Capítulo 70
A gito los brazos y las piernas en el vacío mientras se me encoge el estómago. El viento sopla con fuerza en mis oídos, justo a la vez que estalla encima de mí una nube inmensa, y es como si saltara hacia el interior de su palpitante corazón ensangrentado.
Y entonces caigo.
Rook me engancha de las muñecas, y aterrizo con un dolor desgarrador en el hombro por la parada brusca y repentina. El mundo me da vueltas mientras grito y pataleo, buscando terreno firme.
—¡Poet! —Rook me está gritando—. ¡Deja de patalear!
Grita sin parar hasta que, al fin, soy consciente de sus súplicas.
—Mírame a mí—dice—. No mires abajo.
Levanto la cabeza y lo miro a los ojos.
Esos ojos verdes y dorados que me dijeron que era hermosa y especial, que sentía algo por mí. Lo veo allí, en las profundidades sombrías, pero luego lo recuerdo investigando en aquellos niveles subterráneos. Recuerdo verlo la noche que me arrebataron a Raine.
—Ayúdame —dice, agarrándome del brazo con la otra mano, con los músculos en tensión por el esfuerzo de aguantar mi peso—. ¡Utiliza los pies! Poet, por favor. Tienes que ayudarme.
Hago lo que me ordena, plantando las botas en el lateral del edificio para anclarme mientras él me arrastra hacia arriba, y la piel me arde por donde me sujeta, tan fuerte que me dejará un moretón.
—¡Uno, dos, tres! —cuenta, y entonces, con un tirón final, consigo subir a trompicones por el lateral.
Choco con él y rodamos por la azotea.
—¡Alto! Por orden del Escudo. ¡Alto! —grita una voz a través de los rumores del viento y del fuego.
Rook se incorpora de un salto, llevándome con él, y me arrastra detrás de una salida de aire acondicionado.
Echo un vistazo desde la esquina y veo a varios guardias del círculo rodeando la azotea. Solo dispongo de un instante para preguntarme dónde están los extinguidores.
—Tenemos que continuar —dice Rook—. ¿Estás conmigo?
Estoy dudando, sin saber qué contestar, cuando aparece otra figura en la puerta de la escalera.
La general Sol.
La brisa le mece el pelo mientras comienza a gritar órdenes de que vengan tras nosotros, pero que nos traigan de vuelta con vida.
—Por aquí —dice Rook arrastrándome hacia una puerta.
La misma por la que salí durante mi primera prueba con Aria. Tira de la manilla, pero no cede.
—Mierda. ¡Está cerrada con llave! —Rook escudriña la azotea—. Saltamos del edificio. Lo hemos hecho antes. —Hace una pausa—. ¿Poet?
Asiento.
—¡Detenedlos! —grita alguien.
Miro hacia atrás y veo a uno de los guardias, que retrocede. El sonido metálico de un aturdidor nos pasa como una exhalación, y no me alcanza en el brazo por poco.
Rook me coge la mano.
Lo observo mientras el viento le revuelve el pelo.
Es guapo de morirse.
—¿ A la de tres? —pregunta.
Asiento. ¿Qué otra opción me queda?
—¡Uno, dos, tres!
Entonces corremos hacia el borde. Saltamos y luego empezamos a caer.
El descenso me levanta la falda y la agita a mi alrededor en ondas púrpuras y blancas. Me tira del pelo , y se me revuelve el estómago. Nos damos la vuelta, poniéndonos bocabajo, a medida que nos aproximamos al suelo a toda velocidad.
Se me resbalan los dedos de los de Rook al acercarnos a la red, y entonces…
PUM.
Aterrizo y reboto, luego salgo disparada hacia arriba, pataleando y manot eando con el rebote.
Tras unos cuantos rebotes más, me detengo.
—¡Poet! —grita Rook—. ¡Levanta!
Él ya está de pie, cuchillo en mano, serrando un extremo de la cuerda. Me levanto como puedo, con el vestido que se enreda a mi alrededor mientras llego a su lado y saco el cuchillo de mi bota.
Si entrecierro los ojos, puedo distinguir a dos figuras de pie en la azotea.
Saltan, precipitándose hacia nosotros.
—¡Más rápido! —dice Rook, cortando con más fuerza.
Los guardias descienden mientras tratamos de cortar la cuerda. Los segundos parecen horas, y ya están casi abajo cuando las hebras ceden, se separan y cae un lado de la red.
Los guardias deben advertirlo, porque empiezan a chillar.
Rook me toma de la mano y me aleja rápidamente.
—No mires —me ordena, y entonces echamos a correr.
Un segundo más tarde, oigo los golpes secos, las espantosas salpicaduras. Un chasquido revelador y el ruido de los guardias golpeando la calzada. Me entra una arcada y me obligo a no vomitar.
Más ráfagas escarlata surcan el cielo mientras bordeamos los edificios y llegamos a la plaza entre la Ciudadela y Amery. Todo el espacio está envuelto en llamas, mientras decenas de patrulleros intentan extinguirlas.
Nos ocultamos en una esquina y echamos un vistazo.
—Están entretenidos —dice Rook. Se vuelve y me agarra por los hombros—. Necesito que hagas la maleta.
—¿Qué?
—Nos vamos.
Niego con la cabeza.
—No voy a ir a ningún sitio contigo.
—Poet, el Escudo sabe lo tuyo. Te encontrarán y te harán cosas indescriptibles para silenciarte.
—¿De qué estás hablando?
—No tengo tiempo de explicártelo todo…
BUM.
La esquina de un edificio se viene abajo. Los dos nos agachamos bajo una lluvia de ladrillos y cemento, y vemos a un grupo de guardias que corre hacia nosotros.
—¡Por aquí! —grita Rook, y entonces cruzamos la plaza a toda velocidad. La estampa es caótica, y nos perdemos en la confusión, irrumpiendo a través de las puertas de Amery.
El vestíbulo está vacío e inquietantemente silencioso, salvo por los sonidos amortiguados del caos que se cuelan del exterior. Los guardias no tardarán en dar con nosotros.
Rook hace un gesto con la cabeza, y giramos a la izquierda y seguimos por un pasillo desierto. Aún me cuesta organizar mis pensamientos con coherencia mientras nuestros suaves pasos resuenan en el silencio.
—Por aquí —susurra Rook—. Creo que este pasillo lleva a nuestra habitación.
«Nuestra» habitación.
El lugar en el que Rook me hizo sentir segura cuando Amery se convirtió en un nido de víboras.
Donde me leyó. Donde me besó. Donde…
Niego con la cabeza, pese a que se me encienden las mejillas al recordarlo.
Quizá todo aquello también fuera mentira.
Doblamos una esquina, sin separarnos de las paredes. No dejo de ver el cuerpo de Raine. A Rook corriendo en esa pantalla. A Trinity entregándome a los extinguidores. El momento en el que pronunció mi nombre.
Se me licua la mente, fundiéndose entre los poros. Demasiado que procesar.
Me pregunto dónde estará Trinity y si alguna vez tendré la oportunidad de confrontarla.
A lo lejos se oye un portazo, y los dos nos detenemos y nos miramos mientras esperamos inmóviles. Cuando no ocurre nada más, continuamos por el pasillo y doblamos otra esquina.
Todo el mundo se ha escondido, buscando refugio de la tormenta. Hasta ahora hemos tenido suerte —si consideramos todo esto como tal—, pero no deberíamos seguir expuestos mucho más tiempo.
Me miro los pies, tapados por los bordes ahora polvorientos de mi falda, preguntándome adónde habrán ido mis padres. ¿Se habrán podido poner a salvo?
Observo la espalda de Rook mientras nos deslizamos sigilosos por los pasillos. Tengo por lo menos un millar de preguntas que hacerle, pero este no es el momento. ¿De verdad me estoy planteando irme con él? ¿A dónde iríamos? ¿A su casa? ¿Por las Cloacas?
Si no lo hago, entonces ¿qué será de mí? Ahora, gracias a Trinity, todos saben lo que soy. Incluso si el Escudo no supiera aún la verdad, me he colado en su cuartel general, y me encontrarán. Me interrogarán, y no tardará en salir a la luz toda la verdad.
—Casi estamos —dice Rook muy bajito mientras doblamos otra esquina y entramos en un amplio salón.
Nos hemos adentrado tanto en el edificio que no oigo nada de lo que sucede afuera.
De repente, Rook se detiene y extiende la mano para frenarme. Me detengo yo también y me pregunto qué lo ha alarmado. Entonces lo oigo. Pasos. De varias personas.
Nos tensamos cuando alguien dobla la esquina.
Rook parece listo para saltar, y yo estoy a punto de seguirlo cuando veo quién es.
—¿Knox? —pregunto, mientras aparece junto a Jackson, Sal y otros cuantos chicos que reconozco de la casa Fiama.
—Os hemos estado buscando —sonríe burlón Knox. Se acerca con paso despreocupado, con los dedos metidos en el cinturón como un capullo integral—. Siempre supe que eras una rarita, Poet.
A pesar de todo, pongo los ojos en blanco.
—Mira, de verdad, no tenemos tiempo para esto —le digo—. Apartaos.
Sin embargo, se acercan más y nos rodean, formando un muro de pringados. Knox preside el círculo entre Jackson y Sal.
—Me parece que no. Eres una centinela, y te buscan los extinguidores. Por fin, esa Robins ha servido para algo.
—¡Knox, basta ya!
Él se cruza de brazos.
—Siempre con tantas putas ganas de perderme de vista, ¿no?
Inspiro hondo, buscando un resquicio de paciencia.
No obstante, él tiene esa mirada en los ojos; la que encierra esa vena malvada que le encanta satisfacer.
—Por favor, Jackson —digo, apelando a una fuente más razonable—. Dile que pare. Dejadnos ir. No tienes por qué hacer esto.
Jackson arquea las cejas mientras nos mira alternativamente a Knox y a mí.
—No te va a ayudar —dice Knox, mientras echa a un lado a Jackson de un empujón y luego se acerca a Rook—. Por fin ha llegado el momento de vengarme. —Se detiene, sacando pecho.
Por desgracia para él, Rook le saca varios centímetros, y es todo un espectáculo verlo observar a Knox desde arriba como si fuera un montón de mierda apestosa.
A Knox le da exactamente igual que yo sea una centinela. Lo que le importa es que lo rechacé y que Rook lo humilló muchas veces. Todo esto es por su ego.
—¿Puedo ayudarte en algo? —pregunta Rook.
Knox le pone las manos en el pecho a Rook y lo empuja, pero Rook ni se mueve. Sigue con los pies firmemente plantados en el suelo como si lo hubieran clavado a las piedras.
—Puedes disculparte por ponerme las manos encima —masculla Knox.
Rook suelta una risa por la nariz.
—Ya; va a ser que no.
Knox lo vuelve a empujar, pero Rook es una roca.
—¡Knox! —digo, intentando deslizarme entre los dos—. ¡Déjalo ya!
Cada vez soy más consciente de que llevamos mucho tiempo sin movernos de aquí. Los extinguidores podrían estar a la vuelta de la esquina.
—Quitaos de en medio.