30 Dimitri
DIMITRI
El frío viento de Chicago golpeaba mis mejillas.
Me abroché la chaqueta, con un suspiro de alivio de que la reunión hubiera terminado.
Los gobernadores, senadores y jefes de policía con los que acababa de cenar le habrían hecho competencia a Claude Dupont por los hombres más aburridos del mundo.
Mantenerlos contentos y en mi bolsillo valía la pena aguantar alguna cena ocasional.
Probablemente.
Todos esos cabrones comentaron sobre mi anillo de bodas e insistieron en que llevara a mi esposa a nuestra próxima cena. Blyat. Al final de una sola comida, Sienna los tendría a todos comiendo de la palma de su mano. El pensamiento me llenó de una furia aguda que no entendía.
Maxim
Leona Byrne está aquí. ¿Sabías que es amiga de Sienna?
Tenía una reunión programada con la asesina irlandesa mañana para finalizar las rutas de envío a Boston. ¿Qué carajos hacía en mi casa con mi esposa?
Veinte minutos después, envió otro mensaje.
Maxim
Quieren salir. Intenté decirles que no, pero no funcionó
Dime que no están fuera de casa en este momento…
Maxim
Voy a llevar a Sergey para que me ayude a proteger a Sienna. No enloquezcas cuando veas este mensaje.
Ese barco ya había zarpado, joder. Se me pusieron blancos los nudillos de tanto apretar el teléfono. Crucé trotando a través del estacionamiento hasta mi auto y llamé a Maxim en cuanto entré. Música alta y con estática sonaba por mis altavoces cuando contestó.
—Todo está bien —notificó, aunque apenas podía distinguir sus palabras confusas por el ruido estruendoso de fondo.
—¿Dónde carajos estás? —exigí.
—Onyx.
—¡Blyat! —maldije, golpeando el volante con los puños en tanto una neblina roja cubría mi visión.
Onyx era un club nocturno. Mi mujer estaba en un puto club nocturno.
Colgué el teléfono. Mis neumáticos rechinaron al salir disparado del estacionamiento.
Al menos me beneficiaría de mi tediosa reunión enseguida, porque mantener a la policía de Chicago bajo mi control significaba que miraban hacia otro lado mientras yo conducía por downtown a toda velocidad.
Cuando por fin giré por la calle hacia el club, una larga fila rodeaba la calle.
Me estacioné en un sitio ilegal cerca de la entrada y me dirigí directamente a la puerta.
Onyx pertenecía a Julian Petrovic, un serbio.
No formaba parte de la Bratva, pero nunca había participado en el comercio sexual traído por los albaneses, así que permití que el negocio se quedara después de que yo tomara el control.
Puede que no fuera el dueño de este lugar, pero el portero sabía que no debía intentar mantenerme fuera.
Se apartó sin revisar si traía armas. Menos mal.
Me facilitaría matar a Maxim, junto con cualquier cabrón de este club que hubiera tocado, o incluso visto, a mi esposa.
Mi mandíbula temblaba al entrar en la pesadilla sensorial: música dolorosamente alta que me ponía los nervios de punta, el olor a cerveza y licor flotando en el aire, y luces moradas brillantes que hacían que todos parecieran bailar en un movimiento entrecortado.
Alguien me empujó en el hombro y me giré de golpe, con los músculos listos para eliminar a la amenaza.
Era un hombre de mediana edad, con la cara roja, con ojos vidriosos. No valía la pena mi esfuerzo.
Moví mis hombros mientras rodeaba el enorme bar en el centro de la sala. Los asientos estaban completamente llenos, con aún más gente hombro con hombro gritando sus órdenes. Sienna no estaba por ninguna parte.
Dimitri
¿Dónde carajos está?
Le mandé el mensaje a Maxim, pero no me quedé esperando su respuesta. Un guardia asintió al pasar junto a él, subiendo las escaleras hacia la zona VIP.
Mi rostro permaneció inexpresivo mientras escaneaba la zona VIP, aunque por dentro era un manojo de nervios y rabia.
Repasé mi lista de blancos para calmarme.
Los primeros serían Maxim y Leona por traer a mi esposa aquí.
Luego, todos los hombres del club. Ronan me declararía la guerra por matar a su asesina, así que tendría que acabar con él también. Y sus guardias.
Eso debería mantenerme ocupado un tiempo.
Mirando por el borde del balcón, escaneé la pista de baile.
El destello de cabello rojo de Leona llamó mi atención primero, y luego la encontré a ella.
Sienna estaba en medio de la pista. La luz brillaba sobre su piel mientras se movía al ritmo de la música, su cuerpo era pura tentación con su atuendo.
Ese. Jodido. Atuendo.
Sus pechos se hinchaban contra la parte superior y la falda apenas le cubría el trasero. Me sentí con ganas de atraerla sobre mi regazo y enrojecerle las nalgas hasta que suplicara piedad y prometiera que nunca más dejaría que nadie la viera así.
Leona llevaba un vestido igual de revelador, pero ella me importaba un carajo. La asesina podía hacer lo que quisiera, a menos que arrastrara a mi mujer a la acción.
Los hombres rodeaban a las dos mujeres como tiburones.
El recuerdo de cómo se sentía su cuerpo contra el mío en París rozó mi piel, y gruñí.
Nadie más sentiría eso jamás, maldición.
Mi sangre latía mientras bajaba corriendo las escaleras.
Me detuve en seco y cambié de dirección al ver a mi segundo al mando medio oculto tras una columna.
Maxim me vio un instante antes de que mi puño chocara contra su cara. Se frotó la mandíbula y sonrió.
—¿Te sientes mejor ahora?
—¿Cómo pudiste permitir esto? —rugí.
Su rostro se volvió serio.
—Tú fuiste quien dijo que no era una prisionera y que podía salir siempre que tuviera guardaespaldas.
Me quemaba el deseo de golpearlo otra vez porque tenía razón. Lo había dicho, pero no pensé que se sentiría así.
—¡Estamos casados, joder! —bramé—. Tiene que aprender a comportarse como la esposa del Pakhan. No puedo permitir que me avergüence.
Maxim emitió un sonido indiferente.
—¿Y eso es lo único que te molesta de esto?
Le di la espalda sin responder y me metí entre la multitud sudorosa. Yo era más alto y ancho que casi todos, así que la multitud se apartó rápidamente, dejándome un camino recto hacia mi esposa.
Leona me vio primero, pero en vez de mostrar miedo o temor por ser descubierta, me lanzó un beso.
Sienna miró por encima de su hombro y sus ojos se abrieron de par en par al verme acercarme a ella.
De cerca, su atuendo era aún más… mierda.
Una franja dorada de piel separaba su top de la falda, que se estiraba ajustada sobre el bulto de su vientre.
A las diecisiete semanas, todavía no era muy notorio, pero esa pequeña curva fue suficiente para volverme salvaje.
La aplasté contra mi pecho. El constante latido de agonía dentro de mí se calmó.
Sus brazos se enredaron alrededor de mi cuello y me jaló hacia abajo hasta que nuestras mejillas se juntaron. Su aliento me hizo cosquillas en la oreja.
—¿Viniste a bailar conmigo?
Por un momento, estuve tentado a decir que sí.
El roce de su piel suave contra la barba de varios días que recubría mi mandíbula, los susurros de vainilla que respiraba desde su cabello, la forma en que encajaba perfectamente contra mi cuerpo, todo era tan cautivador que me atraía bajo su hechizo de sirena.
Pero entonces volví al infierno de nuestra ubicación: los ruidos fuertes que me ponían los nervios de punta, los hombres mirando el culo de mi esposa, lo expuestos que estábamos a los enemigos aquí.
Entrelacé mis dedos en su cabello, jalando con fuerza suficiente para arrancarle un jadeo.
—No. Vine para llevarte a casa.
Su labio inferior sobresalió e intentó negar con la cabeza, sin embargo, no pudo porque la apretaba con fuerza.
No le di oportunidad de pelear conmigo antes de que mi brazo estuviera bajo su trasero mientras la cargaba en mis brazos.
Sienna luchó, intentando escapar, pero apenas percibía el movimiento.
—¡No estoy lista para irme! —Su tono soberbio hizo que la sangre se me fuera bajo el cinturón.
Sergey esperó junto a Maxim, y ambos nos siguieron mientras yo entraba por una puerta solo para personal y bajaba por un largo pasillo hacia la oficina de Petrovic.
El agotamiento y el aburrimiento que me habían aplastado tras mi reunión desaparecieron en presencia de Sienna.
La dejé en el suelo y la acorralé contra la pared.
Sin apartar mi mirada de ella, saqué mis llaves del bolsillo y se las lancé a Sergey para que pudiera traer mi coche a la salida trasera mientras yo me encargaba de mi esposa.
Maxim abrió rápidamente la cerradura de la oficina. No perdí tiempo en llevar a mi mujer adentro y cerrar la puerta detrás de nosotros.
—¿Qué hacemos aquí? Pensé que me ibas a llevar de vuelta a la prisión.
Le agarré la barbilla, sujetándola fuerte para que no se moviera. Sus ojos brillaron con fuego.
—No eres mi prisionera, pero espero que sepas comportarte en vez de salir a presumir tu cuerpo para llamar la atención.
Entrecerró los ojos e intentó apartarme, pero le agarré la muñeca y la sujeté contra la pared.
—Jódete. No estoy presumiendo mi cuerpo para llamar la atención —siseó—. Y, aunque así fuera, no sería asunto tuyo.
—Tú eres asunto mío, maldición —gruñí—. Eres mi esposa.
Puso los ojos en blanco.
—En papel.
Una rabia ardiente recorrió mi cuerpo.
—Sí, en papel. Legalmente estás casada conmigo y te comportarás como la esposa del Pakhan, carajo.
—No me interesa mucho comportarme por ti. —Intentó escapar de mi agarre otra vez, pero lo único que consiguió fue frotar su pequeño y caliente coño contra mi polla. Un rubor subió a sus mejillas y sus ojos se abrieron al notar lo duro que estaba—. Pero tal vez te guste eso.
Mi piel se ponía caliente y fría mientras intentaba recuperar el control, mas esto era lo que ella me provocaba, nublaba mi mente con su magia de sirena, haciendo que solo pudiera pensar en ella.