Su Emperatriz (Imperio de Realeza 3) 12 Sienna
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12 Sienna

SIENNA

Me levanté a rastras de la cama. Por mucho que haya dormido últimamente, nunca era suficiente. Me puse una sudadera extragrande y caminé hacia la cocina con los ojos hinchados y cansados.

Habían pasado cinco semanas desde que me desperté sola en mi habitación de hotel en París, adolorida por el sexo y acostada en sábanas que olían a él.

Pensé que estaba en la cocina preparando café o sentado en el balcón, pero se había ido.

Todo rastro de él había sido eliminado del lugar.

Sin nota, sin número de teléfono. Me había permitido dejarme consumir por la tristeza solo por la mañana antes de obligarme a salir y disfrutar de mi último día de libertad en París.

Me irritaba muchísimo seguir pensando en él semanas después. Incluso mi subconsciente me traicionaba, llenando mis sueños con Declan que hacía que me despertara excitada y necesitada.

Que se fuera a la mierda.

Mi estómago se retorció por un hambre urgente que rápidamente se convirtió en náuseas. Tuve arcadas en el fregadero de la cocina antes de vomitar bilis.

El agua apenas ayudó a enjuagar el sabor de mi boca.

Apoyé mi mejilla en la fría encimera de piedra de jabón.

—Esto es un puto cliché —murmuré a la habitación vacía.

La primera vez que vomité por la mañana, lo achaqué a que no dormía bien.

¿La segunda vez? A una intoxicación por algo que comí.

Pero era la tercera mañana seguida, y cada vez me costaba más encontrar excusas. Siempre podría alargar un poco más la fase de negación. Probablemente el día de mañana me despertaría y me sentiría de nuevo como antes.

«Wow, era buena. Casi me lo creí».

Con un suspiro, me alejé de la encimera y agarré un paquete nuevo de galletas saladas, metiéndome dos en la boca mientras volvía a mi habitación.

Quería acurrucarme en la cama y ahogarme en la desesperación, mas no tenía esa opción.

Necesitaba hacer un plan. Tratar esto con cuidado.

Porque si tenía razón, todo iba a descontrolarse.

Matteo iba a perder la cabeza.

Me quité mi pijama cómoda y me puse una falda corta color oliva, una blusa de seda a juego y botas de piel, deseando ser de esas personas que normalmente salían de casa con ropa deportiva.

La ropa y el maquillaje siempre habían sido mi armadura, y si quería evitar levantar sospechas, necesitaba verme presentable.

Después de terminar de maquillarme, teniendo especial cuidado de ocultar las ojeras bajo mis ojos, me recogí el cabello en un moño desordenado, tomé mi bolso y abrí la puerta.

Dante, mi guardaespaldas, arqueó una ceja desde su puesto en el pasillo.

—¿Iremos de compras?

—Necesito echarles un vistazo a las nuevas colecciones de ropa de otoño. —Le di una leve sonrisa ensayada.

Apenas se contuvo de poner los ojos en blanco y usó su dedo para llamar al ascensor.

Normalmente disfrutaba exagerar mi imagen pública, la imagen de la chica rica materialista despreocupada que era un poco despistada.

Pero mientras Dante y yo bajábamos al garaje del sótano, el peso de fingir pesaba sobre mis hombros.

La última vez que realmente sentí que podía liberarme de todo fue en París con las mujeres albanesas…

y Declan. Mis ojos ardían con lágrimas de rabia contenidas mientras jalaba el dobladillo de mi blusa.

¿Cómo se atrevió a hacer que me enamorara de él cuando claramente no signifiqué nada para él?

—¿A dónde?

Me sobresalté al oír la voz de Dante. De alguna manera, ya me había subido al coche y abrochado el cinturón. Enzo asintió desde su lugar en el asiento del conductor.

—Fifth and Quartz.

Nos abrimos paso entre el tráfico de Manhattan.

Miré por la ventana mientras conducíamos por Central Park.

Dos mujeres con carriolas se reían en tanto entraban al parque.

Un grupo de estudiantes pasaba corriendo, con sus mochilas golpeándolos a la par que se movían entre grupos de turistas.

Me dolía el corazón de anhelo por estar ahí afuera, pero un cristal antibalas me separaba de ellos.

Mi mente sabía que había una diferencia entre mantenerme a salvo y estar atrapada, mas ya no estaba segura de que mi corazón pudiera distinguirla. La libertad fugaz que encontré en París colgaba tentadoramente fuera de mi alcance.

Una libertad que quizá pagaría el resto de mi vida.

Llegamos a Fifth and Quartz, mi tienda de ropa favorita. Esperé a que Dante abriera mi puerta y entramos juntos.

Me recibió un torbellino de actividad.

Sandra, la encargada de la tienda, me vio enseguida. Tenía puesto un traje sastre color ciruela que le quedaba bastante impresionante.

—Señorita Rossi, qué sorpresa tan maravillosa.

Mi sonrisa se sentía forzada.

—¿June trabaja hoy?

—Sí. La llamaré.

—Quiero que me ayude a elegir algunas piezas de transición para el otoño.

—Por supuesto, señorita Rossi.

June había sido mi estilista personal durante un par de años. Era joven, divertida, sabía lo que me gustaba casi mejor que yo misma y, lo más importante para hoy, era de fiar.

Dante y yo subimos en el ascensor antiguo hasta el piso privado. Después de comprobar que estaba despejado, me dirigí a los vestidores, sacando una galleta salada de mi bolso mientras avanzaba.

June ya me estaba esperando. Tenía las mejillas sonrojadas y estaba sin aliento, como si hubiera estado corriendo.

—¡Sienna! Esta es una sorpresa tan agradable. —Me abrazó y yo le devolví el apretón un poco más fuerte de lo habitual—. ¿Queremos adelantarnos a las colecciones de otoño? —preguntó cuando nos separamos.

—Sí. O al menos piezas de transición, si es demasiado pronto para las de otoño. —A mediados de agosto en la ciudad hacía calor y humedad, pero si June pensó que mi repentino impulso de ponerme un suéter era raro, no lo dejó ver.

—Estoy segura de que podemos encontrar algo fabuloso. ¿Quieres venir a ver o que escoja prendas para ti?

—Confío en ti —respondí con ligereza.

—Maravilloso. Hay mimosas en el vestidor y aperitivos, pero por supuesto avísame si te gustaría algo en específico. —Le hizo la misma oferta a Dante antes de salir corriendo a buscar conjuntos que yo desde luego no necesitaba.

Le hice un pequeño gesto con la mano a Dante antes de dirigirme al enorme probador privado y cerrar la puerta.

Me desplomé en el sofá de terciopelo verde acolchonado y solté un suspiro tembloroso.

Este era el único lugar al que se me ocurría ir donde tenía privacidad lejos de miradas indiscretas.

Dante intentaba mucho pasar desapercibido, a diferencia de la larga lista de guardaespaldas dominantes que despedí durante mis años universitarios, pero su presencia seguía dándome claustrofobia.

Había sido aún peor desde que regresé de París.

Unos pocos días secretos de libertad me habían mostrado de frente lo que desesperadamente deseaba y que nunca podría tener.

Había pasado casi todas mis horas encerrada en mi habitación, aceptando trabajos de hackeo en el mercado negro nada satisfactorios y construyendo mi extravagante aldea en CozyScape.

Mi vida online era el único lugar donde me sentía verdaderamente libre.

Si bien miré la bandeja de mimosas, solo comí un poco más de galletas saladas en su lugar.

June regresó con un montón de atuendos.

—No sabía si queríamos algo más informal o elegante, así que busqué varias opciones y podemos partir desde ahí.

Era el momento.

Me uní a ella en el perchero y puse mi dedo frente a mis labios, indicándole que guardara silencio. Frunció el ceño mientras le enseñaba mi teléfono y le mostraba el mensaje que había escrito en la aplicación de notas. Se le cayó la mandíbula al leerlo.

—No creo que el corte de este vestido sea el adecuado —dije, amplificando un poco la voz por si Dante nos escuchaba—. ¿Tienes algo que esté más ajustado debajo del busto?

June parpadeó.

—Sí, tengo justo lo que necesitas. Déjame ir a buscarlo y volveré enseguida.

Luché por mantener una expresión seria ante su respuesta demasiado ruidosa y robótica. La actuación no era su vocación.

Apreté su mano y articulé un gracias.

En cuanto salió del probador, me dejé caer de nuevo en el sofá.

Antes de darme cuenta, estaba acurrucada contra el reposabrazos.

Después de toda una vida de insomnio, quedarme dormida en un abrir y cerrar de ojos era una experiencia extraña, pero mis párpados pesaban muchísimo y era incapaz de mantenerlos abiertos.

Una mano suave me sacudió el hombro y desperté con el rostro ansioso de June flotando delante de mí. Me incorporé con un gruñido y me froté la cara con la mano.

—¿Estás bien? —murmuró.

—Solo cansada.

Me frotó el hombro antes de desabrochar la bolsa de ropa que tenía en la mano. Vi un precioso vestido de noche color borgoña con un corpiño brillante, pero mi atención cambió rápidamente cuando June sacó una prueba de embarazo del fondo del bolso.

Mi corazón latía de forma errática contra mis costillas mientras envolvía los dedos alrededor de la caja delgada. June debió de notar que no estaba en condiciones de tomar decisiones porque me llevó de manera gentil al baño privado.

Me quedé mirando la puerta. ¿Estaba preparada para descubrirlo?

—Um, ¿quieres que entre contigo?

Su pregunta me sacó de mi ensimismamiento, y sonreí.

—¿Quieres verme hacer pipí?

Frunció los labios y me dio un empujoncito hacia el baño, poniendo los ojos en blanco de forma dramática.

—Te estaré esperando. Aquí afuera —siseó, cerrando la puerta.

Apoyé la espalda contra la pared para no derrumbarme al suelo. Nada de esto parecía real. En las semanas desde París, casi me convencí de que mi fin de semana con Declan había sido un invento extraño de mi imaginación.

Abrí la caja sobre la encimera de mármol y leí las instrucciones.

—Esperemos que mi puntería sea buena —murmuré mientras me sentaba en el sanitario, maniobraba torpemente mi mano entre mis piernas y esperaba. Después de lo que pareció una eternidad, me relajé lo suficiente como para orinar.

Me limpié y puse la prueba sobre la encimera según las instrucciones. Un reloj de arena destelló en la pequeña pantalla.

Los segundos pasaban.

Mi estómago se me revolvía; mis axilas goteaban por el sudor.

Quizá funcionaría más rápido si no me le quedaba mirando.

Observé la pared.

Tras diez segundos, volví a mirar fijamente la pequeña pantalla de la prueba, la que determinaría mi futuro.

Había estado tan comprometida con negarlo que en ningún momento pensé en lo que realmente quería que fuera el resultado.

La respuesta debería ser obvia. No quería estar embarazada.

No podía estar embarazada. En mi mundo, una mujer embarazada soltera era una vergüenza, y era aún peor porque yo era la hermana del Don.

Había una facción de capos conservadores que no tenían suficiente apoyo para causarle problemas a Matteo.

¿Y si este era el punto de unión que habían estado esperando?

Pero mientras mi mente repetía «no embarazada, no embarazada, no embarazada», me dolía el corazón.

Los «qué pasaría si», flotaban en mi mente, no deseados solo por lo mucho que quería que fueran reales.

Imágenes de mecer a un recién nacido a medianoche, el brillante horizonte de New York haciéndonos compañía.

Un bebé regordete riendo mientras gateaba tras Clementine.

Un pequeñito tambaleándose, corriendo por el jardín de la azotea, metiendo sus manos en la tierra junto a Julieta y Noodle.

El reloj de arena dejó de parpadear, reemplazado por una sola palabra.

Embarazada.

El mareo me invadió. Mi estómago se revolvía de náuseas que en este instante podía llamar bien como náuseas matutinas. Apoyé mis manos en la encimera fría y me obligué a respirar despacio y profundamente. Las lágrimas salpicaron el mármol como pequeñas gotas de lluvia.

Vi mi reflejo en el espejo dorado del baño y una sonrisa triste se dibujó en mis labios.