Su Emperatriz (Imperio de Realeza 3) 11 Dimitri
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DIMITRI

Abracé a Emma contra mi pecho mientras la llevaba cargada a la cama.

Nos quedamos en el balcón horas después de que terminara el espectáculo de fuegos artificiales.

Jugué con su cabello a la par que hablaba de todo y de nada, pero al final sus palabras se fueron volviendo más bajas y lentas hasta que se quedó dormida.

Lo último que quería era apartarla de mi regazo.

Había algo precioso en ella que despertaba mis instintos protectores.

Algo que me hizo querer ser… gentil. Las únicas personas por las que me sentía así eran mis hermanas, sin embargo, mis sentimientos hacia Emma estaban lejos de ser fraternales.

¿Por qué carajos me estaba afectando tanto?

Nunca había estado tan relajado con nadie fuera de mi pequeño círculo íntimo, mas ella me hizo bajar la guardia.

Se sentía como el paraíso.

Lo odiaba con todas mis fuerzas, maldición.

Necesitaba alejarla para escapar de este enredo de emociones que se acumulaban en mi pecho, pero mi cuerpo solo se acercaba más.

Incluso soltarla para acostarla en la cama se sentía mal.

Apagué la lámpara de la mesita y revisé rápidamente mi teléfono.

Mis labios se fruncieron en una mueca al ver que varios mensajes de Maxim habían llegado hace unos minutos.

Se me heló la sangre al leerlos.

Ahí estaba. Se me acabó el tiempo. El reloj marcó las doce.

Durante unos días de dicha, me había engañado pensando que podría escapar de las sombras de mi pasado, no obstante, parecía que estaba destinado a quedar relegado a la oscuridad.

Respondí a los mensajes y recogí mis cosas.

Por primera vez en mi vida, deseé ser más como Emma, con mis cosas esparcidas por toda la suite del hotel en montones desordenados.

Así tendría una excusa para quedarme. Pero las pocas cosas que tenía aquí estaban apiladas y dobladas con precisión militar en la mesita de al lado.

Me quedé junto a la cama, con la mirada fija en la bella durmiente bajo las sábanas. Su cabello castaño oscuro se extendía sobre la almohada, y sus labios carnosos y rosados estaban ligeramente entreabiertos.

Despierta.

Despierta y pídeme que me quede.

Emitió un sonido suave y se giró hacia el otro lado, bajando la sábana lo suficiente para revelar la curva de sus pechos perfectos, mas no despertó.

Era mejor así. Este fin de semana había sido una probadita de magia que nunca estuvo destinada a ser mía.

Salí sigilosamente de la habitación del hotel, con pasos pesados mientras dejaba atrás a mi sirena encantadora.