Capítulo 71
–¡ P oet! —grita Rook, cogiéndome justo antes de que impacte contra el suelo.
Un instante después, me ha cargado sobre su hombro y luego echa a correr. Reboto contra él y algún hueso se me clava en el estómago.
¿Por qué no me puedo mover?
Puedo oír, pensar y ver, pero me han succionado los huesos y me han dejado desmadejada como una marion eta.
Quiero hacer algo, pero lo único que consigo es emitir un gemido de impotencia mientras Rook logra llegar por fin a la escalera que lleva a nuestra habitación y baja los escalones a toda velocidad.
Irrumpe en nuestra habitación de la residencia y me tiende sobre la cama.
—Estás despierta —dice, con cara de preocupación y respirando con dificultad—. Sus aturdidores deben funcionar de un modo distinto sobre nosotros.
No espera a descubrir qué significa eso y desaparece de mi vista. Lo oigo moverse por la habitación, y es evidente que está haciendo una maleta. Oigo el roce de las prendas. El crujido del papel.
Se acerca y vuelve a aparecer por encima de mí. Parpadeo inútilmente, intentando hacer que mi lengua coopere, pero solo me sale un gruñido.
—Poet, necesito que confíes en mí. Tenemos que salir de aquí. —Me observa—. Parpadea tres veces para decirme que lo entiendes, por favor.
La indecisión libra una batalla en mis tripas. Sé que tiene razón, pero me ha estado engañando. Ojalá pudiera hablar. Necesito saber cuándo se dio cuenta de que él estaba allí la noche que se llevaron a Raine.
¿Me mintió a la cara?
Lo demás lo puedo entender, creo. Pero lo de Raine no.
Rook estaba allí… Lo que significa que es, al menos, responsable en parte de que perdiera a una de las personas más importantes de mi vida. Se me revuelve el estómago, pero no me puedo enroscar sobre mí misma porque no logro moverme, joder. Me pregunto qué pasaría si vomitara.
—El Escudo os está mintiendo a todos —dice Rook. No es la respuesta que quería, pero al menos es algo—. Y, si te apresan, querrás desear la muerte. ¿Me entiendes? No sabes de lo que son capaces.
Se pone de rodillas y me toma la mano flácida.
—Por favor, están llegando ya. No nos queda mucho tiempo.
Inspiro hondo y… parpadeo.
Una. Dos. Tres veces.
—Gracias —suspira Rook, besándome los dedos antes de volverse a incorporar.
Lo oigo revolver mis cajones y mi armario, metiendo más cosas en la bolsa. No sé qué estará cogiendo, pero supongo que tampoco importa mucho.
—Te mantendré a salvo, Poet.
Lo dice como si fuera un juramento. Quiero creerlo con todas mis fuerzas.
Continúa hablando, pero no soy capaz de seguir lo que dice, pues los pensamientos se me amontonan unos encima de otros, escurriéndose juntos como granos de arena.
Mete unas cuantas cosas más en las bolsas, las cierra y se las echa a los hombros. ¿Cómo piensa llevar todo eso y cargar conmigo? Cuando se acerca a mí lo hace con movimientos bruscos e irregulares. Ahí es cuando me doy cuenta de que está sangrando.
Una mancha de sangre se extiende por su camisa blanca, que su chaqueta abierta deja ver.
Emito un sonido ahogado desde la garganta. ¿Qué ha pasado?
Y entonces recuerdo la sangre en el cuchillo de Knox.
Ha herido a Rook.
Voy a matar a Knox.
Quiero preguntarle a Rook si se encuentra bien, pero no puedo. ¿Es grave?
Observo cómo se quita la camisa y se envuelve el abdomen rápidamente con una venda gruesa. Acto seguido, encuentra una camisa gris limpia, se la pone por la cabeza y, después, su chaqueta.
Me levanta de la cama. Cuelgo de sus brazos como un gatito recién nacido mientras abre la puerta de una patada y se detiene a escuchar. Cuando le parece que todo está en calma, me estrecha contra él y nos ponemos en m archa.
—Espero que esto se te pase rápido —dice.
Su tono es casi de pánico. No se parece en nada al hombre tranquilo y sereno que he podido conocer durante los últimos meses. ¿Está preocupado por mí? ¿Por sí mismo? ¿O por algo que ni me imagino? ¿Por qué no me abandona y ya está?
Se llevó una cuchillada por mí.
En vez de volver a subir las escaleras, se adentra aún más en las tripas del edificio.
—Vamos a atravesar los túneles —dice, anticipándose a la pregunta que no le puedo hacer—. Hay una entrada secreta que conduce a las Cloacas.
«¿Qué?».
—Si intentamos salir por tierra, nos descubrirán —afirma, sin dejar de hablar—. Aquí fuera estamos demasiado expuestos.
Si hace un minuto pensaba que tenía preguntas, ahora se precipitan sobre mí como el agua de una presa rota. Gimoteo, frustrada por no poder ponerle voz ni a una sola de ellas.
—No te preocupes —dice, con la respiración entrecortada—. No creo que sepan dónde hemos ido.
«No —quiero gritar—. Dime qué está pasando».
Rook gruñe cuando doblamos otra esquina y llegamos a la entrada que utilizamos anteriormente para acceder a los túneles. Me coloca en el suelo y deja caer las bolsas al fondo, donde aterrizan con golpes secos.
Se lleva las manos a las rodillas y me escudriña.
—No estoy seguro de cómo hacer esto.
En cuanto acaba de decirlo, vuelve a cargar conmigo y nos acercamos a la escalera.
Amarrándome a su pecho con un brazo alrededor de mi cintura, utiliza el otro y salta entre los peldaños para bajarnos.
Oigo sus gemidos de dolor. Veo la crispación en su rostro.
Está malherido, y yo, mientras tanto, desplomada en sus brazos; me repatea lo inútil que soy.
Rook emite un quejido mientras aguanta su peso y el mío, con la frente brillante por el sudor. No estoy segura de si le he visto sudar alguna vez.
Es extraño darse cuenta de eso.
Lo mismo se me está yendo la olla.
No sé cómo, pero conseguimos llegar abajo, donde me vuelve a dejar en el suelo y, sin perder el tiempo, cierra el pestillo y luego se echa las bolsas a los hombros. Un momento después, nos adentramos aún más en los túneles, alumbrados solo de vez en cuando por una luz tenue.
Si se va la electricidad, no podremos ver nada.
Unos pocos minutos más tarde maldigo mis pensamientos proféticos, porque la luz parpadea y nos sumerge en la más profunda oscuridad.
—Mierda —sisea Rook cuando casi tropieza.
Me pregunto si es un corte de luz real o si lo han hecho a propósito.
—Te voy a volver a bajar, ¿vale? —pregunta.
Parpadeo, pero no creo que lo pueda ver. Pese a todo, me coloca con suavidad en el suelo, apoyándome contra la pared. Poco después se enciende una luz, cortesía de su teléfono. Utiliza una de las tiras de la mochila para atárselo al hombro.
Luego me recoge del suelo con una mueca de dolor y continuamos camino por los túneles, iluminados solamente por un pequeño círculo de luz. La oscuridad se cierne sobre nosotros, y casi no puedo respirar cuando imagino que acabamos enterrados vivos.
—No pasa nada, liante —dice Rook en voz baja—. Conseguiré que salgamos de aquí. No queda demasiado.
Quiero asentir. Quiero abrazarlo, pero también pegarle un puñetazo, porque estoy muy confusa y desorientada.
Quiero que siga hablando. Me dijo que me lo contaría todo, pero gruñe y se debate bajo el peso de nuestras mochilas, su herida y mi cuerpo inerte.
Necesita centrarse en llevarnos donde estemos a salvo.
Pero ¿dónde está eso? ¿Acaso es siquiera una posibilidad estar a salvo?
Las Cloacas. Dijo que me estaba llevando a las Cloacas. Me estalla la cabeza ante las posibilidades que eso implica.
Seguimos caminando, y no estoy segura de cuánto llevamos, pero tengo la sensación de que estamos tardando demasiado.
Rook está sudando; los brazos le tiemblan bajo mi cuerpo, y respira de manera entrecortada mientras avanza. Siempre me ha parecido extraordinario e inquebrantable, pero Rook también es humano, como todos.
Se detiene cada pocos minutos para asegurarse de que no nos siguen. El sendero a nuestra espalda permanece tranquilo, pero no me fío. No estoy segura de si podré volver a fiarme de nada nunca más.
Y entonces noto por fin que puedo mover las puntas de los dedos. Gimoteo, en un intento de indicarle que los efectos del aturdidor están desapareciendo. Me mira y parpadeo sin parar.
—¿Qué pasa? —pregunta.
Vuelvo a gruñir, moviendo los dedos de una mano y después de la otra.
El alivio le suaviza la expresión.
—Menos mal, joder —dice—. Me había preocupado… —Niega con la cabeza—. No importa. Pronto estarás bien.
Lo dice con firmeza, como si tratara de autoconvencerse, y yo frunzo el ceño, juntando las cejas. Es algo instintivo, pero también es como estirar los músculos doloridos y sin usar, porque me puedo volver a mover.
—Casi estamos —me tranquiliza mientras camina.
El sonido áspero de su respiración rebota contra las paredes, y no estoy convencida de si me estoy imaginando que ralentiza el paso.
Calculo otros diez o quince minutos más hasta que Rook se detiene y me vuelve a colocar en el suelo.
Emite un quejido mientras deja caer nuestras mochilas y se levanta para estirar la espalda y los hombros.
El sudor le resbala por las sienes y la garganta, empapándole las puntas del pelo.
Debe estar exhausto. No me puedo creer que haya cargado conmigo durante todo el camino.
Se sitúa frente a la pared más alejada y coloca las manos sobre la superficie mientras se toma un minuto de descanso.
Siento un hormigueo en las extremidades, que van recuperando sensibilidad poco a poco.
Muevo una pierna, deslizándola hasta el suelo, y Rook se gira alertado por el ruido y se pone en cuclillas.
Está pálido; se le ha desvanecido el color de la piel y tiene unas ojeras enormes.
—¿Cómo te sientes? —me pregunta.
Asiento, y, a pesar de todo, casi sonreímos los dos, porque por fin puedo volver a asentir, joder.
—Nos queda muy poco para llegar a la salida —dice Rook, señalando a la oscuridad—. Descansaremos un minuto. Espero que pronto puedas caminar.