10 Sienna
SIENNA
—No tengo energías para moverme, y todo es culpa tuya. —Me desplomé de nuevo en la cama. Declan me hizo correrme con sus dedos en la ducha, convirtiendo oficialmente mis extremidades en gelatina. Volver a ponerme mi pantalón deportivo y el bralette me había quitado toda la energía que me quedaba.
Declan se apoyó en el marco de la puerta del baño, con los brazos cruzados sobre su pecho desnudo.
—¿Mi culpa?
—Sí. Tu castigo es que ahora tienes que cargarme a todas partes. —Estiré mis brazos hacia él, moviendo mis dedos. Su expresión permaneció igual mientras se acercaba a mí, con los ojos entrecerrados, aun así, me tomó en brazos y me llevó a la sala.
Me recostó en el sofá antes de sentarse.
Lo más lejos posible de mí.
Abrió sus piernas y apoyó los brazos en el respaldo del sofá, pero por mucho que intentara proyectar una imagen de relajación controlada, no había forma de no notar la rigidez de su cuerpo y la tensión de su mandíbula.
Me senté, estirando las piernas sobre los cojines del sofá hacia él.
Por mucho que deseara que fueran lo suficientemente largas para llegar a Declan, mis pies con calcetines simplemente chocaron con el aire.
¿Cómo había sido reemplazado el hombre que me folló contra la pared hace unos minutos por esta versión fría y tensa?
Repase mis opciones:
1. Sentarnos en un silencio incómodo.
2. Preguntarle qué le pasa.
3. Asumir que está siendo un hombre tonto y cerrar la distancia entre nosotros.
Como no podía estar en silencio mucho tiempo y dudaba que ninguno de los dos estuviera de humor para una charla sincera, no tuve otra opción que arrastrarme más cerca y acurrucar mi cabeza en su regazo.
—Esta serie con la que estoy obsesionada sacó un episodio nuevo anoche. —Encendí la televisión y fui a la aplicación de streaming—. Cuando terminemos de verlo, probablemente me habré recuperado de los orgasmos y podamos decidir cómo queremos pasar la tarde.
Declan no dijo nada, pero a medida que pasaban los minutos, sus piernas iban perdiendo tensión.
Diez minutos después de empezar la serie, apoyó su mano en mi cabello.
Catorce minutos después, empezó a jugar con él, acariciando mis mechones ligeramente húmedos mientras me quedaba dormida.
Cuando desperté, su mano se había movido para masajearme el cuello.
—Te quedaste dormida durante la mayor parte de tu serie.
Tarareé mientras me movía en su regazo para poder mirarlo. Un músculo se dejó ver en su mandíbula y dejó escapar un gruñido bajo, probablemente porque mi boca estaba a centímetros del bulto a punto de romper su ropa. Sonreí con arrogancia.
—¿Vas a actuar las escenas que me perdí?
Frunció el ceño y murmuró algo por lo bajo, aunque los suaves círculos que su pulgar dibujó a lo largo de mi mandíbula me indicaron que su irritación era solo para aparentar. Me apoyé en su toque, sintiéndome como un gatito tumbado en un rayo de sol.
—Pronto vendrá un repartidor con ropa —dijo.
—¿Vas a hacer un desfile de modas para mí?
Apretó más mi mandíbula.
—Sigue respondiendo con descaro y buscaré otra cosa que hacer para esa boquita insolente.
Sonreí y besé su verga a través de la tela. Sus ojos se encendieron, pero un golpe en la puerta me hizo rodar para apartarme de él. Mi risa siguió a un Declan frustrado y maldiciendo mientras iba a abrir.
Después de vestirnos, Declan me tomó la mano y me dirigió fuera del hotel donde esperaba un Bugatti.
Su entrega de ropa consistía en pantalones negros y una camisa de botones blanca.
Lo habría molestado por vestirse como un empresario estirado en fin de semana, pero cuando salió del dormitorio con los primeros botones de la camisa desabrochados y las mangas dobladas, estaba demasiado ocupada babeando como para burlarme de él.
Pasé mi mano por su trasero mientras me abría la puerta del coche, ganándome una sonrisa ardiente antes de cerrarla.
—¿En qué tipo de negocio trabajas? —pregunté mientras se alejaba de la acera y se adentraba en el caos que era el tráfico de París. Pensaba que Manhattan era malo, pero los conductores parisinos funcionaban con puras vibras.
Las grandes manos de Declan se flexionaban en el volante, zigzagueando sin esfuerzo entre carriles que parecían más sugerencias que líneas a seguir.
—Finanzas corporativas. Mi empresa trabaja principalmente en fusiones e inversiones para grandes empresas tecnológicas y farmacéuticas. Tenemos oficinas en Dublín y aquí.
Bostecé exageradamente.
—Vaya, eso fue más aburrido de lo que pensaba.
—¿Y tú a qué te dedicas?
Me encogí de hombros.
—Básicamente, a sentarme y verme bonita.
—Aún no te he visto quedarte quieta. —Su mano agarró mi rodilla, deteniendo su rebote inconsciente y agresivo.
—¿Pero la parte de verme bonita?
—Esa es acertada.
Las siguientes horas pasaron rápidamente mientras Declan me mostraba sus lugares favoritos en París.
Esperaba tiendas de lujo, exposiciones en museos y restaurantes exclusivos, no obstante, me sorprendió con pequeñas tiendas fuera de lo común.
Había comprado toda una colección de minipinturas hechas por un anciano con las manos deformes que pintaba escenas íntimas de su comunidad de inmigrantes iraníes en París.
Pasamos una hora sentados en su polvoriento estudio en el desván, bebiendo té y escuchando historias de su hogar.
Comí las mejores tartas de fruta y éclairs de mi vida en una pequeña panadería al final de una calle lateral estrecha.
La joven propietaria saludó a Declan por su nombre y se negó a dejarlo pagar.
Nuestra última parada fue un pequeño café junto al agua para tomar apéritifs.
Declan ordenó para ambos: una selección de quesos, pan, aceitunas, además de un Negroni para mí.
Una calidez se extendió por mi pecho a la facilidad con que recordaba mi orden de bebida.
Cuando volvimos al hotel, estaba completamente fascinada por este hombre cerrado y estoico con el trabajo más aburrido del mundo que, de alguna manera, contenía una profundidad infinita.
Las sorpresas continuaron cuando abrí la puerta del balcón y vi el espacio transformado.
La mesa y las sillas en las que nos habíamos sentado para desayunar habían desaparecido, y en su lugar había un cojín acolchado para exteriores que parecía más un colchón.
Había alfombras debajo y una cubeta con champagne esperaba junto al barandal del balcón.
Declan me miraba desde en medio de la sala.
—¿Las hadas del Día de la Bastilla nos visitaron mientras no estábamos? —Acorté la distancia entre nosotros y lentamente pasé mis manos por su pecho.
—Esas sillas eran jodidamente incómodas.
—Como tú digas. —Agarré sus hombros y salté, rodeando su cintura con mis piernas. Me atrapó sin esfuerzo, sus dedos clavándose en mis muslos desnudos bajo mi falda corta.
Dos horas, varios orgasmos y una ducha después, el espectáculo de fuegos artificiales estaba a punto de empezar.
Salí al balcón donde Declan ya estaba tumbado en el cojín.
Le dio palmaditas al espacio entre sus piernas, y mariposas de emoción llenaron mi estómago.
No sabía si pensaba quedarse a dormir otra vez, y no tuve el valor de preguntar.
Me dejé caer en el cojín. Sus brazos me rodearon inmediatamente, sujetándome la espalda contra su pecho. Su cuerpo envolvió el mío, y me sentí segura y protegida del mundo exterior.
—Gracias por hacer esto. —Me giré para besarlo.
Me acarició la mejilla.
—¿Quieres algo de beber?
—Sí, por favor.
Se inclinó para agarrar el champagne. Intenté apartarme de su regazo para que pudiera alcanzarla más fácilmente, pero él solo apretó más su agarre en mi cintura. Sonreí mientras me servía una copa y me la entregaba.
Me retorcí feliz y él suspiró, deteniendo mi mano para que no se derramara el líquido.
—Vaya, tenerte cerca es muy útil —declaré.
Me pellizcó el trasero y mi chillido se convirtió en risitas.
—También hay pan, queso y postre —agregó.
—Podría vivir de pan y queso —dije—. Y chocolate. Y fruta… y cacio e pepe y pizza Margherita y bebidas energéticas.
Sacudió su cabeza con un resoplido divertido.
—Solo una vida sencilla para ti.
Sonreí y me acurruqué de nuevo contra su pecho, bebiendo mi champagne y comiendo trozo tras trozo del queso, pan y fruta que me había dado.
La Torre Eiffel se iluminó con los colores de la bandera francesa mientras sonaba el himno nacional.
—Oohh, ya está empezando. —Miré de reojo a Declan, incapaz de contener mi emoción eufórica. Su mirada recorrió mi rostro con tal intensidad que se me sonrojaron las mejillas.
El himno terminó y todo quedó oscuro. Las notas de una canción pop sobre París llenaron el aire antes de que una serie de fuegos artificiales brillantes iluminaran el cielo aterciopelado.
Los muchos espectáculos de fuegos artificiales que había visto en New York en Año Nuevo y el 4 de Julio eran posiblemente más extravagantes que este, pero mientras estaba sentada en el balcón, con los firmes brazos de Declan rodeándome, la música y los destellos llenando el aire, me sentí tranquila de una manera que no conocía.
Mi mente, que había sido ruidosa toda mi vida, estaba en calma.
Pronto volvería a ser mi yo habitual, dispersa y caótica, pero en este momento, me empapé de la sensación de estar perfecta y absolutamente contenta.