Capítulo 69
E dward y yo nos giramos.
—¡Manos arriba, donde pueda verlas! —repite el guardia, dirigiendo su aturdidor hacia mí—. ¿Quiénes sois y qué hacéis aquí?
Titubeo mientras apunta con su arma a Edward, que levanta lentamente las manos del teclado.
Me echa una mirada rápida. Él también lo ha visto todo. Sabe qué era Raine.
—¿Quiénes sois? —vuelve a preguntar el guardia.
No sé cómo responder a esa pregunta. ¿Quién soy? Hace una hora, Poet Graves. Cadete de la guardia de las tormentas que se creía que estaba dando sentido a su vida.
¿Y ahora? No tengo ni puta idea.
El guardia coge el comunicador que lleva prendido en el uniforme para pedir refuerzos. La única manera de salir de aquí es por la puerta que está bloqueando ahora mismo.
—Atención, guardia del círculo —dice alzando la voz—. Tengo a dos sospechosos de allanamiento en la treinta y dos, cuadrante cinco.
Edward está mirando de reojo el monitor, donde el vídeo de Raine ha vuelto a reproducirse desde el principio. Con una rápida mirada en mi dirección, se lanza sobre el teclado, pulsa una tecla y la pantalla se apaga, borrando así cualquier rastro de nuestra investigación. Espero.
—¡Te he dicho que no te movieras! —grita el guardia mientras dispara su aturdidor.
Un rayo de luz impacta sobre el pecho de Edward, que sale volando y se choca contra la hilera de ordenadores, cayendo al suelo en medio de una lluvia de cristales y chispas.
Grito. O al menos creo haberlo hecho. Alguien está gritando, y tengo la garganta en carne viva. Me agacho sobre Edward, pero el guardia me vuelve a gritar:
—¡Que no te muevas!
Me detengo, levantando las manos mientras miro a Edward sin poder hacer nada. Por lo menos no se lo ha cargado. La sangre le resbala por la sien, pero sigue respirando.
El guardia se acerca con paso cauteloso, apuntándome al pecho con el arma.
—¿Quién eres, niña? ¿Por qué estás aquí? —pregunta con un gruñido.
Retrocedo, dándome con la ventana hasta que casi lo tengo encima de mí.
Entonces, alguien le golpea por detrás y cae hacia delante. Consigo echarme a un lado mientras se estampa contra la ventana.
Rook lo tira al suelo, aprovechando el factor sorpresa.
El guardia gruñe y patalea, y Rook le endosa varios puñetazos.
Pienso en el vídeo que acabo de ver y en la facilidad y maestría con la que Rook luchaba contra los quiebratormentas.
Mientras ruedan juntos por el suelo, de pronto me resulta obvio que, a pesar de su competencia en el tatami, siempre se estuvo conteniendo.
Continúan forcejeando, y soy incapaz de decidir qué debo hacer. ¿Salir corriendo? No quiero abandonar a Edward, pero tampoco estoy convencida de estar segura con Rook.
Levanta el brazo y le propina un golpe en la mejilla al guardia. El tipo grita, y oigo el crujido del hueso antes de que Rook le quite el aturdidor y logre ponerse en pie, disparándole al guardia en el pecho.
Ni siquiera ha pestañeado.
Me lo quedo mirando, más segura que nunca de que no tengo ni la más mínima idea de quién es en realidad.
—¿Estás bien? —me pregunta, levantando la vista.
A pesar de la lucha, apenas parece cansado.
¿Que si estoy bien?
—¿Te ha hecho daño?
—No —contesto—. Estoy bien.
Por lo menos, físicamente.
—¿Qué te pasa? —me pregunta, porque no me he movido. No hago más que mirarlo fijamente, intentando reorganizar mis pensamientos.
—Estabas allí aquella noche —digo—. En el momento en que atacaron a Raine.
Parpadea; algo fugaz cruza su mente.
Quiero que lo niegue. Que me diga que me he equivocado. Que era un vídeo falso, o que tiene un hermano gemelo malvado, o algo.
—Tenía pensado contártelo —dice, y se me escapa el aire del pecho—. Iba a contártelo todo.
—¿Todo?
Es evidente que hay más que contar. Pienso en Rook investigando esos pasillos. Esto es algo mucho más gordo que simplemente lo de mi hermano aquella noche. No ha venido hasta aquí solo para descubrir más cosas sobre lo que es.
—Poet, tenemos que salir de aquí antes de que vengan a por nosotros. Ahora saben quién eres. Te prometo que te lo contaré todo, pero aquí no.
Niego con la cabeza.
—No sé quién eres.
Se acerca, con el aturdidor aún en una mano y con la otra sobre el pecho.
—Sigo siendo yo; te lo juro. Hay algunas cosas que no te podía contar, pero te prometo que no tienes nada que temer de mí.
Voy a decir algo, pero me callo.
—No podemos abandonar a Edward.
Rook mira su cuerpo inconsciente.
—No van tras él. Van a por ti.
—¿A por mí?
A mi cabeza le cuesta hacerse una composición de lugar. Todo es turbio y nebuloso, como si nadara en el lodo.
—Los extinguidores vienen a por ti y no van a hacer preguntas, Poet. Dispararán antes de escuchar una sola palabra de lo que tengas que decir. Por favor. Te lo ruego —suplica Rook—. Vente y te lo explicaré todo en cuanto estemos a salvo.
Asiento lentamente mientras me coge de la mano.
Estoy aturdida. Casi ni noto que me arrastra fuera de allí, ni los cristales bajo mis pies mientras cruzamos el despacho del señor Robins y salimos al pasillo.
Miro hacia atrás, a la figura desplomada de Edward, y rezo para que esté bien, pero Rook me está alejando de él.
—¡Alto! —grita alguien desde el extremo más apartado del pasillo.
Aparecen dos guardias más, y Rook se da la vuelta y me empuja hacia atrás. Dispara el aturdidor: dos disparos muy seguidos que alcanzan a los guardias antes de que tengan ocasión de reaccionar.
—¡Corre! —ordena, tirando de mi mano en dirección contraria.
Aparecen más guardias.
—¡Por aquí! —grita Rook mientras nos abalanzamos por el hueco de una escalera.
Se oyen pasos por debajo, y resuena el disparo de un aturdidor.
—¡Sube! —dice Rook.
Estoy demasiado apabullada para resistirme. Lo sigo hacia arriba, subiendo más y más, en espiral, hasta llegar al último piso. Los sonidos de la persecución se van acercando mientras salimos al tejado del edificio, donde soplan rachas de viento y las nubes rojas se agitan por todo el cielo.
Rook está detrás de mí y usa algo para hacer de barricada en la puerta.
No veo nada de eso. No siento nada, mientras deambulo hacia el borde para contemplar la ciudad que arde debajo.
Las llamas resplandecen en la oscuridad, donde centenares de patrulleros dirigen a la gente de Nuevo Manhattan hacia lugares seguros mientras otros intentan controlar las llamas.
Miro a través del cielo escarlata y hacia las Cloacas: una mancha negra en la distancia.
—¡Poet! —grita Rook—. ¡Tenemos que saltar!
Señala el extremo alejado del tejado donde, a escasos metros, se balancea la parte superior de Amery.
No, no a escasos. A unos cuantos metros.
Lo bastante cerca como para salvarlos de un salto potencial, pero no está garantizado.
Me acuerdo de esto. Mi iniciación. Recuerdo pensar que no parecía que estuviera tan lejos. Ahora pienso que debía estar delirando.
Un fogonazo de luz roja ilumina la red sobre la que aterricé mucho más abajo.
—¡Vienen a por nosotros! —grita Rook, cogiéndome de los hombros e intentando despertarme—.
Saben lo que eres, Poet. ¡Quién soy yo! Si nos pillan, estamos muertos.
¿Me entiendes? —Me zarandea suavemente, sacudiéndome como si fuera una cáscara seca—.
Poet, reacciona ya. Siento no habértelo contado todo, pero necesito que reacciones.
Me toma la cara entre las manos y luego me besa.
Eso funciona.
Lo echo atrás de un empujón y le doy una bofetada.
—¡Me mentiste! —le recrimino.
—Sí —dice—. Pero tenía que hacerlo.
Niego con la cabeza y retrocedo un paso.
El viento me revuelve el pelo y el vestido, cuya tela se ondula a mi alrededor en una nube de lila cremoso.
—Créeme que nunca quise hacerte daño, por favor —dice—. Te juro que nunca fue mi intención, pero tenemos que salir de aquí.
La puerta del tejado se estremece bajo el peso de los guardias.
No aguantará mucho más.
Rook extiende la mano.
—Por favor, salta conmigo —me dice.
No creo que tenga otra opción. Saben lo que soy, y ya estoy muerta. Asiento y lo cojo de la mano, con mis extremidades completamente resecas.
—Iré yo primero y te agarro —dice—. ¿Vale? —Me pone el aturdidor en las manos—. Si salen, dispara. No dudes.
Y se va. Corre hacia el borde y da un salto, suspendido en el aire, moviendo los brazos y las piernas como un molino de viento.
Contengo la respiración.
3… 2… 1…
Hasta que aterriza en cuclillas, a salvo.
—¡Poet! —me grita—. ¡Te toca!
La puerta del tejado se abre de golpe e irrumpen media decena de guardias.
No pienso. Corro. Tiro el aturdidor a un lado, y luego me lanzo a toda velocidad, con las botas resonando contra el hormigón y la falda enredándoseme en los tobillos.
Me concentro en Rook, que me espera con las manos extendidas, listo para atraparme.
«Estoy aquí para protegerte, pase lo que pase».
Me mintió, pero sigo creyendo en él.
Así que corro.
El borde del edificio está más cerca, y no me acobardaré.
Si me atrapan, estoy muerta.
Pienso en los guardias llevándose el cuerpo de Raine.
¿Qué le ocurrió? ¿Qué hizo la general?
Quizá, si acabo en sus manos, me espere algo peor que la muerte.
Acelero, impulsándome con los brazos, y luego…
Salto.