13 Sienna
SIENNA
El hielo en mi vaso tintineó mientras daba otro sorbo, recostada en el sofá de la azotea.
El sol se había puesto una hora atrás, pero el aire veraniego de New York seguía pegajoso.
Desde que Sofiya se mudó al edificio, el montaje de la azotea se había vuelto cada vez más elaborado.
Además de la zona de estar con sofás, lucecitas y una fogata, ahora teníamos macetas elevadas con flores y verduras y una pequeña área de juegos para Clem.
Se escuchaba música suave desde el altavoz Bluetooth.
Mi mano descansaba sobre mi vientre y miraba las estrellas.
Habían pasado cuatro días desde que envolví mi prueba de embarazo en un rollo completo de papel higiénico antes de tirarlo en el bote de basura del baño de Fifth and Quartz.
Dante y Enzo me llevaron a casa y cargaron todas las bolsas de ropa llenas de lo que June había elegido para mí.
Estaban apiladas en la silla de la esquina de mi habitación.
No tenía ni la energía ni las ganas de mirar lo que había elegido.
Todo en lo que podía pensar era en la pequeña vida que crecía dentro de mí.
Al parecer, el bebé tenía el tamaño de una lenteja.
Era increíble que algo tan pequeño pudiera tener el poder de poner mi vida de cabeza.
El crujido del metal me hizo suspirar. Me había estado escondiendo de todos, pero al parecer mi tiempo había terminado.
Sofiya y Julieta se acercaron a mí con expresiones decididas. Julieta levantó una botella de vino y un gran recipiente Tupperware a manera de saludo.
Sofiya colocó su silla de ruedas junto al sofá y se dejó caer a mi lado.
—Por favor, ponte cómoda —dije con sequedad.
Julieta se metió y se sentó a mi otro lado.
—Oh, ¿así que no quieres galletas?
Mi estómago rugió y Julieta sonrió con satisfacción. Pequeña Lenteja traidora.
Agarré un montón de galletas, pero cuando Julieta me ofreció una copa de vino, levanté mi limonada espumosa en señal de negación.
Sofiya se inclinó sobre mí para tomar el vino en su lugar.
—Bien, suéltalo.
—Soltar ¿qué?
Mis dos amigas me lanzaron miradas para nada intimidantes.
—¿Por qué nos has estado evitando? —La suave pregunta de Julieta hizo una pequeña grieta en mi ya adolorido corazón. Apoyé mi cabeza en su hombro. En cuanto se los contara, todo esto se volvería real. Quería pasar unos días a solas con mi Lenteja antes de tener que despedirme.
Sofiya apretó mi mano.
—Puedes contarnos cualquier cosa.
—¿No se lo contarán a los chicos? —pregunté.
—Claro que no, maldición —resopló Julieta.
Miré a Sofiya. Era su acuerdo lo que realmente necesitaba porque Matteo no podía enterarse.
—Por supuesto que no —aseguró mi cuñada—. Las amigas son lo primero, o como se diga.
Una sonrisa se dibujó en mis labios.
—Ahh, sí, el dicho clásico. —Respiré profundamente y me bebí el resto de mi limonada antes de dejar mi vaso sobre la mesa frente a mí—. Estoy embarazada.
Sofiya literalmente escupió y Julieta se echó hacia atrás con un chillido distorsionado.
—O esto es una situación de Inmaculada Concepción o hay mucho que no nos has contado —me acusó Sofiya mientras limpiaba el vino que había escupido por todas partes.
—Puede que haya omitido algunos detalles de mi viaje a París.
—¿Puede? —Julieta resopló—. ¿Tienes un novio parisino y no nos contaste?
Jale algunos hilos del cojín del sofá.
—No tengo un novio parisino.
Julieta inhaló bruscamente, frunciendo el ceño con preocupación.
—¿Alguien te hizo daño?
—Nada de eso —repliqué rápidamente—. Todo fue consensuado. Solo fue una aventura de una noche. O de dos noches. —Me encogí de hombros como si no hubiera derramado lágrimas de verdad por Declan, el fantasma.
—¿Cómo se conocieron? —inquirió Sofiya.
—Después de terminar el trabajo de hackeo, puede que me hubiera quedado en París un par de días más. Sola. Luego quizás fui a un club que Leona me recomendó donde vi a un apuesto desconocido con acento irlandés y pasé los siguientes dos días con él.
—Wow —susurró Julieta—. Yo… Wow.
—Y para que quede claro, usamos preservativos cada vez.
—¿Y cuántas veces fue eso? —Julieta movió sus cejas. Le di un empujoncito, mas no pude ocultar mi sonrisa.
—¿Cómo te has sentido? —indagó Sofiya.
—Muy cansada, demonios, con algo de náuseas matutinas, pero nada grave todavía.
—¿Pero él fue bueno contigo? —agregó, cubriendo mi mano con la suya.
—Sí. De verdad que lo fue. —Un nudo se me quedó atascado en la garganta y las lágrimas me pincharon las esquinas de mis ojos.
Me metí una galleta en la boca. Mis amigas se acurrucaron a mi lado, pacientes, mientras esperaba a que la oleada de emociones se calmara—.
Se fue la segunda noche mientras yo dormía.
—Idiota —murmuró Julieta.
—Lo mataremos —añadió Sofiya.
Miré al cielo nocturno. Las luces de la ciudad dificultaban ver las estrellas, pero algunas estaban allí, salpicando el cielo nocturno.
—Al menos tengo a las mejores hermanas del mundo.
—Estamos aquí para ti, pase lo que pase. —Julieta me puso otra galleta en las manos—. Así que… ¿has hablado con él desde París?
Me froté el pecho distraídamente.
—No intercambiamos números de teléfono.
Sofiya me lanzó una mirada que decía claramente como si eso alguna vez te detuviera.
—De acuerdo, sí, intenté localizarlo, pero no encuentro rastros de él.
—¿Tú no puedes encontrarlo? ¿Sienna, la hacker de élite que puede encontrar a quien sea en el mundo, no puedes localizarlo?
Me mordí el labio.
—Debe haberme dado un nombre falso. Probé todas las cosas de siempre, pero es como un fantasma.
—Me había estado volviendo loca. Nunca había fracasado en encontrar a alguien antes.
No es que importara. No es que fuera a contactarlo, aunque lo encontrara.
Es solo que… Era un cabo suelto. Un rompecabezas que quería resolver.
—¿Cuándo piensas contárselo a Matteo? —preguntó Sofiya.
—No lo haré. —Ella arqueó una ceja y yo continué—: Voy a hacer una cita mañana para deshacerme de… —Me quedé en silencio. Cerré los ojos con fuerza, ocultándome del mundo. Ojalá pudiera quedarme para siempre en esta oscuridad aterciopelada, donde nadie ni nada pudiera hacerme daño.
—Oh. —Sofiya exhaló suavemente y me frotó el brazo con delicadeza—. ¿Eso es lo que quieres?
Su pregunta quedó suspendida en el aire. ¿Cómo se suponía que debía responder?
Julieta envolvió sus manos en mi brazo y se acurrucó en mi hombro.
—Si lo es, te apoyaremos al cien por ciento. Solo dilo.
Tenía la garganta demasiado cerrada para hablar, pero no me presionaron. Los sonidos de la ciudad danzaban a nuestro alrededor, vibrantes y vivos a lo lejos.
—¿Cuál es la alternativa?
Mis amigas me apretaron más fuerte, y Julieta consiguió echar una manta sobre las tres con su mano libre.
—¿Quieres ser mamá? —La pregunta de Julieta provocó una oleada de anhelo tan intensa que me dejó sin aliento. Una lágrima se me escapó por la mejilla. Por mucho que quisiera negarlo, no podía.
—No sé si importa lo que yo quiera.
—Por supuesto que sí —reviró Sofiya con fiereza.
Estaba segura de que quería que eso fuera verdad, pero creció en un mundo similar al mío, uno donde la virginidad de una mujer definía su mundo.
Los italianos incluso podrían haberse opuesto más firmemente a las madres solteras que la Bratva.
Los mafiosos podían dejar un mar de bastardos a su paso y eso solo reforzaría su reputación, pero era la sentencia de muerte para las mujeres.
¿Y si los capos usaran mi error como excusa para cuestionar la autoridad de mi hermano como Don?
Apenas ayer, escuché al guardaespaldas de Sofiya, Angelo, decirle a Dante que Umberto Lagana, mi capo menos favorito de todos, había hablado en contra de Matteo en una reunión reciente.
Desaprobaba nuestras nuevas alianzas con los irlandeses y la Bratva y había gritado sobre la supremacía italiana.
Umberto me despreciaba casi tanto como yo a él, y sin duda usaría mi embarazo para avivar la discordia.
Yo no sería responsable de una batalla dentro de la Familia, y menos aún una que pudiera poner en riesgo a las personas que más amaba.
Sofiya frunció el ceño todo el tiempo que le expliqué a Julieta las complejidades de la política de la mafia, pero no discutió conmigo. Sabía que tenía razón, por mucho que lo odiáramos. En cambio, Julieta se indignaba más con cada minuto que pasaba.
—¡Al diablo con eso! —gruñó—. Lo siento, pero si así funciona este mundo, es una estupidez.
Eres un ser humano, Sienna. Nadie puede decirte qué hacer con tu cuerpo ni castigarte por tus decisiones.
Y mucho menos un grupo de hombres estirados.
Si entregas o no un aviso de desalojo depende completamente de ti.
La comisura de mis labios se levantó.
—¿Un desalojo?
Se encogió de hombros.
—Llámalo como quieras. Es tu elección.
—Tal vez. —Solté un profundo suspiro y apoyé mi cabeza en su hombro—. Tal vez.