Su Emperatriz (Imperio de Realeza 3) 15 Sienna
20%

15 Sienna

SIENNA

Me miré en el espejo, picoteando mi barriga.

Porque ahora sí había un bulto real. Mi minicactus había salido aparentemente de la noche a la mañana.

Ver cómo mi cuerpo cambiaba era lo mejor y lo peor.

Lo mejor porque me hacía sentir aún más conectada con Cactus, la criatura viva que crecía dentro de mí.

Lo peor era que significaba que se me acababa el tiempo para contárselo a mi hermano.

Si fuera invierno, podría ocultar los cambios en mi cuerpo con suéteres gruesos, pero estábamos en medio de una insoportable ola de calor de octubre, y la idea de añadir capas me daba ganas de arrancarme la piel.

—No se nota tanto —aseguró Julieta. Estaba tumbada en mi cama con un crop top y shorts, su largo cabello color pastel cayendo a su alrededor como un cuadro renacentista.

Ladeé la cabeza.

—¿Qué probabilidades hay de que pueda pasar todo mi embarazo sin que Matteo se dé cuenta?

—Normalmente diría que tienes buenas probabilidades porque es hombre, pero también es molestamente observador. El otro día, cuando estaba en su apartamento porque Romeo había salido, Matteo no paraba de traerme agua y snacks porque decía que estaba pálida y que probablemente me estaba enfermando.

—¿Y te estabas enfermando?

Gruñó.

—No, tenía mi periodo. Al final tuve que decírselo porque quería llamar a la doctora. Deberías haber visto su cara, no tenía precio. No obstante, luego hizo que me trajeran toda una caja de cuidado menstrual.

Sonreí.

—Ser padre ha sacado un lado completamente nuevo de él. —Abandoné mi lugar frente al espejo y me tumbé junto a Julieta—. Antes no era tan… paternal.

Julieta se acomodó para tumbarse de lado y me miró.

—¿Eso es difícil para ti?

—¿Qué quieres decir?

—Verlo ser tan atento con los demás ahora.

Había tenido mi primer periodo una semana después de que murieron mis padres. Mamma ya me había contado sobre eso, así que sabía lo que estaba pasando, pero tener que navegarlo sin ella fue una agonía.

Fijé mi mirada en el ventilador de techo. Giraba a toda velocidad, moviendo aire caliente y húmedo por la habitación. ¿Por qué todos los ventiladores de techo eran tan feos? Quizá podría diseñar uno bonito. Revolucionar toda la industria.

—Es muy agradable ver el cambio en él —respondí finalmente—. Clementine y Sofiya se lo merecen, y eso ha hecho más feliz a Matteo también.

—Por supuesto que te alegras por ellos. Pero está bien estar triste por la versión más joven de ti también, que quería ese tipo de cuidados.

Sus palabras me cortaron de golpe. No hacía mucho que nos conocíamos, pero ella veía a mi verdadero yo de una manera que la mayoría de la gente no veía.

—¿Aprendiste esa frase en terapia?

Julieta se rio.

—Me atrapaste. He estado aprendiendo mucho sobre la importancia de llorar la pérdida de tu infancia. Porque, aunque nuestras vidas sean buenas ahora, eso no borra el dolor de cuando no lo eran.

Mi infancia fue prácticamente como vivir en un mundo de unicornios y arcoíris comparada con lo que Julieta vivió, pero sus palabras significaron mucho.

—¿Así que lo que quieres decir es que debería seguir ocultándole mi embarazo a mi hermano y aparecer un día diciendo que encontré a un bebé cualquiera y que me lo quedaré?

Julieta me dio un golpecito en el brazo.

—Nop. Aceptaste decírselo esta noche.

Solté un grito ahogado y golpeé el colchón con mis brazos y piernas en una rabieta épica. Al final, me cansé y dejé de hacerlo.

—¿Te sientes mejor? —La cara de Julieta apareció en mi campo de visión. Sin esperar mi respuesta, me arrastró hasta sentarme—. Bien. Vamos.

Sofiya y Julieta hacían todo lo posible por mantener la conversación en la cena familiar, no obstante, las miradas constantes que me lanzaban no eran para nada sutiles.

Angelo se dio cuenta de que algo pasaba casi enseguida y siguió mirándome con los ojos entrecerrados. En cambio, Romeo no se daba cuenta mientras nos explicaba a todos con detalle cómo había hecho su último proyecto de tejido, un Noodle de peluche, y la reacción de Queenie ante él.

—¡Ella simplemente se lanzó sobre él! ¡Le arrancó la oreja como si nada! —Sonrió radiante, aparentemente encantado de tener una gata algo asesina.

Me incliné para susurrarle al oído a Sofiya.

—Pásame a la bebé.

Matteo estaba limpiando a Clementine tras su comida de puré de camote, pollo deshebrado y ziti. Cuando terminó, Sofiya se inclinó y tomó a su hija de su silla alta, entregándomela con una sonrisa que decía que sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Abracé a Clem contra mi pecho, adorando su peso blandito incluso mientras me agarraba el cabello y lo jalaba. Soltó un chillido feliz cuando le besé las mejillas. No podía creer que la pequeña manchita dentro de mí se convertiría en una persona real y viva.

Matteo me miraba con su ceño fruncido característico y oculté mi sonrisa arrogante detrás de Clem. Él quería ser quien la cargara siempre, pero yo la necesitaba en este momento. Para darme valor y… de acuerdo, sí, la estaba usando como mi adorable bebé escudo. Demándenme.

Apoyé mi mejilla en la parte superior de su cabeza, sus pequeños mechones rubios suaves y cosquillosos contra mi piel mientras intentaba reunir mi valor.

La conversación se calmó. Cuando el silencio se alargó demasiado para ser natural, me obligué a mirar alrededor de la mesa.

Sofiya y Julieta me miraron fijamente, lo que hizo que todos los hombres nos vieran a las tres con expresiones desconcertadas.

—¿Alguien me va a decir qué está pasando? —preguntó Matteo. Su mano se posó en la nuca de Sofiya como si estuviera listo para sacarla del peligro en cualquier momento.

Clementine soltó un pequeño chillido triste, su labio inferior temblando como si pudiera sentir la tensión en la habitación.

—Estás bien, mi dulce niña —murmuré, meciéndola suavemente en mis brazos.

—¡Dámela! —bramó Matteo.

Me levanté, pero en vez de caminar hacia mi hermano, di un paso hacia atrás. Los gritos de Clementine se hicieron más fuertes.

—Deja de jugar, Sienna. Tráela aquí —siseó.

Romeo se estiró en su silla, la imagen de la tranquilidad.

—¿Sienna está secuestrando a Clem?

—No —dijo Julieta—. Ella solo está…

—Estoy embarazada.

Mi confesión abrupta quedó parcialmente ahogada por el lamento enfadado de Clementine, así que tardaron un par de segundos en procesarla. Y luego estalló el caos.

Angelo acababa de beber un gran trago de agua y la escupió en una reacción digna de una película.

El chorro de agua salió disparado sobre la mesa directamente en la cara de Romeo.

Él empujó su silla hacia atrás de la mesa con un grito, tirando al suelo la bandeja de ziti asado con el codo.

Noodle se lanzó hacia él con un ladrido feliz, su cola moviéndose de emoción ante su recién descubierta recompensa.

Sofiya le gritó que lo dejara, lo cual hizo como el buen chico que era, pero no sin antes lanzar a todos en la mesa la mirada más triste del mundo.

Desgraciadamente, Queenie no sentía tal obligación de seguir órdenes, así que saltó sobre Noodle y enterró la cara en ziti asado.

En medio del caos, Clem olvidó que se suponía que debía estar molesta.

Chilló de alegría, agitando sus puños regordetes y riéndose de Queenie, que se alejó de la mesa con un enorme trozo de ziti apretado entre su mandíbula.

Todo el tiempo, Matteo permaneció completamente inmóvil, con una expresión vacía y los ojos fijos en mi rostro.

Mantuve mi barbilla en alto y mi expresión igual de impasible.

No me acobardaría, no me avergonzaría, mas no podía evitar el nudo en mi estómago y el latido acelerado de mi corazón.

Por mucho que me frustrara, Matteo era la única constante en mi vida.

Me sostuvo de bebé, me tomó de la mano mientras me llevaba lejos de la casa de nuestros padres, con los disparos resonando en el aire detrás de nosotros.

Estar en este momento frente a él, completamente vulnerable y expuesta, mi secreto colgando entre nosotros, me hizo darme cuenta de que quería complacerlo desesperadamente.

Lo mucho que quería que estuviera orgulloso de mí.

Se levantó lentamente de la mesa, haciendo que la habitación quedara en silencio.

—¿Quién? —Su voz era oscura y baja; su cuerpo marcado por la violencia.

—¿Qué?

—Quién. Es. El. Padre.

Me mordí el labio.

—No lo sé.

—¡Carajo!, ¡no me provoques, Sienna!

Clementine se sobresaltó al escuchar la voz elevada de su padre, su labio inferior temblando de nuevo. La devastación en el rostro de Matteo era evidente, y habló palabras bajas y tranquilizantes en italiano a su hija.

El plan del bebé escudo fue un éxito.

Se pasó la mano por el cabello y miró hacia abajo a Sofiya.

—¿Lo sabías?

Ella asintió.

Apretó la mandíbula, volviéndose hacia mí.

—¿Quién es el padre? —preguntó de nuevo, con voz controlada pero no menos intensa.

Sujeté a Clem más alto en mi cadera.

—No lo sé. Lo conocí en París. Fue solo una… aventura casual. —Me ardieron las mejillas. Admitirle a mi hermano que había tenido sexo era el equivalente a una tortura real.

—París —pronunció la palabra como una maldición.

—Fue después del trabajo. Las albanesas se fueron, y yo solo quería un fin de semana para mí. Para ser normal. —Para mi total vergüenza, mi voz se quebró.

Sofiya agarró la mano de Matteo, apretándola para llamar su atención. Él volvió a sentarse en su silla, y ella se inclinó para susurrarle algo al oído. Soltó un suspiro forzado antes de asentir.

—Bien —pronunció ella—. Todos nos iremos, y ustedes dos van a hablar. Con calma.

Angelo se levantó de su asiento de inmediato, claramente deseando escapar. Romeo jaló a Julieta para que se levantara de su asiento, y ella me lanzó una mirada preocupada mientras él la medio arrastraba fuera del apartamento.

Traidores, todos ellos.

Sofiya rodó su silla y extendió sus manos hacia su hija. Negué con la cabeza y abracé a Clementine con más fuerza.

Frunció los labios, pero capté la sonrisa que intentó ocultar.

—Estarás bien sin tu bebé de apoyo emocional.

Resoplé antes de entregarle a Clementine. Se relajó inmediatamente en los brazos de su mamá y eso me provocó una sensación detrás de mi caja torácica. ¿Mi bebé se sentiría tan seguro conmigo?

—Sé gentil. —La severa advertencia de Sofiya a Matteo resonó en el aire incluso después de que ella desapareciera por el pasillo.

Me senté lentamente en una silla, la más alejada de mi hermano.

—¿Estás…? —Matteo carraspeó—. ¿Estás bien?

Su pregunta me desarmó y mis ojos se llenaron de lágrimas. Estaba preparada para que me gritara decepcionado de mí. Su preocupación era mucho peor.

—Estoy bien.

—¿Ya fuiste al médico?

—Sí. Aria me hizo una ecografía. Todo parecía bien.

—Así que tienes… ¿doce semanas?

—Trece.

Se giró para mirar por la ventana. Ojalá pudiera abrirle el cerebro para saber qué estaba pensando.

Cuando no pude soportar la tensión ni un momento más, rompí el silencio.

—Lo siento.

Sus ojos volvieron a mí, su ceño fruncido.

—¿Por qué?

Rápidamente me pasé un dedo por las mejillas antes de entrelazar las manos y mirarlas.

—No fue mi intención que esto pasara. No quiero que te cause problemas.

Matteo rodeó la mesa y se sentó en la silla a mi lado.

—Sienna. —Su voz era devastadoramente suave. No levanté la vista.

Su mano cubrió la mía. Fue la cantidad mínima de contacto físico y aun así me rompió por completo. Mis hombros temblaron con un sollozo silencioso, y él suspiró.

—No me estás causando problemas.

—Pero los capos se enfadarán. ¿Y si te desafían?

Su bufido fue tan arrogante que me tomé un descanso del llanto para poner los ojos en blanco.

—Deja que lo intenten.

Esta reacción era preferible a su enfado, pero no le creía del todo. Intentó con todas sus fuerzas protegerme de los conflictos de la Familia, y sabía que eso continuaría, pese a que yo fuera la fuente de ese conflicto. Aunque yo fuera la carga.

Me sequé los ojos con una servilleta.

—¿Estás enfadado conmigo?

Se le tensó la mandíbula.

—Aceptaste ciertas reglas para París. Te pusiste en peligro. ¿Cómo se supone que voy a confiar en ti si haces este tipo de tonterías?

Su tono severo me sacó de mi tristeza y mi pecho se hinchó de la indignación y rabia. Bien. Eso estaba mucho mejor.

—Tengo veintisiete años, Matteo. A veces debo tener una vida.

—Bueno, podemos ver qué gran juicio has ejercido —replicó con brusquedad.

Aparté mi mano de la suya, mis ojos prácticamente disparando fuego.

—No creo que, de entre todos, tú quieras comparar errores de juicio.

Se le dilataron las fosas nasales, aunque no discutió. ¿Cómo podría hacerlo cuando había confiado en un traidor antes que en su propia esposa? Sabía que el error lo perseguiría para siempre y fui una imbécil por echárselo en cara, pero estaba demasiado alterada para que me importara.

—¿De verdad no sabes quién es el padre?

—De verdad no lo sé. Se suponía que solo iba a ser algo anónimo de fin de semana.

Nosotros, um, usamos protección. —La expresión adolorida de Matteo reflejaba la mía.

No me importaría caer en el centro de la Tierra y relajarme allí un rato para evitar tener que hablar de sexo con mi hermano—.

Pero, um, supongo que eso no funcionó. He intentado localizarlo, pero no lo encuentro.

—Haré que Franco lo investigue.

Franco era el hacker de la Familia. Él era bueno, pero no tanto como yo. Me tragué la frustración por lo poco que mi hermano confiaba en mis habilidades.

—Dudo que encuentre algo, aun así, está bien.

Queenie salió de la cocina, lamiéndose los labios. Debía haberse terminado por fin su botín de ziti. Se acercó al sartén, pero la agarré antes de que pudiera comer más.

—Se la llevaré de vuelta a Romeo y Julieta.

Nos pusimos de pie.

—Sienna…

Esperé, pero Matteo pareció quedarse sin palabras.

—Avísame si necesitas algo —comentó finalmente.

—Lo haré.

Se movió y, por un segundo, pareció que iba a abrazarme. En cambio, se conformó con una torpe palmadita en mi hombro. Algunas cosas nunca cambiaban.