Su Emperatriz (Imperio de Realeza 3) 27 Dimitri
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27 Dimitri

DIMITRI

—Segodnya solnechno. —«Hoy está soleado».

—Me nravitsya kogda svetit sonce —«Me gusta cuando está soleado».

La voz de Sienna resonaba por la casa mientras practicaba ruso, dejando un tornado a su paso.

Una vez que estaba en su habitación por la noche, yo recorría la casa e inspeccionaba las cosas que había tirado por ahí.

Hasta el momento, había recogido cajas de cartón vacías, unos audífonos, Post-its color neón, un suéter y tres pares de calcetines.

El caos la seguía. Junto con ese puto lobo. Vovk nunca había mostrado ni un ápice de afecto hacia nadie, sin embargo, en este instante estaba sentado en el jardín con una chaqueta impermeable azul y rosa mientras Sienna le hacía cariñitos y le sacaba fotos.

—Zavtra budet dozhd. —«Mañana lloverá».

Volví a caer en la silla de cuero negro de mi oficina en downtown, con la mandíbula apretada mientras la observaba a través de las cámaras de seguridad.

Hoy se cumplía una semana desde que nos casamos, y desde entonces había pasado menos de treinta minutos acumulados con mi esposa.

Salía temprano de casa y volvía tarde, salvo las noches que me quedé en downtown.

Separarme físicamente de ella era fácil, pero el control que tenía sobre mi mente solo creció hasta que consumió todos mis pensamientos mientras estaba despierto.

Lo odiaba con todas mis fuerzas.

Ahora cuando estaba en reuniones de trabajo, me preguntaba qué estaría haciendo.

Cuando estaba solo en mi apartamento, ella era a quien veía a través de las cámaras de mi computadora.

El personal y los guardias sabían que debían mantenerse alejados de ella, pero solo había pasado una semana y hasta ellos estaban cediendo.

Sveta y Polina quedaron especialmente encantadas por la determinación de Sienna de comunicarse con ellas en ruso.

La puerta de mi oficina se abrió y Maxim entró. Se dejó caer en el asiento frente a mí, con la mandíbula apretada y los hombros tensos.

Alcé una ceja.

—Si tienes algo que decir, escúpelo.

Cruzó los brazos.

—No lo entiendo. No podías dejar de pensar en la chica de París. Ahora está a unos metros, pidiendo alfombras para tu casa, y tú la evitas.

—Porque no es la chica de París. Me mintió.

—¿Y fuiste honesto con ella, Declan?

Lo ignoré, mis ojos volviendo al monitor.

Al parecer, la sesión de fotos del lobo había terminado porque Sienna estaba agarrando una galleta con chispas de chocolate de la cocina.

Ayer, Sienna estuvo horas en una videollamada con Sofiya mientras mi hermana le daba clases de ruso y le enseñaba a hacer galletas con chispas de chocolate.

En algún momento, Sienna había perdido una barra de mantequilla completa.

Cuando no la encontró, se encogió de hombros y agarró una nueva de la nevera.

Yo moví la barra perdida de su inexplicable lugar en el alféizar de la ventana de vuelta a donde pertenecía cuando volví tarde a casa esa noche.

Ahora caminaba de vuelta al cuarto de sol, que había reclamado como suyo.

La primera vez que la vi allí dentro a través de las cámaras, me invadió una furia y casi me subo al coche para decirle que saliera de allí de una puta vez.

Lo único que me detuvo fue darme cuenta de que decírselo revelaría una de mis pocas debilidades.

En los días siguientes, mi enfado se había desvanecido. Ahora, esperaba cada día para ver qué añadía a la habitación.

Aparté la vista de la pantalla.

—¿Lo conseguiste?

Maxim suspiró y sacó dos pequeñas cajas de su bolsillo antes de entregármelas.

Abrí una para revisar el anillo que había adentro.

Había elegido el diamante de mi colección, un poco más de cuatro quilates, con color y claridad perfectos, y nuestro joyero lo había puesto en un engaste de oro rodeado de diamantes más pequeños y había creado una argolla de oro a juego.

La segunda caja contenía mi anillo. Una banda de titanio negro con una línea de oro atravesándola.

Guardé ambas cajas en el bolsillo de mi chaqueta.

—Asegúrate de que no mueva nada pesado. —Dos días atrás, llegué a casa y la encontré arrastrando una alfombra enorme por el vestíbulo. Después de moverla a la sala, le dije que no lo volviera a hacer, pero Sienna tenía la costumbre de hacer lo que quería.

—Oh, ¿entonces ahora podemos interactuar con ella? —preguntó Maxim.

Cuando me convertí en Pakhan, le dije a Maxim que no necesitaba que mi segundo al mando fuera un hombre que dijera sí a todo. Necesitaba que dijera lo que pensaba y no tuviera miedo de desafiarme. Sin eso, no era mejor que el liderazgo corrupto que habíamos depuesto.

Ahora me arrepentía de esa decisión.

—Nada de inglés, y recuérdales a los hombres que no se queden cerca, carajo.

Nadie podía quedarse mucho tiempo en su órbita y resistir sus encantos.

Más tarde ese día, mientras Sienna cenaba, me escabullí dentro de su dormitorio. No tenía cámaras instaladas en esa habitación, así que era la primera vez que la veía desde que ella se mudó.

Olía a ella. Como vainilla con un toque dulce y floral.

También era un puto desastre. Montones de ropa y cajas cubrían las paredes…

Las paredes que aún no estaban terminadas.

Sentimientos desconocidos de culpa se me clavaron en el pecho.

Había puesto a la madre de mi hijo en un dormitorio sin terminar con piso de triplay.

Le envié un mensaje a Polina para que se coordinara con el contratista y arreglara esto.

Mi mano recorrió las sábanas y mantas enredadas de la cama destendida. Esas noches en París fueron las primeras en las que compartí la cama con alguien.

Saqué la caja del anillo de mi bolsillo y la dejé encima de su almohada.