Capítulo 70 #2
El círculo de Knox se ha cerrado más, como una soga que nos aprieta.
Se cruje los nudillos, y yo me muero por acabar con este patético espectáculo de ego masculino frágil de serie B.
—No —responde, y luego se abalanza.
De pronto, rodean a Rook, y alguien me agarra por detrás y me retuerce los brazos por la espalda. Me aleja a rastras mientras los demás se acercan a Rook.
—Suéltame —gruño mientras forcejeo para zafarme de mi captor, e intento darle una patada o un cabezazo o hacer algo para liberarme.
—Poet —dice mi captor, y me doy cuenta de que es Jackson.
—Jacks, suéltame. Tú no eres así.
Levanto la vista, lo miro a la cara y advierto en su expresión un destello de algo parecido al arrepentimiento. Niega con la cabeza.
—Lo siento —murmura, incapaz de mirarme a los ojos.
Ahora, a Rook lo han empujado contra una pared y tiene ambos brazos inmovilizados por dos de los otros chicos. Knox se acerca, cierra el puño y le golpea tan fuerte en el estómago que Rook se retuerce. Se queja mientras se le inclina la cabeza hacia abajo.
—¡Basta ya! —grito, resistiéndome a la férrea sujeción de Jackson—. ¡Sois unos gilipollas! ¡Parad ya!
—¡Me humilló! —grita Knox—. ¡Puta alimaña! Te crees que eres muy especial. ¡Y eres un puto engreído!
—¡Dejadlo en paz! —les chillo, sacudiendo los hombros y las muñecas—. Le estáis haciendo daño.
—Y tú —dice Knox, fulminándome con la mirada—. ¿Me rechazaste por este? ¿Para poder abrirte de piernas para este animal?
Knox le propina un segundo puñetazo en el estómago y luego un gancho en la mandíbula. A Rook le sale disparada la cabeza hacia atrás y golpea la pared con un crujido inquietante.
Chillo. Estoy furiosa con Rook, pero tampoco puedo soportar ver que le hagan daño.
—¡Jackson, suéltame! —grito.
Siempre me ha caído bien Jackson, pero tiene una lealtad desmedida por su amigo. Hace meses me podría haber superado claramente, pero es evidente que aquí todos se han olvidado de lo que Rook y yo somos capaces.
No quiero hacerle daño a Jackson, pero no me está dejando otra opción.
Y es en ese momento cuando suceden varias cosas a la vez.
Rook levanta la vista. Le sangra la nariz, pero se dibuja una sonrisa en su cara.
—¿De qué te ríes, gilipollas? —se burla Knox mientras Rook se suelta el brazo que le sujetaba Sal.
Su puño impacta en la mandíbula de Knox, que sale volando.
En ese instante le pego un pisotón a Jackson, tan fuerte como para que le cruja un dedo. Aúlla de dolor y afloja los brazos, lo que me permite darme la vuelta y dirigirle un gancho de derecha a la mandíbula. Le alcanzo en la mejilla y cae contra la pared.
Ahora Rook ya se ha liberado, y toda la escena se convierte en un batiburrillo de extremidades y gritos mientras se enfrenta a ellos, uno por uno. Le superan en número, pero es evidente que no tienen la más mínima oportunidad.
Otro par de manos me agarran por detrás, pero estoy lista. Le cojo de la muñeca y doy un tirón, lanzándolo por encima de mi hombro y haciéndole caer de espaldas. Sal aterriza con un golpe seco y un quejido, y, aunque me dan ganas de patearle las costillas lo más fuerte que pueda, me retengo.
Hubo un momento en que estos tíos fueron amigos míos. Lo que les pasa es que están un poco desorientados.
—¡Joder, Poet! —aúlla de dolor—. ¿Dónde has aprendido a hacer eso?
—Pero vamos a ver —me burlo—. ¿Tú qué te crees que he estado haciendo durante los últimos meses de formación de cadetes?
Jackson ayuda a Sal a levantarse y ambos se tambalean, los dos frente a mí con las piernas abiertas. Mientras Rook sigue peleando con los demás, dispongo de un instante fugaz para mirar a Knox, que tiene la cara llena de sangre por la nariz rota y parece que le falta algún que otro diente.
—No lo hagáis —les digo a Jackson y a Sal—. En realidad, no queréis hacerme daño. Sé que estáis por encima de esto.
Lo están. Me lo tengo que creer. Nunca han sido vengativos.
Veo la duda en sus ojos.
—Por favor. Tenemos que salir de aquí. Ayudadnos.
Intercambian una mirada, consultándose mutuamente, pero no tengo oportunidad de descubrir qué harían porque, un instante después, otros gritos atraen nuestra atención hacia un trío de extinguidores que doblan la esquina.
—¡Todo el mundo quieto! —exige uno de ellos mientras Rook le pega un puñetazo en la cara a uno de sus atacantes.
Este sale volando, y Rook y yo nos miramos. Tenemos que salir de aquí ya, joder.
Es entonces cuando Jackson pasa corriendo a mi lado.
Se abalanza sobre uno de los extinguidores, lo derriba y le endosa una lluvia de golpes mientras los otros dos intentan apartarlo.
El siguiente es Sal.
Le quita de encima el extinguidor a Jackson, inmovilizándolo contra el suelo, y eso se convierte en una señal muda. De repente, todo el mundo cambia de bando, y comienzan más escaramuzas con la aparición de varios guardias más. Se desata el caos.
Se producen disparos que explotan contra el techo.
Rook me coge de la mano, y atravesamos el barullo, justo cuando aparecen más guardias aún por el extremo más alejado.
—Vamos —dice, tirando más fuerte de mí mientras trastabillamos en la dirección contraria.
—¡Allí! —grita alguien—¡Detenedlos!
Seguimos corriendo, con las botas resonando sobre el mármol.
Un cuerpo se estrella contra mí, y vuelvo a salir volando por los aires. Tengo a alguien encima. Knox. Una mano me coge por la garganta, y tiene la otra levantada; el brillo del acero refleja las luces tenues del pasillo.
—¡Lo he perdido todo por tu culpa! —brama, y el cuchillo brilla al blandirlo.
Instintivamente, se me escapa un grito: agudo, de pánico, familiar.
Siempre es así.
Los gritos.
La culpa.
El momento en el que debería encogerme y detenerlo.
La voz de mi padre resuena en mi cabeza.
La de Knox justo por encima de ella.
«Mira lo que me obligaste a hacer».
El cuchillo viene hacia mí.
Tengo tiempo —apenas un suspiro— para entender algo.
Joder, qué cansada estoy.
Cansada de tragarme el dolor y llamarlo paz.
Cansada de ser yo la razonable.
Cansada de sangrar en silencio para que otros no tengan que sentirse incómodos.
No estoy a punto de morir.
Así, no.
No por su mano.
Desaparece el miedo, sustituido por algo abrasador, firme y rotundo. Todas las manos que en alguna ocasión me agarraron con demasiada fuerza. Todas las veces que me dijeron que sonriera. Que aguantara. Que fuera agradecida.
Aprieto el puño.
Y, por primera vez en la vida, no suavizo el golpe.
Mis nudillos golpean su nariz ya rota, y el impacto me resuena por todo el brazo como un trueno.
Knox aúlla de dolor mientras sale despedido hacia atrás y se da contra la pared con un crujido espeluznante.
Me pongo en pie como puedo y me quedo allí, temblando…, pero no de miedo.
De alivio.
Busco a Rook y lo veo cerca, con una sonrisa orgullosa en el rostro.
—Buena chica.
No digo nada —ni siquiera estoy segura de poder hacerlo—, pero no puedo evitar a mi vez la sonrisa que me curva una de las comisuras de la boca.
Knox gime, hecho un ovillo, y el cuchillo ensangrentado yace en el suelo. La expresión de Rook se convierte en una máscara de ira. Agarra a Knox por el cuello y lo levanta.
—Nunca habrías sido lo bastante bueno para ella, capullo.
Luego le golpea; su puño impacta contra la otra mejilla de Knox.
Knox grita de dolor y cae al suelo con un ruido sordo.
Rook se sacude la mano mientras se aleja.
—Joder, qué a gusto me he quedado.
Se vuelve hacia mí, su mirada pasa rápida por encima de mi hombro y entonces grita:
—¡Poet! ¡Corre!
Me agarra de la mano mientras trastabillamos juntos e intentamos no perder el equilibrio.
Lo conseguimos durante unos pocos metros, y grito cuando me empieza a doler el costado izquierdo.
De pronto, dejan de funcionarme las piernas y los brazos.
Se me paraliza el cuerpo, y empiezo a caer.