiendo cómo la inquietud constante dentro de mí finalmente se calmaba.
—¿Has aprendido tu lección, cariño?
El término afectuoso salió de mi boca antes de que pudiera evitarlo.
—Sí —replicó.
Mis manos recorrieron su torso hasta llegar a sus pechos por detrás y apreté. Demonios, se sentían tan bien. Necesitaba verlos. La giré y jalé el pequeño top para mostrar sus tetas cubiertas por un sostén negro de encaje.
—¿Volverás a ponerte algo así donde otros hombres puedan verte?
La rebeldía bailaba en sus ojos. Se encogió de hombros.
Se encogió de hombros, joder.
Deslizó su mano por mi pecho.
—Depende de qué humor esté.
Mis dientes chasquearon y agarré su mandíbula, rozando mis labios contra los suyos.
—Mi castigo no debió de dejar una impresión lo suficientemente fuerte.
Ella tarareó y su mano siguió bajando por mi cuerpo hasta que agarró mi polla. Empujé contra su mano sin querer.
—Sirena —murmuré. Apretó más su agarre sobre mi longitud—. ¿Está palpitando con necesidad ese coño bonito? ¿Hace falta que se estire alrededor de mi polla gruesa?
—Sí.
—Así es. Tan desesperada por ser follada.
Voy a llenarte de mi semen hasta que gotee por tus piernas, para que cuando salgas de este club, todo el mundo sepa a quién le perteneces.
—No le di oportunidad de responder antes de estampar mis labios contra los suyos.
Sabía tan jodidamente dulce—. Sácamela —gruñí, empujando mi erección deseosa contra ella—. Ahora.
Ella forcejeó un poco con mi cremallera, sus movimientos se hicieron aún más difíciles por mi negativa a crear distancia entre nosotros. Finalmente, su suave mano rodeó mi polla y la sacó. Gruñí de lo bien que se sentía, pero cuando ella apretó, perdí todo el control.
Mi mano sujetó ambas muñecas a la pared sobre su cabeza. Estaba estirada e indefensa, con los ojos abiertos y los labios carnosos entreabiertos. Le agarré la parte trasera de la rodilla con la otra mano, empujándola y abriéndola y torciendo las bragas para tener espacio suficiente para penetrarla.
Un calor apretado me rodeaba, tan bueno y abrumador que me dejaba sin aliento. Cerró los ojos con fuerza por el estiramiento, y la besé hasta que se suavizó a mi alrededor.
—Eso es. Déjame entrar en ti.
Me salí casi completamente y volví a embestir dentro de ella, esta vez sin parar hasta que estaba metido hasta las bolas, inmovilizándola contra la pared con mis caderas y mi polla.
—Declan —susurró.
Mi ritmo titubeó al escuchar mi nombre falso en sus labios. Era apropiado, porque así era todo esto, falso. Usar los cuerpos del otro solo para sentir algo.
Solté sus muñecas y le pellizqué el pezón a través del sostén de encaje, tragándome su gemido con mis labios. Sus caderas se movían con las mías en un ritmo perfecto.
—Estoy cerca. —Jadeó. Sus uñas se clavaron en mi espalda y gruñí. Quería sus marcas en mí, superpuestas sobre las cicatrices que solo contenían dolor.
—Lo sé, nena. Tu coño está ordeñando mi polla, carajo. —Mi pulgar flotaba sobre su clítoris y ella se arqueó hacia adelante, intentando captar mi contacto. Mas no se lo di.
—¡Por favor! —suplicó, con frustración en su voz.
Me retiré casi del todo y volví a embestir, llenándola por completo. Gritó por la intensidad, moviendo sus caderas y apretando, aunque no estaba seguro de si intentaba introducirme más profundo o aliviar la presión. De cualquier forma, no me movía.
—Ahora tienes una elección.
Rápidas bocanadas de aire me cosquilleaban el cuello.
—Primera opción, sé una buena chica para mí y promete no volver a ponerte algo así a menos que sea solo para mis ojos, y dejaré que te corras. Si te niegas a someterte, te llenaré de mi semen y te dejaré con las ganas.
—¡Jódete! —escupió.
Mis labios se curvaron en una sonrisa.