Su Emperatriz (Imperio de Realeza 3) 30 Dimitri #3
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30 Dimitri #3

—Espero que esa rebeldía valga la pena cuando estás desesperada y vacía. Y si piensas que puedes llegar al orgasmo tú sola para quitarte la necesidad, piénsalo de nuevo. Te ataré las manos hasta que lleguemos a casa y luego te ataré a la cama, así que por mucho que lo intentes, no podrás tocarte.

—No lo harías —se burló con ira e incredulidad, arqueando la nariz, pero una chispa de duda brilló en sus ojos.

—Oh, pero claro que lo haría. Te mantendría allí hasta que consiga un cinturón de castidad para ponerte.

—Le acaricié la mejilla con el pulgar y aparté un rizo de su cabello detrás de la oreja—.

Así, controlaría completamente tu placer y si alguna vez quisieras correrte de nuevo, tendrías que suplicarlo de rodillas.

Joder. La parte razonable de mí sabía que no tenía derecho a decir esto, ni a tomar el control de su placer.

Pero en este instante que esa idea estaba en mi cabeza, no podía quitármela de encima.

Quería hacerlo, que Sienna… Emma estuviera a mis pies, suplicándome que la dejara correrse con lágrimas necesitadas en los ojos. Quería que dependiera de mí para todo.

Negó con la cabeza.

—Por favor, deja que me corra.

Recogí su falda con la mano de donde estaba arrugada alrededor de su cintura.

—Sabes lo que tienes que hacer.

Cerró los ojos, frunciendo el ceño, y respiró hondo antes de abrirlos de nuevo.

—Prometo no volver a ponerme este atuendo en público.

Era adorable cómo pensaba que podía engañarme.

—No solo este atuendo. —Apreté más sus muñecas, jalándolas por la pared hasta que quedó de puntitas—. Pero lo sabes, ¿verdad?

Resopló.

—Bien. No volveré a ponerme nada tan revelador de nuevo.

—No te creo —murmuré, con mi cara pegada a su cabello mientras respiraba su aroma—. Pero está bien. Si rompes tu promesa, sabes qué castigo se avecina, ¿verdad?

Frunció el ceño.

—Ahora, agradéceme que me haya tomado el tiempo de corregirte. —Me estaba pasando de la raya, mas me daba igual.

—Gracias —soltó con brusquedad.

Le pellizqué fuerte la nalga. Ella gritó, y aproveché para salir antes de volver a embestir. Esta vez, no paré. Seguí follándola, llenándola con mi polla gruesa hasta que los dos estábamos a punto de corrernos.

—Eso es, cariño. —Mi pulgar presionó su clítoris, dándole por fin la presión que necesitaba.

Se rompió con un grito. Solté sus muñecas y tomé sus caderas, manteniéndola firme mientras la follaba.

Me rodeó el cuello con los brazos a la par que cabalgaba las olas de su orgasmo interminable.

Su coño se apretó a mi alrededor hasta que ya no pude aguantar más.

Me corrí más fuerte que en toda mi vida, disparando mi semen profundamente dentro de ella.

Era la primera vez que follaba sin condón, y ya estaba adicto.

Necesitaba su suavidad, su calor, sin barreras entre nosotros.

No sabía cuánto tiempo estuvimos allí, abrazados, respirando entrecortadamente. Se desplomó contra mí, su cuerpo cayendo por el cansancio, y supe que nuestro tiempo se había acabado. Me retiré suavemente. Mi pecho rugió de satisfacción al ver mi polla cubierta de su crema.

Mis manos se enredaron en su falda, sosteniéndola mientras me agachaba. Estaba a la altura de su coño. Estaba roja, hinchada y absolutamente goteando. Nuestros fluidos mezclados ya se estaban filtrando por su muslo interno.

—Necesito limpiarme —dijo, rompiendo el silencio.

Sonreí y le arranqué las bragas maltratadas antes de bajarle la falda y darle unas palmaditas en el trasero.

—Estás bien así.

Sus ojos se clavaban en mí como dagas.

—De ninguna maldita manera.

Mi agarre era de hierro mientras la apretaba fuerte a mi lado y le besaba la mejilla. Ignorando sus protestas, abrí la puerta de la oficina. Maxim estaba de espaldas a nosotros, vigilando el pasillo.

—Sergey trajo el coche —informó sin darse la vuelta, obviamente sabiendo que no quería que nadie viera a Sienna así, sin importar lo que le había dicho a ella.

—No podemos dejar a Leona —indicó.

La miré incrédulo.

—Creo que estará bien.

—Bueno, sí, claro, pero sigue siendo de mala educación —refunfuñó.

Una risa retumbó en mi pecho mientras guiaba a Sienna por el pasillo hasta la salida trasera.

—Me han llamado cosas peores que maleducado. Creo que sobreviviré a esto.

La ayudé a subir al vehículo, sentándome con ella en la parte de atrás mientras Sergey y Maxim se sentaban adelante.

Se quedó dormida en cuestión de minutos.

Debería haber estado agradecido, nos evitó tener que hablar de lo que habíamos hecho o sentarnos en un silencio incómodo y prolongado durante el camino de regreso.

Pero en la quietud del asiento trasero, su cuerpo cálido y suave apoyado contra el mío, no pude evitar abrazarla.

Las farolas iluminaban el interior del coche mientras conducíamos por la ciudad, dándome destellos fugaces del rostro de Sienna. Su maquillaje estaba embarrado y su cabello hecho un desastre. Era tan hermosa. Un dolor agudo me atravesaba el pecho.

Estar con ella me hacía sentir que tenía el control y que estaba en caída libre al mismo tiempo.

No podíamos tener una relación, no confiaba en ella, y había visto suficientes matrimonios de la Bratva como para saber que solo terminaban en tragedia.

Pero si nuestras vidas iban a verse obligadas a entrelazarse de igual manera por el bebé, no había razón para privarnos.

Mientras tuviéramos reglas. Una estructura para asegurarnos de que no se cruzaran las líneas.

Sienna seguía dormida cuando llegamos a casa, así que la cargué adentro. Dudé en lo alto de las escaleras. Apenas había dormido las últimas tres noches sin ella, y quería…

Mi aliento salió como una ráfaga por la nariz. No importaba lo que yo quisiera.

Cuando llegué a su habitación, me abrí paso entre los montones de ropa, libros, cajas y otras cosas al azar para poder dejarla en su nueva cama.

Con cuidado, le quité los zapatos. ¿Se suponía que debía desnudarla?

No sabía cómo ser cariñoso, pero sí sabía que cuanto más tiempo me quedara aquí, más probable era que me tumbara a su lado en sus sábanas con aroma a vainilla y me quedara dormido.

Le tapé el cuerpo con una manta y me fui.