9 Dimitri
DIMITRI
En el momento en que Emma dejó nuestros platos vacíos en el carrito de servicio a la habitación, yo estaba sobre ella, acorralándola contra la pared.
—Vaya. Tan ansioso —bromeó.
—Como si tú no lo estuvieras. —Enrollé su cabello alrededor de mi mano y jalé.
Frotó su coño contra mi erección tratando de liberarse.
Una risa baja retumbó en mi pecho mientras la sujetaba a la pared con mis caderas.
Nuestros pechos se rozaban con cada inhalación.
Esta mañana estuve tentado a ponerme mi camisa para ocultar la masa de cicatrices que cubrían mi torso, pero por alguna razón, no me sentía cohibido con Emma.
La forma en que sus senos se desbordaban de su pequeña blusa de encaje y se presionaban contra mi pecho confirmaba que había tomado la decisión correcta.
Acerqué mi cara a la suya.
—Te gusta saber que te tengo a mi merced, ¿verdad, cariño?
Negó con la cabeza. Sus mejillas eran del tono rosado perfecto.
—Mmm, puede que te arrepientas de decir eso.
La giré de golpe para que mirara hacia la pared y le sujeté ambas muñecas por encima de la cabeza. Su jadeo lanzó escalofríos por mi espalda.
Apreté los dientes, desesperado por penetrarla ya, y le mordisqueé la oreja.
—Veamos si decías la verdad.
Le bajé los pantalones y gruñí al encontrarla desnuda debajo. Introduje dos dedos en ella, con cuidado por si estaba adolorida, pero su coño estaba suave y resbaladizo, prácticamente dándome la bienvenida dentro de ella.
—¡Oh!, no te gusta que yo tenga el control, ¿eh? —Curvé los dedos y ella soltó un grito mientras se mecía en mi mano. Joder, era perfecta—. Es una pena que las mentirosas no tengan derecho a correrse.
—No es justo —protestó.
—Tu coño apretado ya se está aferrando a mí. Va a ser una tarde larga para ti sin liberación. —Chasqueé la lengua con arrepentimiento fingido, saqué mis dedos y le di unas palmaditas en el monte.
—De acuerdo, está bien. Me gusta que tengas el control —soltó con brusquedad—. Ahora haz que me corra.
Mi mano cayó sobre su trasero, el sonido resonando en la habitación.
Me miró con furia por encima de su hombro.
Solo años ocultando mis emociones me impidieron soltar una risa genuina por lo adorablemente enfadada que estaba.
Mantuve la mirada fija mientras le daba otra nalgada en su otra nalga.
Sus labios se entreabrieron y se arqueó hacia atrás hasta que mi erección quedó entre su trasero.
Todavía no estaba lo suficientemente cerca.
Rápidamente me bajé el bóxer y estaba a punto de embestir dentro de ella cuando paré.
—Carajo. Condón.
Su frente golpeó la pared y soltó un gemido frustrado.
—Quédate justo aquí si te quieres correr. —Ya iba a medio camino al dormitorio cuando ella contestó. Cuando volví segundos después, la encontré exactamente donde la había dejado—. Buena chica, joder.
Aproveché para desnudarla. Su largo y oscuro cabello caía por la suave extensión de su espalda, y no pude evitar besarle la columna. La idea de separar sus nalgas y enterrar mi cara entre ellas me hacía salivar, pero mi polla se tensaba con la necesidad de estar dentro de ella.
Arrastré lentamente mi cuerpo contra el suyo mientras me ponía de pie.
—Date la vuelta. Quiero ver tu cara cuando te desmorones.
Su suave sonrisa al girarse me hizo quedarme sin aliento.
—Eres demasiado hermosa. —Las palabras se me escaparon antes de que pudiera detenerlas, mas me era imposible arrepentirme cuando sus dedos recorrieron un costado de mi cara. Cerré los ojos y me apoyé en su caricia antes de que pudiera detenerme.
—Tú lo eres —murmuró—. Hermoso y peligroso a la vez.
Tragué saliva con dificultad, desgarrado por lo claramente que me veía.
Le agarré los muslos y la levanté en mis brazos.
Sus brazos y piernas me rodearon, sus pechos suaves apoyándose en mi pecho.
Sus uñas se clavaron en mi espalda mientras me metía en su apretada y mojada vagina con un gemido de alivio.
Solo habían pasado unas horas desde la última vez que estuve dentro de ella, mas era demasiado tiempo.
Quería vivir dentro de ella, rodeado de su calor.
Se quejó y se retorcía en mis brazos. Ralenticé mis embestidas y le besé la mejilla.
—Sé que estás sensible y probablemente adolorida —pronuncié, mientras ella gemía cuando rozaba su mejilla contra la mía—. Pero puedes soportarlo por mí, ¿no?
Apoyó su cara en mi cuello.
—Sí. Puedo.
—Esa es mi buena chica.
Moví mis caderas y sus labios se entreabrieron con un grito silencioso.
—Nunca me ocultes tus sonidos —gruñí, enganchando su barbilla entre mi pulgar y mi índice—. Quiero escuchar cada gemido y suspiro. Quiero oírte gritar mientras mi enorme polla parte tu coño.
La penetré con fuerza, asegurándome de dar en ese punto que la hacía perder la cabeza.
Esta vez, no contuvo sus gritos. Sus uñas me arañaban la espalda y me encantó el escozor, maldición.
Mi cuerpo estaba lleno de cicatrices que nunca había elegido, mas llevaría sus marcas con orgullo.
Su coño se apretó sobre mi longitud y gritó al correrse.
El calor me punzaba la piel mientras intentaba contener las oleadas de placer que se acumulaban en la base de mi columna.
Quería alargar este momento, deleitarme en él por la eternidad, pero no pasó mucho tiempo antes de que perdiera el control.
Mordí su hombro, mi visión se oscureció por la intensidad de mi orgasmo.
Me pasó los dedos por el cabello. Casi involuntariamente, mis labios encontraron los suyos. Cuando por fin nos separamos, ambos respirando con dificultad, su cabello era un desastre, pegado a su piel húmeda de sudor. Yo estaba igual de destrozado.
La llevé en brazos hasta el sofá y me senté con ella en mi regazo.
Se dejó caer contra mi pecho y me besó el pectoral, atrayéndome más bajo su hechizo.
No tenía idea de por qué seguía aquí. No debería haberme quedado la primera noche, y definitivamente no debería quedarme una segunda.
Pero aquí estaba, atraído por Emma como un imán, deseándola como si necesitara aire.