Su Emperatriz (Imperio de Realeza 3) 14 Sienna
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14 Sienna

SIENNA

Mis aldeanos de CozyScape no cooperaban. Intentaba construir un imperio de helados, pero seguían saliendo a mitad de turno para meterse en el océano. No estaba segura de si intentaban surfear o ahogarse, pero, en cualquier caso, era totalmente molesto.

—¿Cómo van a mejorar las máquinas de helados si no maximizan sus ganancias? —murmuré.

Un golpe en la puerta me hizo quejarme de frustración. No tenía ganas de hablar con nadie que no fuera creación mía. Yo era el dios del universo CozyScape, y mis secuaces tenían que obedecerme.

Tras el segundo golpe, cambié la pantalla a la cámara de vigilancia del pasillo. Huh. Esperaba a Sofiya y Julieta, pero junto a un Dante realmente molesto estaba Leona.

—Si no abres esta puerta en los próximos treinta segundos, le ataré explosivos. —La voz aguda y metálica de Leona sonó por los altavoces de mi laptop.

—¿Pero qué carajos? No puedes decir esas tonterías. Soy su guardaespaldas —replicó Dante.

El labio de Leona se torció.

—Vaya. Estoy temblando. Qué amenaza.

Instruí a mis aldeanos para que tuvieran tiempo de ocio, con mis ojos entrecerrados en señal de advertencia.

—No se acostumbren a esto. Mañana todos volverán a trabajar.

Seguía frunciendo el ceño cuando abrí de golpe la puerta de mi apartamento.

—Ya era hora. —Leona me empujó y entró dando pisotones.

Fulminé a Dante con la mirada.

—Dije que no quería visitas.

Levantó las manos.

—Tú intenta detenerla.

—Vaya guardia que eres. —Le cerré la puerta en la cara.

Tras una respiración lenta, la abrí—. Perdóname por ser grosera.

Pero me debes una. —Le hice un gesto severo con un dedo, y tuvo la osadía de sonreír mientras sacaba una pequeña caja del bolsillo.

La abrió y reveló uno de los cupcakes de fresa de Sofiya.

Le arrebaté la caja de las manos y le di una enorme mordida.

—Esto es un buen comienzo.

Cerré la puerta de nuevo y me enfrenté a mi intrusa. La asesina estaba tumbada en mi sofá con un vestido negro casi imperceptible y unos tacones altos impresionantes.

—¿Quién me delató? —Mis palabras se ahogaron por el cupcake, aunque eso no me impidió dar otro bocado. Estaba increíblemente bueno. Relleno de fresas frescas con glaseado de mascarpone. Sofiya era un genio.

—Sofiya me llamó.

Y una maldita traidora.

Quité los pies de Leona de mi sofá y me senté a su lado.

—Por cierto, todo esto es culpa tuya. Tú fuiste quien me dijo que tuviera sexo en París y me enviaste a ese club.

—Lo sé, y me he estado sintiendo inmensamente culpable por ello.

Puse los ojos en blanco y Leona estalló en carcajadas.

—Bien, de acuerdo. No me siento culpable en absoluto. Sin embargo, estoy aquí para salvar el día, empezando por sacarte.

Miré fijamente mi atuendo… shorts de pijama cubiertos de ilustraciones de conos de helado combinados con una sudadera amplia de la NYU.

—Si tan solo tuvieras un armario lleno de ropa —lamentó Leona—. Oh, espera. —Se levantó del sofá y se fue a mi habitación, con su vestido apenas cubriéndole el trasero.

Miré con anhelo mi laptop antes de levantarme a regañadientes para seguirla. Ya estaba dejando las opciones de vestidos en mi cama sin tender. Me echó un vistazo perspicaz antes de levantarme la sudadera.

—¿Qué estás…?

—Solo quería ver si se te nota. Ponte este.

Era un pequeño vestido plateado cubierto de filas de cuentas brillantes y piedras preciosas. La falda era tan corta como la que llevaba Leona y, si mal no recordaba, de cuando me la probé hacía unos meses, el busto me subía los pechos, dándome un escote bastante excepcional.

Recuerdo probármelo en Fifth and Quartz antes de ir a París y sentirme tan sexy en el probador. En este momento, solo me sentía como un desastre cansado y desaliñado.

—De verdad que no tengo ganas de salir.

—Pues qué pena. Estás embarazada, no muerta. —Leona colocó el vestido en mis manos y me empujó hacia el baño. Solo fue el destello de dolor en su rostro, que intentó ocultar, lo que me hizo seguir sus órdenes.

Leona estaba apoyada en la pared cuando salí del baño. Lancé mi pijama en dirección a la cesta de la ropa y me apoyé en la pared a su lado, rozando nuestros hombros.

—Siento no habértelo contado.

Sus labios se torcieron, pero miró fijamente al frente.

—¿Por qué no lo hiciste?

Apoyé mi cabeza en la pared y cerré los ojos.

—Principalmente porque he estado escondiéndome de… No lo sé. El mundo, supongo. Quería decírtelo, mas eso significaría enfrentarlo.

Ella tomó mi mano y la apretó con fuerza.

—Sé que no siempre soy buena con los sentimientos y esas cosas, no obstante, siempre estoy de tu lado.

Asentí.

—Lo sé. Tengo mucha suerte de tenerte.

Me apartó de la pared.

—Sí, así es. Ahora voy a arreglarte el cabello y el maquillaje. Te ves fatal. —Mientras me arrastraba de vuelta al baño, añadió—: Además, te dije que compraras condones.

—Lo juro por Dios —murmuré— ¡Sí lo hice, maldición! Los usamos cada vez.

Me miró a los ojos en el espejo con su sonrisa característica.

—¿Dónde estamos? —pregunté, con voz baja mientras seguía a Leona por un pasillo oscuro y tenebroso.

Dante murmuró algo entre dientes, con su cuerpo muy tenso. Él protestó porque íbamos a salir, pero era casi imposible ganar una discusión contra Leona, así que aquí estábamos.

La instigadora en cuestión miró por encima de su hombro, guiñando un ojo mientras abría una pesada puerta metálica, revelando…

—Pero ¿qué…?

Parpadeé al contemplar el bar melancólico que parecía más una antigua biblioteca gótica.

Estanterías de madera oscura con viejos tomos encuadernados en cuero cubrían las paredes, notas de cedro y cítricos colgaban en el aire, y los clientes descansaban en los asientos de cuero y terciopelo acolchonados o estaban junto al bar de aspecto antiguo.

Leona nos guio por el lugar, deteniéndose en una mesa apartada con un pequeño letrero de reservado.

—¿Esto es un bar clandestino? —pregunté.

—Sí, es el bar más nuevo y exclusivo de Manhattan. —Leona se sentó con gracia en una silla de terciopelo rojo sangre que combinaba con su cabello cayendo de su coleta alta. Le dio palmaditas al asiento a su lado y yo me senté.

Dante escaneó el lugar antes de volver a mirarme.

—¿Estás bien?

—Sí, gracias.

Le lanzó una mirada desagradable a Leona antes de volver a las sombras, donde podía observarme mientras me daba al menos un poco de privacidad.

—Creo que le estoy agradando más —señaló Leona.

Negué con la cabeza sonriendo. Ahora que teníamos una alianza oficial con Ronan y la Mafia Irlandesa, le comenté a Dante que todos debían dejar de ser tan antagónicos con Leona.

Él balbuceó y dijo que ella era la antagonista y que el hecho de que nuestros soldados no quisieran estar cerca de ella no tenía nada que ver con su lealtad irlandesa y todo que ver con lo intimidante que era.

Bueno, no dijo intimidante, pero básicamente eso es lo que quiso decir.

—No estoy segura de que traerme a algún bar secreto en una zona de mierda de la ciudad sea la mejor forma de ganártelo.

Leona pasó su dedo por su gargantilla de diamantes.

—Los hombres se sienten perdidos si no tienen algo de qué quejarse.

Resoplé.

—¿Así que les estás ayudando?

Sonrió y me ofreció el menú de bebidas. Fruncí los labios y miré mi estómago con intención. Poniendo los ojos en blanco, tocó las bebidas al final del menú.

—Tienen cócteles sin alcohol.

Después de ordenar, me recliné en mi silla, a punto de cerrar los ojos para echarme una siesta.

—Me sorprende que me hayas traído aquí. Esperaba algo…

No sé, más ruidoso. —En nuestros días de universidad, habíamos sido clientes regulares en los clubes de baile más populares de la ciudad.

Éramos salvajes y valientes, flanqueadas por guardaespaldas, aunque Leona fácilmente podía cuidar de ambas.

Esas noches eran calurosas, sudorosas, borrosas, empapadas en alcohol, y sabía que siempre serían algunos de los momentos más destacados de mis veintes.

—Pensé en ser indulgente contigo en tu estado delicado.

Le saqué la lengua y me guiñó un ojo.

—Además, necesitaba explorar este lugar. Tengo la sensación de que me servirá en el futuro.

Tarareé. Leona era la mano derecha de Ronan Finnegan, su asesina principal y espía. Era perfectamente capaz de cuidarse sola, pero yo seguía preocupándome por ella.

Le di las gracias a la camarera cuando nos dejó las bebidas. La mía era una mezcla de maracuyá con una sombrillita brillante.

—Así que… —Leona dio un largo sorbo a su cóctel, dándome unos segundos extra—. ¿Vamos a hablar de ello?

Me encogí de hombros.

—No hay mucho que decir. Fui a ver a Aria hace dos días. Me hizo una ecografía. —Le dije a Dante que necesitaba ver a nuestro médico de cabecera para algo que ayudara con cólicos menstruales. No me hizo más preguntas.

—¿Sí?

Miré a mi alrededor antes de sacar mi teléfono y mostrar las fotos de la ecografía.

Leona miró fijamente la pantalla, una sonrisa lenta se extendió por su rostro.

—Mira esa manchita rara.

Había memorizado cada línea blanca y negra de mi manchita.

—Tengo ocho semanas. El bebé es del tamaño de una frambuesa.

Me devolvió mi teléfono y lo guardé en mi bolso.

—¿Qué dijo Aria?

—Revisamos mis opciones. Dijo que, si decido tenerlo, tengo que dejar las bebidas energéticas y reducir mucho mi consumo de cafeína. Y debería considerar dejar el Adderall, al menos durante las primeras semanas.

Leona arqueó una ceja.

—¿No bebidas energéticas ni Adderall? Tu peor pesadilla.

—Sí, lo ha sido.

Eso fue suficiente para que ambas cejas se le alzaran.

—¿Dejaste de tomar ambos? ¿No más bebidas energéticas? —Se me sonrojaron las mejillas y miré la sombrilla rosa y amarilla de la bebida—. Wow. Quiero decir… Eso parece que ya lo decidiste —agregó con suavidad.

—No necesariamente —murmuré.

—Sienna, Aria te ha estado suplicando que dejes las bebidas energéticas desde que te conozco.

Me recosté en la silla.

—Tal vez era el momento adecuado.

Leona me rodeó los hombros con su brazo.

—¿Quieres tener este bebé?

—Es una idea estúpida. —Hice girar la sombrilla festiva, creando un pequeño remolino en mi bebida—. Podría amenazar la autoridad de Matteo como Don. ¿Y qué sé yo de ser madre?

—Tienes un gran ejemplo a seguir.

Tragué el nudo en mi garganta y asentí. Eso era cierto. Mi mamma había sido la mejor.

—Y no es como si fueras a estar sola. Tu bebé tendrá a la mejor madrina del mundo. —Se echó la coleta por encima del hombro—. Le enseñaré a destruir a todos sus enemigos, que es básicamente lo más importante que necesita saber.

Resoplé.

—No sabes si es una niña.

—Estoy manifestando. Hay suficientes niños en el mundo.

No me presionó cuando me quedé en silencio, dejándome sentarme con los pensamientos acelerados que pasaban por mi mente demasiado rápido para comprenderlos.

La bebida era insípida mientras me la bebía de un trago. No me di cuenta de que estaba haciendo vibrar el hielo en mi vaso hasta que Leona puso su mano sobre la mía.

—¿Estoy siendo una idiota con esto? —Miré a mi alrededor para asegurarme de que nadie me oyera antes de continuar—: No tengo problemas con el aborto, pero…

—¿Pero?

Apreté los labios.

—Pero me siento extrañamente apegada a la pequeña Frambuesa.

—Gracias a Dios tienes meses para encontrar un nombre mejor.

Le hice una seña obscena con el dedo, aunque una calidez me llenó el cuerpo ante la aceptación fácil de Leona. ¿De verdad podría hacer esto? ¿Elegir lo que quería en vez de lo mejor para la Familia?

La Mafia me había dado tanto, mas tenía un precio.

Perdí a mis padres. Mi relación con mi hermano cambió para siempre.

No podía moverme libremente por el mundo, al menos sin guardaespaldas o una preocupación constante por mi seguridad.

Aparte de mi breve rebelión en París y mis hackeos secretos, había obedecido y seguido las reglas.

Me quedaba en mi apartamento. No causaba problemas.

Después de todos estos años, por fin había encontrado un sacrificio que no estaba dispuesta a hacer.

Quería a este bebé.

La opresión en mi pecho que había sido mi compañera constante desde aquel día en el baño del probador se disipó cuando finalmente tomé mi decisión.

—¿Haremos esto? —preguntó Leona.

Mis mejillas se abrieron en mi primera sonrisa real en semanas.

—Sí. Lo haremos.